La calma pide paso en el ritmo productivo de los negocios

Divulgadores y expertos abogan por un nuevo modelo que mire más allá de la cuenta de resultados

La calma pide paso en el ritmo productivo de los negocios
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Una leyenda de origen oriental cuenta que en el noroeste de la India, el brah­mán Rai Bahlit se burló de su sirviente Sisa cuando, a cambio de crear el ajedrez, este solo pidió un grano de trigo por la primera casilla, dos por la segunda, cuatro por la tercera y así sucesivamente hasta llegar a la última de las 64 que componen el tablero.

“Y lo que sucedió fue muy interesante”, explica el profesor Juan Mateo, director del Instituto de Negociación de la Universidad Francisco de Vitoria, en Madrid. Apoyado en una silla, toma la imagen ajedrecística como metáfora de la situación que viven hoy en día las empresas: “Hay un momento, más o menos hacia la mitad del tablero, en que toda la producción de trigo del mundo no alcanza para satisfacer una multiplicación que va exigiendo más de manera potencial. El sistema colapsa. En los negocios, estamos cerca de alcanzar ese momento”.

El mundo de la empresa necesita aminorar algo el paso y requiere más tiempo y más espacio para repensar un modelo productivo creado al dictado de las cuentas de resultados. A esa conclusión apuntaron el pasado 7 de mayo los asistentes a unas conferencias que llevaron por título La era de la amabilidad. La impresión de Mateo se sumó a la tesis esgrimida por Alfredo Sanfeliz, autor de Rousseau no usa bitcóins, una enmienda a la totalidad de la sociedad que considera ya nulos algunos de sus cimientos, como el contrato social postulado por el pensador francés. La ingente cantidad de deberes que el ciudadano debe atender para seguir siendo útil en una cadena de producción cada vez más exigente, opina el empresario, no se corresponde con los derechos a los que puede acceder. El ciudadano, argumentó, tiende a no concederse el tiempo necesario para disfrutar de estos derechos. “Nos estamos volviendo cada vez más agresivos, y esto nos aproxima al ‘vale todo’. Somos una sociedad eternamente insatisfecha porque, cuando tenemos 100, queremos 200, y cuando tenemos 200, queremos 500. Debemos crear un nuevo sistema más amable, más compasivo y más humano”, concluyó Sanfeliz.

Los números son elocuentes. A comienzos de la década de los 2000, surgió en la Unión Europea una incipiente preocupación por el cada vez más estudiado fenómeno del estrés. El resultado fue un proyecto que trató de cuantificar la pérdida económica asociada a ello. La cifra no dejó indiferente a nadie: en el año 2002, la UE perdió cerca de 20.000 millones de euros a causa de factores relacionados con la sobrecarga laboral.

Casi dos décadas después, en España la situación no parece haber mejorado. En una escala de 0 a 7, donde el valor mínimo equivale a “nada”, el nivel medio de estrés nacional se sitúa en 4,18, en base a las últimas encuestas del Instituto Nacional de Estadística. Y en algunos gremios los datos invitan todavía menos al optimismo. El 98% de los abogados, por ejemplo, consideran la posibilidad de padecer episodios agudos de estrés como un riesgo elevado o muy elevado de su profesión, según una encuesta elaborada entre 700 profesionales por el Instituto de Salud Mental de la Abogacía. El 83% de los letrados, además, confesó dormir menos de ocho horas diarias.

“Aproximadamente la mitad de los españoles sufre estrés, y la mayoría de las veces tiene que ver con el trabajo”, afirma Antonio Cano, presidente de la Asociación Española para el Estudio de la Ansiedad y el Estrés. “Tendemos a pensar que ir más rápido es mejor, pero en realidad solo sirve para cometer errores que tienen que ver con la falta de planificación. No tiene sentido primar solo las prisas, debemos dedicar tiempo al bienestar, al control y a la creatividad”, añade el catedrático, para quien la clave se halla en distinguir el momento en el que se traspasan determinadas líneas rojas: “No todo el estrés es malo. En dosis pequeñas es bueno, nos aporta un cierto dinamismo. Es una realidad cotidiana y necesaria. Pero hay que saber cuándo supone algo perjudicial para el rendimiento y para la salud”.

Hacia el final de su intervención, Mateo abandona el ajedrez, pero no su idea: “Ahora, imaginen que llenamos esta sala con dos litros de agua. No pasaría gran cosa. Pero, unos minutos después, introducimos otros cuatro litros de agua. Imaginen que, igual que con el trigo y el tablero de ajedrez, siempre introducimos el doble. Creo que estamos justo en el momento en que, si vertemos agua una vez más, ya no habrá espacio. En nuestra mano está no ahogarnos”.

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