La transformación dinámica de la banca para conectar ahorro e inversión

La banca debe amplificar su catálogo de servicios y reforzar su papel de intermediario clave

La crisis financiera dejó un inacabable rosario de víctimas en el camino durante los casi doce años siguientes a su estallido: empresas quebradas, hogares atrapados en el desempleo y las deudas, Estados con problemas de solvencia, etcétera. Pero la primera víctima corporativa ha sido la propia industria financiera, seguramente la única que además no se ha sacudido del todo los efectos de la larga y profunda recesión, la que sin duda más cuentas ha tenido que rendir ante la sociedad y la que más transformación del negocio ha afrontado, en un ejercicio que ni de lejos ha concluido. Desde el inicio de la crisis la banca ha perdido en España, uno de los países más bancarizados del mundo, una de cada dos oficinas, y ha vuelto a los niveles de capacidad instalada de 1980, hace casi cuarenta años. Un ajuste descomunal que, además, todo parece indicar que no ha terminado, a juzgar por los comportamiento de la clientela con la banca en los últimos años.
El primer gran ajuste ha sido de firmas, que han pasado de cerca de una cincuentena en 2007 a poco más de una docena ahora, una situación que también caminará hacia una mayor concentración por una imposición lógica de las circunstancias, tanto las coyunturales (bajos tipos de interés y por tanto muy reducidos márgenes) como la estructurales, con una digitalización imparable de las relaciones entre la banca y sus clientes. La oleada de consolidación no podrá ser tampoco esquivada en España, donde un buen número de entidades tiene pocas opciones de defenderse en un mercado europeizado e incluso globalizado como el que apremia ya a ganar tamaño para que el volumen de negocio justifique la existencia. Si hasta ahora los operaciones de concentración han sido cuasiobligadas por las necesidades de recuperar la solvencia perdida, desde ahora deben convertirse en un mecanismo de supervivencia en un mercado de cerca de 400 millones de consumidores.
Pero la presión más intensa para seguir reduciendo la capacidad instalada será la plena digitalización de las relaciones económicas, un fenómeno en el que las de carácter financiero, por la capacidad de movilización de una materia prima como el dinero, liderarán la transformación. Los esfuerzos de la banca por acelerar este proceso tendrán la inestimable ayuda vegetativa del cambio generacional, que deberá hacer compatible con una recuperación de la confianza perdida en la crisis, y que se antoja más complicado con la clientela joven. La banca debe amplificar su catálogo de servicios y reforzar su papel de intermediario clave para poner en contacto ahorro e inversión (el depósito con el crédito) que coadyuve a un crecimiento fuerte e inclusivo.

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