Brexit, la sensatez perdida

El recelo sobre el futuro del comercio entre la UE y Reino Unido detiene la inversión

Desde el principio de las negociaciones del Brexit entre Reino Unido y la Unión Europea (UE), gran parte de la clase política y los medios de comunicación británicos han retratado el proceso de dichas negociaciones en términos de victoria y derrota en lugar de compromiso y beneficio mutuo. Han ido moldeando la opinión pública con el mensaje de que cuando no se satisfacen sus demandas la UE les está humillando.

En este sentido, la carta de renuncia del Ministro de Estado de Agricultura, Pesca y Alimentación, George Eustice, dirigida el pasado 28 de febrero a la primera ministra, no tiene desperdicio: “Me temo que los acontecimientos de esta semana conducirán a una secuencia de eventos que culminarán con el dictamen de la UE de los términos de cualquier extensión solicitada y la humillación final de nuestro país. Por lo tanto, debemos tener el coraje, si es necesario, para reclamar nuestra libertad primero y luego hablar” Y añade: “no creo que la Comisión se haya comportado de manera honorable durante estas negociaciones. Esto es incómodo para todos, pero no podemos negociar un Brexit exitoso a menos que estemos preparados a marcharnos sin acuerdo”.

Un posicionamiento algo prepotente que choca con la conducta aparentemente negociadora, pero sobre todo oportunista, de su primera ministra, que a la primera de cambio, no ha mantenido la lealtad a lo acordado sobre su firma, rompiendo así la esencia de lo que pactó con la UE.Por todo ello, no es de extrañar que para algunos británicos el Brexit sea un medio para recobrar una soberanía plena antaño perdida, si es que alguna vez lo fue. Kevin O’Rourke, en su libro Una breve historia del Brexit, relata cómo el Brexit tiene raíces históricas. Hay que recordar que en 1950, la Commonwealth representaba el 40% de los intercambios comerciales frente al 25% de la Europa Occidental. La política de Theresa May referente a la negociación del Brexit ha consistido en intentar recuperar el control de las leyes, las fronteras y el dinero de Gran Bretaña, lo que parece la cuadratura del círculo. Su contribución presupuestaria a la UE es de 13.000 millones de euros anuales, pero dejaría de percibir de lal organismo europeo las transferencias en forma de subsidios por un total de 7.000 millones de euros (Política Agraria Común, investigación e innovación, etc.). De ahí lo complicado de llegar a un acuerdo por ambas partes, y más, teniendo en cuenta que su estrategia de negociación es heredera de su antiguo imperio.

En este sentido, los británicos consideran que con el Brexit pueden obtener todos los beneficios de estar en la UE sin las cargas y compromisos de la membresía real, y al mismo tiempo, dictar sus propias leyes. En concreto, su objetivo es escapar de las regulaciones y aranceles de la UE. Son conscientes que, a corto plazo, van a tener costes muy importantes, pero creen que a largo plazo los beneficios serán superiores a los costes.

De momento, aunque se opte por un Brexit blando (permanecer dentro del mercado único de la UE y su unión aduanera) o por un Brexit duro (abandonar tanto el mercado único como la unión aduanera) la incertidumbre que rodea al futuro del comercio del Reino Unido ya está haciendo mella en su economía. Las inversiones están en punto muerto, y diversas empresas multinacionales (Nissan, Honda, Sony, Airbus, Siemens, Panasonic, etc.) Incluso la empresa del inventor James Dyson, quien, curiosamente, fue un fuerte defensor de la aprobación del Brexit, están cambiando sus ubicaciones de Gran Bretaña a la UE para evitar los aranceles posteriores al Brexit. En cambio, compañías japonesas se beneficiarán gracias a la reducción en aranceles a raíz del acuerdo de libre comercio entre Japón y la UE, en vigor desde el pasado 1 de febrero. El sector servicios, que representa cerca del 80% de la economía británica, y en particular los servicios financieros, con base en la City de Londres, que representan en torno a un 13% del PIB, anticipan también problemas si pierden el acceso al mercado único europeo.

En este contexto, recientemente la Autoridad bancaria europea (ABE), encargada de las pruebas de estrés a los bancos europeos, se ha traslado a París. Este deterioro económico continuará hasta que los inversionistas y las empresas sepan qué futura relación les espera con la UE. No debemos olvidar la inquietud que se está generando entre las personas. Con relación a la inmigración el Reino Unido tendría libertad para establecer sus propios controles. Actualmente hay 1,3 millones de británicos en la UE y 3,7 millones de europeos en Gran Bretaña pero sus derechos a vivir y trabajar son bastante confusos. Además, las cualificaciones de los británicos que trabajan en la UE podrían no ser reconocidas, lo que significaría que no podrían ejercer sus profesiones. Mientras tanto y con el fin de terminar con la incertidumbre, Theresa May ha convocado votaciones (12 y 14 de este mes de marzo). Así, los diputados tendrán la ocasión de apoyar su acuerdo de salida o salir sin acuerdo. Si responden negativamente a ambas alternativas, deberán votar una extensión de la negociación. Según M. Barnier (negociador jefe de la UE para el Brexit), “Toda extensión es prolongar la incertidumbre para Europa y sus ciudadanos”. Que, por cierto, nunca pidieron abrir este proceso de salida.

Es cierto que la prosperidad económica requiere comercio, pero la estabilidad política requiere estados de bienestar. Ambas necesitan de la integración europea para llegar a buen puerto. En este sentido evoca Édouard Philippe, primer ministro de Francia, la idea de “una Europa que nos recuerda los valores eternos que nos unen y los desastres que lloramos”.

Vicente Castelló Roselló es profesor de la Universidad Jaume I

 

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