Bienvenidos al club de los países perplejos

España ha entrado en el grupo de economías con rápido avance tecnológico y lenta productividad

Bienvenidos al club de los países perplejos

Los datos de la contabilidad trimestral del INE correspondientes al cuarto trimestre han confirmado que en 2018 la productividad del trabajo ha entrado, de nuevo, en terreno negativo. España tiene problemas específicos que explican este comportamiento. Pero lo interesante es que ha pasado a compartir con los países de su entorno un rasgo común: el denominado rompecabezas de la productividad. Este rompecabezas hace referencia a la coexistencia en el tiempo de dos fenómenos en principio antagónicos: fortísimos ritmos de avances técnicos ligados a la inteligencia artificial y el big data y lentos, o incluso negativos, crecimientos de la productividad. Afecta a prácticamente a todas las economías maduras –UE, EE UU y Japón– pero no a China o India. Dentro de la UE, y hasta 2017, las únicas excepciones eran Irlanda y España. Con los datos de 2018 hemos dejado de ser excepción.

La pregunta “si el crecimiento del progreso técnico es tan intenso, ¿por qué no se refleja en el crecimiento de la productividad?” recuerda a la profusamente citada frase de Solow (1987) que hacía referencia al mismo rompecabezas, pero entonces provocado por el despegue de las TIC: “Los ordenadores están por todas partes excepto en las estadísticas de productividad”.

Las potenciales explicaciones al rompecabezas son, al menos, tres. La primera se centra en el lado de la oferta. Postula que cada vez es más difícil encontrar ideas, para concluir que no solo hace falta invertir en I+D, sino que hay que hacerlo de forma acelerada si se desea mantener constante la tasa de crecimiento de la productividad. La segunda se centra en los problemas de medida derivados de que los instrumentos de que disponemos para medir el PIB, y por tanto también la productividad, es muy probable que no estén preparados para la revolución digital. La tercera rescata las lecciones de revoluciones tecnológicas anteriores, destacando los desfases temporales que se producen en la difusión del progreso técnico.

Las tres explicaciones son razonables, pero también admiten cualificaciones. Respecto a la primera, las empresas más disruptivas no son, en muchos casos, las que más I+D realizan, sino las que la digitalización permite combinar de forma diferente ideas ya existentes. Las plataformas Uber y Cabify serían un ejemplo de esta idea. En relación con la segunda, la evidencia empírica indica que, efectivamente, existen problemas de medida (especialmente los ligados a la ausencia de precios explícitos), pero que estos problemas no solo no explican el rompecabezas, lo agravan todavía más.

La tercera explicación bebe de la experiencia de revoluciones tecnológicas previas, en las que tuvieron que transcurrir largos periodos de tiempo para que los beneficios de la innovación se extendieran al conjunto de la economía. Transcurrió mucho tiempo hasta que el descubrimiento de la máquina de vapor tuvo consecuencias en la productividad agregada. Sin embargo, la buena noticia es que los desfases temporales se van acortando. Por ejemplo, el impacto acumulado de las TIC sobre la productividad era en 2006 –50 años después de que se patentara el primer ordenador personal (un Olivetti)– aproximadamente el mismo que el que tuvo la máquina de vapor en 150 años.

El impacto inicial de las tecnologías de uso general (TUG), como las TIC o la inteligencia artificial, es relativamente modesto por variadas razones. Tras cualquier innovación hace falta que transcurra un tiempo para mejorar la tecnología hasta que resulta rentable ponerla en práctica, y mientras no sea rentable no tendrá consecuencias prácticas.

Pero, aunque la inversión sea importante, y crezca mucho, inicialmente tendrá un peso pequeño en el capital existente, y por tanto también en la productividad agregada. Y más importante, las TUG requieren, para extraer todo su potencial, innovaciones complementarias, además de cambios organizativos importantes, y la formación de capital humano adecuado al nuevo entorno.

Las TIC, incluidas la inteligencia artificial y los robots, han transformado los procesos productivos de los sectores preexistentes; han dado origen a nuevos sectores y a nuevas formas de hacer las cosas, y se encuentran tras el fenómeno de la globalización y la fragmentación de los procesos de producción en las denominadas cadenas globales de valor.

Si las empresas quieren sacarle todo su potencial tienen que invertir en soft­ware, I+D y, cada vez más, en bases de datos para poder explotar la inteligencia artificial. Y esto implica introducir cambios –muchas veces drásticos– en la organización de la empresa. Los nuevos modelos de negocio fuerzan a aumentar la sofisticación, y eso implica invertir en diseño de nuevos productos, y obliga a crear una imagen de marca, que los distinga de sus competidores y les permita fidelizar a sus clientes. Y, por supuesto, obliga a contar con trabajadores cualificados y formados en el puesto de trabajo. Es decir, requiere invertir en activos intangibles.

De acuerdo con la evidencia empírica disponible, la inversión en activos intangibles es una fuente importante del crecimiento de la productividad. Además, las TIC y los intangibles son complementarios, es decir, el crecimiento de la productividad es mayor cuando se utilizan de forma conjunta. Adicionalmente, los activos intangibles generan efectos desbordamiento, en el sentido de que no solo aumentan la productividad de los sectores que realizan directamente la inversión, sino también la de otros sectores de la economía.

De acuerdo con los datos de Fundación Cotec-Ivie, España es homologable al resto de los países desarrollados en activos tangibles (especialmente en los ligados a la construcción) pero está mal posicionada, junto con Italia, en activos intangibles. Por el contrario, en Estados Unidos y el Reino Unido la inversión en intangibles ya supera la realizada en capital tangible.

España tiene problemas muy serios de productividad, pero ahora se ha unido a un club del que estaba ausente. La diferencia es que los miembros de este club hace tiempo que comprendieron que la revolución tecnológica debe ir acompañada de inversiones adicionales. España lo ha entendido tan poco que todavía no ha creado el consejo sobre la productividad que recomendó, en 2016, la Comisión Europea a todos sus Estados miembros.

 Matilde Mas es Catedrática de Análisis Económico en la Universidad de Valencia y directora de proyectos internacionales del Ivie

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