¿Se ha reducido la democracia en Europa?

La crisis económica dejó profundos efectos que todavía son percibidos por la ciudadanía

Un ciudadano europeo deposita su voto en una urna en Alemania.
Un ciudadano europeo deposita su voto en una urna en Alemania. EFE

La cuenta atrás ya ha empezado, el próximo dia 26 Europa se juega su liderazgo mundial en reconciliación política, social y económica. Se juega continuar siendo la patria de los derechos humanos, disfrutar de un espacio unido en su diversidad y seguir proporcionando a sus ciudadanos nuevos valores, nuevas protecciones y nuevas oportunidades. Se juega disponer de un poder fuerte para dotar de una mayor legitimidad democrática a las instituciones europeas y hacerlas más autónomas y eficaces. En definitiva, Europa se juega su democracia.

El profesor George Steiner en su libro “la idea de Europa” define a nuestro continente como un lugar que está siempre al borde del apocalipsis. Desgraciadamente hoy el sentimiento de muchos europeos confirma esta definición. Probablemente, desde el final de la segunda guerra, nunca la Unión europea había estado tan seriamente amenazada. Las fuerzas políticas nacionalistas y antidemocráticas que han emergido a raíz de la crisis de 2008 se esfuerzan en socavar y desmantelar el proyecto europeo con el objetivo de devolver la soberanía a los Estados nación, sin entender que cuando se comparte soberanía, como es el caso de la UE, no se pierde, sino que se gana.

Suenan las alarmas en casi todos los países de la Unión, la calidad de sus democracias se ha reducido en algunos de ellos. La crisis económica dejó profundos efectos que todavía son percibidos por la ciudadanía y muy especialmente por las clases medias y bajas. Los gobiernos han castigado a sus ciudadanos con recortes sociales y reducciones salariales, que han ampliado las diferencias sociales. En paralelo, se ha producido un sentimiento de agravio comparativo al observar cómo se ha protegido a los bancos y se han permitido enormes ganancias a sus directivos.

Favorecidos por esta situación, algunas formaciones políticas ultraconservadoras, que cuestionan el proyecto de integración europea, han conseguido éxitos electorales que los han llevado a instalarse al frente de algunos gobiernos e imponer ideologías totalitarias que hacen recordar un pasado que creíamos ya olvidado.

Sin embargo, la respuesta ciudadana ha hecho que los movimientos ultras empiecen a ser conscientes de su debilidad y se vean incapaces de destruir el proceso de integración europea llevado a cabo en los últimos 70 años. Frente a esta realidad ahora tratan de promover un proyecto de naturaleza distinta, mediante un cambio desde dentro, desde el corazón de las instituciones. Esperemos que los resultados electorales coincidan con los últimos sondeos que señalan que estos grupos políticos están jugando de farol y en los próximos comicios no alcancen el voto favorable 25% del electorado.

En nuestra mano está evitar un regreso al pasado. Europa debe seguir avanzando ya que su original modelo político postnacional es el único capaz de competir con las grandes superpotencias en un mundo globalizado. Los estados europeos hoy no contarían en el mundo si no fuera porque pertenecen a la Unión Europea. Hoy es más cierta que nunca la reflexión hecha por el que fue presidente del Consejo de Europa en 1950, Paul-Henri Spaak: “los países europeos son muy pequeños para competir en el mundo, incluso aquellos que se creen grandes”.

No solo el peligro ultra convierte en trascendentales los próximos comicios europeos, es también muy relevante el entorno al que se enfrentará la nueva Cámara. Frente a ella esperan tres grandes retos que constituyen sus principales prioridades de futuro. La primera será acordar los nuevos presupuestos y el marco financiero de la UE para el período 2021-2027 en el que se prevén dos modificaciones de gran impacto. Por un lado, la renacionalización de la Política Agrícola Común y el recorte de sus ayudas y, por otro, de gran trascendencia económica, el importante recorte de los fondos de cohesión que limitará una fuente de ingresos a los países con economías menos avanzadas de la Unión. Y todo ello sin menoscabar la disponibilidad de recursos para luchar contra las desigualdades sociales y la promoción de nuevas iniciativas sociales y juveniles. La segunda prioridad es la de situar a Europa en el liderazgo de la defensa del medioambiente. Se debe promover la transición hacia una economía sostenible y plenamente respetuosa con el medio ambiente, introduciendo medidas fiscales que desactiven la utilización de energías nocivas, impulsando las inversiones hacia energías renovables sostenibles y promoviendo debates públicos que alienten a los ciudadanos a la concienciación en favor de la transición. Y, finalmente, el tercer tema responde a la necesidad de la aplicación de una política europea coherente en materia de inmigración y asilo. Una política basada en la solidaridad, en un reparto justo de responsabilidades que permita el mantenimiento del liderazgo mundial del respeto de los derechos humanos del que los ciudadanos europeos nos sentimos muy orgullosos. La Unión europea sigue siendo una ambición primordial de paz y bienestar, basada en la democracia liberal, los derechos humanos, la solidaridad y el estado de Derecho. Según el Eurobarómetro del mes de abril, el 68% de los europeos se muestran satisfechos de pertenecer a la Unión Europea y el Parlamento europeo es la institución que nos representa de forma directa, todo lo que en ella se aprueba tiene repercusión directa sobre nuestras vidas: el 80% de la legislación nacional viene derivada de la legislación europea que aprueba el Parlamento.

El próximo día 26 es un excelente día para recordar que la Unión europea es el producto de un pasado amargo y la expectativa de un futuro mejor en el que la democracia debe salir reforzada.

Agustín Ulied es profesor de Esade

Normas