Reino Unido, un invitado incómodo en el 23M

Aunque el Brexit ha impedido que la fiebre por dejar la UE crezca, los eurófobos exhibirán su poder

Los ciudadanos británicos estuvieron ayer llamados a participar en unas elecciones al Parlamento Europeo a las que fueron invitados a última hora y sin que al resto de los asistentes les ilusione en demasía su presencia. Con el Brexit como telón de fondo, la desidia con la que determinados sectores de la sociedad británica acudieron a estos comicios se hizo patente en la ausencia total de campaña del Partido Conservador (precisamente, el artífice del propio Brexit) o en la, por otro lado, ya tradicional escasa participación que dicha convocatoria europea suele suscitar.

Estas elecciones que, en el caso de España, se celebrarán este domingo, 26 de mayo, van a recorrer el continente a sabiendas del fuerte auge que están experimentando las formaciones de extrema derecha, euroescépticas y eurófobas en general. De hecho, según la mayoría de sondeos, los partidos que representan estas ideologías pueden llegar a suponer un tercio de la próxima composición del Parlamento de Estrasburgo. Las heridas causadas por las políticas económicas restrictivas que se ejecutaron durante los años más duros de la Gran Recesión han resultado ser un canto de sirena demasiado potente como para ser obviado por los oídos de nacionalistas y populistas de muy diverso pelaje cuyo único interés en común, más allá de su oportunista arribismo, consiste en la deconstrucción del que, muy probablemente, sea el invento político más importante después del Estado nación: la Unión Europea.

Si bien es cierto que la fuerza social y parlamentaria de dichas formaciones no será suficiente como para dirigir los designios del Viejo Continente, lo será para determinar la agenda política y, por tanto, para influir en la elección de las cuestiones merecedoras de ser debatidas en las instituciones comunitarias, lo cual les otorga de por sí una considerable ventaja a tenor de su capacidad para adaptarse a las circunstancias cambiantes y al clamor popular del momento. Nadie mejor que ellas valida la cita de Antonio Machado según la cual “en política solo triunfa quien pone la vela donde sopla el aire; jamás quien pretende que sople el aire donde pone la vela”.

Por ello, como no podía ser de otra manera, el Brexit es el eje en torno al cual pivota la campaña electoral en el Reino Unido, ya que, al parecer, este asunto va a tener poca trascendencia en las decisiones de votación del resto de países. Según las encuestas, el partido tory puede perder hasta la mitad de sus votantes en favor del llamado Partido del Brexit, liderado por el propio Nigel Farage, quien abandonó el UKIP después de admitir que había falseado los datos utilizados en la campaña del referéndum a favor del leave (cuestión esta que poco o nada importa a los partidarios del Brexit duro, los llamados brexiters). Por su parte, las tibias posiciones del Partido Laborista, más partidario de un acuerdo con la UE a la noruega que de la convocatoria de un segundo referéndum, le hace perder un buen puñado de adeptos identificados con opciones mucho más explícitas en la defensa del remain.

Al fin y al cabo, como movimiento nacional populista que es, el Brexit está cumpliendo con precisión milimétrica el objetivo que lleva impreso en su ADN, comportándose como una fuerza centrípeta que desgarra las posiciones centradas y polariza el voto hacia los extremos. Se trata, por tanto, de un fenómeno que, de la misma manera que otros alimentados por el mismo combustible (la victoria de Trump en Estados Unidos, el movimiento independentista en Cataluña o el éxito de Bolsonaro en Brasil) sería muy difícil de concebir en una época de prosperidad y, sin embargo, encaja como un guante en el periodo de incertidumbre actual.

De hecho, en lugar de asombro, negarnos a atesorar las lecciones que nos brinda la historia económica debería ocasionarnos un amargo desaliento, por ser testigos de una particular obstinación en ratificar la célebre frase atribuida a Mark Twain que reza: “La historia no se repite, pero rima”. Un claro ejemplo lo encontramos en las políticas proteccionistas aplicadas durante la Gran Depresión de las que, muy probablemente, la ley Smoot-Hawley, que llegó a aplicar aranceles de hasta el 1.000% sobre determinadas importaciones, sea su máximo exponente. El repliegue de los países sobre sí mismos contribuyó a reducir en un tercio las relaciones comerciales y a agravar, aún más, la crisis más profunda que conoció el siglo XX.

El Parlamento Europeo poco tiene que decir sobre el Brexit, ya que sus competencias son limitadas y no es exactamente homologable a un Parlamento nacional. Sin embargo, su sombra dificultará la aprobación del acuerdo de salida que habría de producirse en la Cámara de los Comunes (sería ya el cuarto intento) antes del 31 de octubre, fecha límite de la segunda prórroga. Mientras tanto, Jean-Claude Juncker tendrá una nueva ocasión, tal y como hizo cinco días después de que el Brexit venciera en las urnas, de espetarle a Nigel Farage un “¿por qué está usted aquí?”, para dejar claro que, una vez cumplido su objetivo, no es necesario que siga hurgando en la herida.

A pesar de que el Brexit ha ejercido de vacuna al evitar que se extienda la fiebre por abandonar la UE, no va a poder impedir que en las próximas elecciones europeas en las que, habitualmente, se castiga a los partidos mayoritarios, los eurófobos exhiban musculatura. Aun así, lejos de suponer el tan temido principio del fin de la Unión Europea, el Brexit puede provocar que, bien por una mera casualidad del calendario, bien por una fina ironía del destino, en el Reino Unido el próximo Halloween sea más real que nunca.

 José Manuel Muñoz Puigcerver es Profesor de Economía en la Universidad Nebrija

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