Unas elecciones para salir a pactar

La gran incógnita de estos comicios no es tanto quién vencerá como qué sucederá con las tres derechas

Unas elecciones para salir a pactar

Nadie saldrá a ganar consciente como es de que ganar sin poder gobernar no sirve de nada. Titular de media hora a lo sumo en un digital. Triunfadores sin embargo con sabor a derrota, perdedores que tocarán la miel del poder y la poltrona gracias a pactos. Tras el fuerte oleaje del 28 de abril llega ahora la resaca. Por momentos, cobra fuerza, en otros, se diluye sutilmente. Todos lo saben. Algunos cambian de estrategia. No solo el partido popular. El eje es la credibilidad, aunque al electorado de a pie hace mucho que esto último más bien le importa relativamente poco.

Tres elecciones. Europeas, pese a que Europa vive momentos de pulsión bajo mínimos y está muy pero que muy tocada. Autonómicas en 12 comunidades donde el voto tiene especiales concomitancias y donde no pocas autonomías van a cambiar de color político y algunos pactos de hace cuatro años serán ahora analizados bajo el tamiz crítico de gestiones confusas y municipales. De siempre, en los ayuntamientos el sentido y el comportamiento del voto del electorado nada tiene que ver con las lizas en otras arenas electorales. Máxime en pequeños municipios y algunas capitales de provincias, donde además peligra el puesto para no pocos barones de diputaciones cada vez más cuestionadas pero que nadie se atreve a cortar.

Es muy probable que tanto en las europeas como en la mayoría de las autonómicas gane el Partido Socialista. La cuestión es si en estas últimas podrá o no gobernar como ha hecho por ejemplo en Castilla-La Mancha y Extremadura o servir de muleta como en Cantabria, y donde hasta ahora ha gobernado con el apoyo de Podemos. La caída de esta última es la gran incógnita. Sus malos resultados de abril, por mucho que se enmascare en la demagogia trufada de una verborrea prudente, no esconden el problema ni la marejada que sufre la formación tanto en su estructura como en su percepción en el electorado. Ni se asaltó cielo alguno ni se conquistó plaza ninguna.
Pero sin duda la gran incógnita de estas elecciones –descontando el tablero europeo, que de las tres, por desgracia, es el más irrelevante para el electorado, pese a ser elecciones de circunscripción única y donde la proporcionalidad del voto y el escaño es absoluta e igual para todos sin sobrerrepresentación alguna– es qué sucederá con las tres derechas. La auténtica, la extrema y al advenediza u oportunista. La auténtica, pese a que ahora, en tiempos de penitencia atribulada, que no de tribulaciones ignacianas, se escora a ese centro imaginario que en realidad nunca ha existido, pero que es un arma dialéctica, por si es capaz de detener la hemorragia y dejar de tambalear a una cúpula en sus horas más bajas y al borde del precipicio por mucho que se escenifiquen apoyos de fin de semana y que el péndulo gravite sin sonrojo.

La extrema, que se juega más de lo que parece porque una cosa son unas generales legislativas y otras unos ayuntamientos donde no tienen siquiera candidaturas, ha visto cómo, pese a unos resultados increíbles (de 0 a 24), tiene sensación de abismo y haber tocado techo. Su esperanza, como la de los otros dos, es sumar, pactar y que sean la clave cardinal aun a pesar de que hacia fuera renieguen de él en un espléndido ejercicio de hipocresía de sus compañeros de travesía (léase Andalucía). Y el tercero, el advenedizo que sueña con comerse el electorado del PP y que ahora, por tercera, vira bruscamente hacia la derecha. Ciudadanos juega. Amaga y escenifica, ficha y deambula. Pero no superará en votos al PP.

Veremos además cómo el desgarro dialéctico, pobre de por sí sin embargo, será total entre esas derechas. El corral y el gallinero solo dejarán a uno victorioso, porque esa es la segunda batalla que se librará, al margen de los sillones. Quién será el gallo de la derecha. Ánimo señores. Que vuelve la taza y media. La segunda de las elecciones. Pero se equivocan quienes la conciban como segunda vuelta. Pero sí una lucha descarnada en feudos como Madrid donde la derecha disputará una batalla en toda regla.

Desafortunadamente escucharemos en esta vorágine electoral propuestas, soluciones a los problemas cotidianos y reales de los ciudadanos. No se hagan ilusiones. Cuando los focos se apaguen, todo volverá a lo mismo. Lo hemos visto tantas veces que este país no se cansa en caminar a lomos de mula vieja. La vieja mula machadiana, torpe y olvidadiza. Dijo una vez Ortega, el filósofo, que España es esa polvareda que queda en el camino cuando al galope ha pasado un gran pueblo. Pero las polvaredas impiden la nitidez de la visión si antes no hay sosiego y reflexión.
Lo dicho, aquí no se va a salir a ganar, sino a pactar. Porque de nada sirve lo primero si no abre puerta alguna, las del poder, por supuesto, que es lo único que interesa al final.

Abel Veiga es Profesor de Derecho Mercantil en la Universidad Comillas

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