El turismo en España: eficaz, pero no eficiente

La industria puede dar más de sí, pero hace falta diseñar un plan estratégico para lograrlo

Un grupo de turistas en el Palacio Real de Madrid.
Un grupo de turistas en el Palacio Real de Madrid. EFE

El turismo internacional aumentó en el mundo el 6 % durante el año 2018, alcanzando la cifra de 1.400 millones de viajes, según la última estadística publicada por la Organización Mundial del Turismo (OMT). Este organismo no incorpora al dato los movimientos realizados dentro de las propias fronteras, y que se estiman en una cifra cercana a los 4.000 millones de desplazamientos. En el ámbito nacional, las cifras anunciadas de llegadas del turismo internacional a España fijan la cuota de mercado de nuestro país en el 5,86 % del total mundial. Esto supone un incremento del 0,32 % sobre su influencia en el año 2010 (5,54 %).

Sin embargo, opinamos que, a pesar de esa mejora en la participación global, no hemos de sentirnos satisfechos por los resultados actuales. Cuando nos referimos al turismo en España podemos hablar de eficacia, pero no tanto de eficiencia. Esa eficacia se plasma en la fortaleza que posee el turismo extranjero de no residentes que visita España, que nos posiciona en el primer lugar del turismo internacional en términos de estancias o pernoctaciones.

Pero en cuanto a la eficiencia, una reflexión rigurosa permite plantear un comentario crítico sobre el valor efectivo de los rendimientos económicos contabilizados. La encuesta del INE (Egatur) estima el gasto de los turistas que vienen a España en un valor cercano a los 90.000 millones de euros, pero determina que de esa cifra, casi 27.000 millones son gastados por los turistas en sus lugares de origen. Son por tanto recursos que no se ingresan en España, sino que son recaudados por las empresas y proveedores de terceros países (compañías aéreas, OTAs, intermediadores, etc).
Es cierto que los ingresos por turismo casi triplican el déficit de la balanza comercial pero, aunque el gasto de los residentes en España superó el pasado año la cifra de 20.000 millones de euros, la repercusión no resulta tan holgada en términos comparados si deducimos de esos gastos los que hacen nuestros residentes en sus viajes al extranjero.

Sin duda, nuestro país recibe elevados beneficios del turismo a través del proceso productivo. Estos beneficios se trasladan al sistema económico, directa e indirectamente, constituyendo importantes rentas para impulsar el desarrollo. Buena prueba de ello es el dato que acaban de hacer público la Mesa del Turismo y nuestra universidad, que cifra en un 11,8% la contribución del turismo a la formación del PIB en el año 2018.

Pero nuestro turismo puede dar más de sí. Podría generar nuevas y más singulares repercusiones, basadas en procesos más innovadores y motivadores. En suma, podría impulsar la eficiencia que todos deseamos. Posibles vías de mejora serían:

  • Un aumento de la producción de bienes y servicios, mediante una política de mayor calidad.
  • El incremento del gasto medio por turista y día, que actualmente (en torno a 70 euros) es inferior al que nos parece adecuado (alrededor de 100 euros). 
  • La prolongación de la estancia media de los viajeros atrayéndolos hacia nuevos productos que completen la oferta. 
  •  La puesta en valor de mercados con numerosos recursos turísticos prácticamente abandonados, pero con mucho potencial. 

Todas esas nuevas y creativas estrategias de desarrollo y eficiencia permitirían actuar sobre los importantes desequilibrios que sufre nuestro sistema económico. La acción conjunta de esas políticas podría favorecer la reducción de los cuatro graves desajustes estructurales que padece nuestro sistema económico, logrando así:

  1.  Un aumento del empleo directo e indirecto que permitiría reducir el profundo desempleo que sufrimos.
  2. Una mayor cobertura presupuestaria derivada del alza de la producción.
  3. La eliminación del déficit de la balanza de pagos, especialmente el de la balanza comercial.
  4. Una reducción del déficit público y de la deuda, vía la ampliación de la recaudación del IVA. 

Por otra parte, el turismo afronta en nuestros días actitudes o filosofías de naturaleza social que alimentan conductas contrarias a su desarrollo. Esto ocurre especialmente en municipios y destinos urbanos y marítimos donde se producen grandes concentraciones de viajeros. Son puntos críticos en los que se empieza a detectar cierta “turismofobia”.

Frente a estas actitudes o tendencias, proponemos dos estrategias para reducir en lo posible las acusaciones equivocadas sobre los efectos ambientales y sociales del turismo. La primera consistiría en transmitir a los menores la necesidad de un reconocimiento de las posibilidades y capacidades que ofrece el turismo como elemento educador. La segunda sería eliminar la absurda concepción del turismo como transgresor de actividades o sectores económicos estructurales, porque estos ataques empobrecen y debilitan su imagen al tiempo que alteran su desarrollo.

Por tanto, instamos a que los nuevos proyectos o emprendimientos turísticos contribuyan, desde su inicio, al mejoramiento social, económico y ambiental con responsabilidad activa y voluntaria. A mi entender deberíamos descartar toda ideología egoísta, insolidaria y contraria a la excelencia.
El cuadro de políticas turísticas que se plantea en este artículo no podrá validarse si previamente no se acuerda un compromiso con los sujetos participantes o responsables de los posibles desarrollos turísticos (stakeholders macros y micros, económicos y sociales, estratégicos o inmediatos).

Por tanto, es importante que se lleve a cabo un mínimo esfuerzo económico que, aún sin fuerza legal, justifique la posibilidad y la viabilidad de una propuesta que no busca otra cosa que el perfeccionamiento y mejor desarrollo del turismo.

Manuel Figuerola es Investigador principal. Grupo de investigación de Turismo de la Universidad Nebrija

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