Profesionales séniors, bienvenidos a la empresa

En EE UU la tasa de éxito de los emprendedores maduros triplica la de los jóvenes

Profesionales séniors, bienvenidos a la empresa

Acabo de ingresar oficialmente en el club de los séniors. No lo tenía previsto en la agenda, pero parece que a la madre naturaleza le ha importado poco mi falta de planificación. Así que, fatum fatis ego perea, ayer llegué a ese interesante punto en la vida en que uno se da cuenta de que ya tiene medio siglo a sus espaldas. Para muchos este es un momento traumático. Si se fijan, los 50 son tan poco queridos que ni siquiera les hemos asignado una palabra en el diccionario. Tenemos lustros, tenemos décadas, pero nadie nos podrá nunca echar encima cincuentenios.
Adquirir la cincuentena no me ha resultado especialmente perturbador. Los he cumplido a bordo de un avión con rumbo a Estados Unidos, mientras escribo este artículo. Subí con 49 y bajaré con 50. No me siento más viejo, ni más cansado, ni menos motivado. No creo que nadie me mire con cara de compasión al desembarcar; no espero que me traten con mayor deferencia o veneración en la aduana. Serán imaginaciones mías, pero incluso me siento más joven que nunca.

No estoy solo en esta nueva aventura de la veteranía. En España los mayores de 50 representan alrededor de 18 millones de personas, más del 38% de la población. No es tampoco un segmento despreciable de la pirámide demográfica: en 2017 duplicaba al grupo de los menores de 18 años. La longevidad de los españoles, superior a la de otros países, empuja estas diferencias demográficas hacia los extremos y la edad media de los españoles crece. El año pasado ya rozaba los 44 años y para 2050 se estima que un 40% de nuestra población se situará sobre la actual edad de jubilación. Esta claro que si nos juntamos todos no nos aburriremos.

En el plano laboral, a partir de un cierto umbral, la edad no es percibida como el activo valioso que aparentemente debería ser. Hoy se habla del techo gris para referirse a la discriminación generacional en la empresa. El concepto no es nuevo; el psiquiatra estadounidense Robert Butler ya lo identificó en 1969 y lo llamó edadismo. Si antes al sénior se le consideraba improductivo, poco flexible y con mayores índices de absentismo (en realidad es al revés), hoy el reto parece estar en la percepción de una mayor dificultad para adaptarse a entornos tecnológicos. Son prejuicios con poca base empírica, pero cualquier empresa se mostrará poco inclinada a contratar o invertir en un trabajador si anticipa una vida laboral más corta y menos competitiva. En el mercado esto se traduce en dificultades para encontrar empleo, a veces por tiempo prolongado, y en la dificultad para mantener las condiciones salariales que se tenían antes de perder un trabajo.

La realidad es que numerosos estudios contradicen estos prejuicios, mostrando un perfil contrario al sugerido por los estereotipos. Al margen de una experiencia útil en la vida real, mayor pragmatismo y capacidad de reflexión, la madurez parece aportar una disponibilidad a trabajar y un nivel de compromiso laboral comparable o incluso superior al de otras etapas profesionales. Sorprendentemente, para muchos supone alcanzar un punto de inflexión a ­partir del cual se recupera el apetito por aprender, la voluntad de resultar útil y el deseo de asumir retos. En un país donde en apenas 30 años los mayores de 65 años superarán a los menores de 5, no nos ­podemos permitir despreciar el potencial de una fuerza laboral capaz y preparada.
En lugares como Estados Unidos, donde no existe edad de jubilación obligatoria ni coberturas sociales extensas, resulta cada vez más frecuente encontrar a personas de 50 años o más lanzándose a emprender nuevos proyectos profesionales. Se trata en general de pequeños negocios, una gasolinera, un restaurante, una empresa de servicios. Son empresas nuevas o existentes, a las que el emprendedor aporta su energía y experiencia, aprovechando redes profesionales construidas a lo largo de su carrera y el colchón financiero atesorado durante años.

Tal vez no serán el próximo Facebook, pero la mayoría generan emprendimientos estables, que crean empleo, pagan impuestos y contribuyen a reducir la presión sobre los sistemas de previsión. Estos negocios tienden a ser rentables (el 67% lo son, según el Small Business Survey) y su tasa de supervivencia triplica la de proyectos iniciados por emprendedores jóvenes. A tenor de lo que indican estos estudios, parece que la experiencia es un grado.

Mientras me preparo para descender del avión, listo para embarcarme en esta nueva etapa por escribir, acabo de recordar una imagen de Warren Buffett. A sus 88 años, el Oráculo de Omaha aparece comiéndose un helado con la misma felicidad de un niño. Sin duda estar entre las cinco mayores fortunas del mundo debe ayudar a ensanchar la sonrisa, pero sospecho que el señor ­Buffett es feliz porque disfruta cada día con lo que hace. Tal vez ese sea el secreto, aprender que la vida es un proyecto en construcción, en el que nada está escrito.
Como dice el cuadro de Goya, todavía aprendo. No todo el mundo puede ser emprendedor, pero todos podemos manejar el cambio. Mantenga una mentalidad abierta. No deje de aprender. Cultive sus redes profesionales y personales. Asista a eventos y fórmese. Salga de sus áreas de confort y aventúrese a saltar al vacío. El camino puede tener momentos de bajón y dificultades, pero con determinación, estas pasarán. No hay nada que los séniors no podamos conseguir.

Pedro Nueno es Socio director de InterBen

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