El inmenso lío en el que nos ha metido Londres

Si se impone el Brexit duro, Europa se dejaría en torno al 1,5% del PIB y un millón de empleos

La primera ministra de Reino Unido, Theresa May, en el Parlamento británico.
La primera ministra de Reino Unido, Theresa May, en el Parlamento británico. REUTERS

Probablemente la certeza sea absurda, cuando no imposible, y ahí vemos a las ciencias entregadas a la probabilidad, pero la incertidumbre, a su vez, es incómoda, en el decir de aquel ilustrado de nombre Voltaire. Esa inseguridad que provoca lo difícilmente descifrable, lo imprevisible. Hoy, el mundo que nos toca vivir asiste a una creciente complejidad de las cadenas de causalidad, en el seno de la globalización. Todo se ha vuelto muy diferente a unas décadas atrás, incluso quizá a un quinquenio. Y en ese escenario lábil y señoreado por propuestas políticas que encuentran adhesiones desde el simplismo descarnado, nosotros –la Unión Europea– nos hemos topado con una particular penitencia: el Brexit, resultado de una decisión política de aquel primer ministro llamado Cameron, que jugó con fuego y hoy se hace el longuis, mientras toma el sol en Playa Hermosa, allá por Costa Rica.

El martes 15 se inició otra fase en el sinsentido de la confusión. Los expertos del sector privado y los de los Gobiernos se resisten –con razón– a adelantar estimaciones, porque el escenario es como el de los teatros ambulantes y, además, se carece de precedentes históricos que puedan nutrir los modelos macro. Claro que el sentido común lleva a pensar que el no trato es poco probable, pero como la cosa no parece muy fecundada por la inteligencia, no debe excluirse que las fronteras entre Reino Unido y la Unión se restablezcan, de tal modo que las reglas de la Organización Mundial de Comercio pasen a un primer plano. Es decir, empezaríamos a ver tasas a las importaciones de entre un 4% y un 5% de ambos lados.

El FMI ha calculado que, en ese contexto, Europa dejaría en torno al 1,5% del PIB y un millón de empleos en la cuneta, lo que para Londres y Dublín sería todavía más oneroso. Es decir, una salida abrupta y caótica es mala para todos, pero con una responsabilidad objetivable: Gran Bretaña. Razonablemente, debería evitarse, pero no hay que olvidar lo improbable que parecía un lío como este y ahí está, y sin pinta de diluirse. Porque un Brexit acordado limitaría los daños, su impacto negativo sería moderado. Dentro de lo malo, pues, lo mejor. ¿Quién se atreve a afirmar que así será? ¿Qué están haciendo las empresas de cara a sus proyectos de inversión? Pues si están envueltas en la incertidumbre del proceso, diferirlos. Y así buena parte del tejido productivo.

Theresa May va a intentar, una vez más, resolver la difícil ecuación planteada machaconamente por ella misma, entre pesadillas de puertos colapsados y una divisa vacilante. Quizá plantee un tratado bilateral a Irlanda, en definitiva, la complicación de la vuelta a una frontera física con Irlanda del Norte, que se quiere evitar. Pero Dublín, por boca de su ministro de Asuntos Exteriores, Simon Coveney, ha dicho que su país está absolutamente adherido al conjunto del tratado, incluido el ­backstop. Un inmenso lío, un precipicio que conduce, en ausencia de acuerdo, a improvisaciones que necesariamente afectarán a la economía, vía mayores costes.

El populismo campa por Reino Unido y el temor a la inmigración masiva ha jugado un papel muy significativo en la desafección a Europa, por la cual su entusiasmo siempre fue descriptible, a pesar del buen trato recibido. Pero también contó y mucho la nostalgia de una Gran Bretaña poderosa, inscrita en un mundo de equilibrios bien identificados. Un mundo que ya no existe, pero su anhelo ha servido de empuje para los aprendices de brujas que han desencadenado este follón. Incoherencias múltiples y estrategias confusas, desembocando en un muy mal cálculo de la relación de fuerzas, esta vez bastante clara a favor de Bruselas.

Para España, con un comercio bilateral de más de 54 millones de euros, 20 millones de turistas y en torno a 300.000 residentes británicos, seguramente muchos más, la inquietud es comprensible, tanto mayor por cuanto el horizonte próximo es de una espesa duda y recelo, a pesar de que

Madrid ha prometido garantizar sus derechos si Londres hace lo mismo con los españoles instalados en Reino Unido.

Cualquier observador objetivo concluirá que de aquellas palabras de Boris Johnson –“el Brexit será un éxito titánico”– no queda más que tozudez y surrealismo. Tras 585 páginas, tres anexos y una declaración política del acuerdo de retirada, la Unión no debe estar para bromas, ya que los márgenes para la negociación son mínimos. Porque va a ser verdad que en Londres gobierna una camarilla egocéntrica, como opina The Economist. El humor británico, siempre tan acertado con lo absurdo de la vida cotidiana, bromea acerca del verdadero objetivo del buscavidas Cameron cuando convocó el referéndum: conseguir una derrota decisiva. Para su sorpresa, ganó. Y ahora mismo el Brexit se ha convertido en un asunto de política interna para Reino Unido.

El principio de Peter se ha encarnado en la señora May, según opina la anti-Brexit Gina Miller: “Ella ha llegado a su umbral de incompetencia”. Desgraciadamente, el líder de la oposición, Corbyn, no parece irle a la zaga, seguramente porque se han metido ambos, y no solo ellos, en un terreno imposible para la maniobra.

Quizá por eso alguien reclamaba el otro día en Trafalgar Square una condecoración para Theresa, alegando que había llegado a la síntesis más asombrosa en este asunto: Brexit es Brexit.

Luis Caramés Vieítez es Catedrático de Economía Aplicada y asesor del Consejo General de Economistas

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