¿Qué es lo que quieren los británicos?

Bruselas debe ser firme ante una previsible presión para forzar un acuerdo más flexible

Ni sabemos lo que quieren ni tampoco lo que no quieren. Esa es la esquizofrenia que sufre en estos momentos la política británica. La soberbia malhadada que ha llevado a un enorme callejón sin salida el tema del Brexit. También podríamos hacernos ese interrogante a la inversa, ¿qué quiere la Unión Europea ahora mismo respecto a la isla? El hartazgo del continente ante el espectáculo esperpéntico en todo caso de la tan sonada flema británica cansa y mucho.

El Brexit es malo para todos, pero sin duda es infinitamente peor para los británicos que para el resto de europeos del continente. Han jugado con fuego sus irresponsables políticos y lo han hecho sobre una ruleta de errores garrafales y vanidosos, donde ha faltado consecuencia y coherencia amén de alturas de miras. No puedes convocar un referéndum a la ligera con una pistola con tambor de cinco balas y un hueco. Las probabilidades estaban ahí. Tampoco es normal ni racional que los dos principales líderes de los dos partidos clave no sean capaces de reunirse en más de dos años y medio y poner sobre la mesa este gran dilema, cuando no drama.

¿Qué pasará ahora tras la apabullante derrota, estrépito sin igual de una premier en el parlamente británico donde los suyos le han infligido un correctivo durísimo? Pues nada cambiará porque esto va para muy largo. Algunos aventuran la salida a un segundo referéndum, pero ¿es posible? ¿Y es la solución? ¿O el problema será de esta y la siguiente generación? Esta es la tragedia a la que ha abocado a Reino Unido una mediocre clase política, pero también una contumaz y persistente prensa y medios mediáticos, que han azotado siempre a la Unión Europea desde que en los setenta el país entró en la organización, tensionando y azuzando el fantasma del euroescepticismo. El viejo general De Gaulle nunca quiso que el Reino Unido fuese parte de la Unión.

Una sociedad fracturada y polarizada ante una decisión tan grave y a la vez tan dramática, con unas consecuencias sociales, económicas, laborales, empresariales, culturales y de ruptura radical, no se puede arbitrar caprichosamente. El error de May no es ni mayor ni menor que el de otros premieres y partidos que siempre han jugado en esa pira incombustible e inaudible, pero que como la fina lluvia termina empapándolo todo.

¿Qué opciones hay y qué va a suceder a partir de este momento? Esta es quizá la mayor de las incógnitas. Nadie lo sabe. El caos es total. Pero el juego debe seguir. El juego en el que se han aventurado los políticos británicos y que se está convirtiendo en un esperpento amén de vía crucis para los conservadores.

¿Hasta dónde están dispuestos los diputados ingleses a llegar? Precipitar ahora la caída de May a favor de un Corbyn tan enigmático como inconsistente sería asomarse a otro precipicio tan ignoto como insondable. Este no es el teatro español ni las bambalinas catilinarias que se sucedieron los últimos días del mes de mayo pasado. Esto es otra cosa, un espectáculo mayor en un país que se tiene por serio, aunque últimamente hasta eso es puesto en duda. Amén de que en Reino Unido la moción de censura tiene una finalidad distinta, a saber, provocar un adelanto inmediato de elecciones, no convertirse el postulante, moción constructiva, en nuevo premier. Ay, si Rajoy hubiera sido de otra isla, !y Sánchez de otras lides!

¿Qué debe hacer la Unión Europea? No podemos olvidar que quién activó el artículo 50 fue la premier británica. El calendario empezó a correr. Pero tampoco que Bruselas, y quién dice Bruselas dice también Berlín, si bien Merkel vive sus horas más bajas a nivel europeo, no puede flexibilizar o dulcificar ciertas líneas.

Quien ha pedido irse no puede exigir tiritas de algodón. Debe ser coherente con las decisiones. No son tiempos de mendigar como ha hecho May ante sus compañeros comunitarios, pero tampoco han de ser tiempos de concesiones al socio díscolo que jugó, amagó y rompió la baraja a su antojo arbitrario y celo caprichoso de niño travieso. May de momento no está muerta. Tratará de revertir los efectos de la moción como si en realidad se tratase de una confianza a la inversa a su favor. Pero la cuestión ya no es esa, porque su tiempo ya sabemos que está amortizado por ella misma y que no se presentará a ninguna elección, es si será capaz de presentar un nuevo proyecto o plan de salida, de si renunciará a él, si buscará una válvula de escape que deje de nuevo todo en tablas, es decir, un segundo referéndum, y que el que venga detrás que tome decisiones y asuma consecuencias.

La Unión Europea debe estar preparada ya y ser firme en este momento en un Brexit sin acuerdo. La decisión no es fácil. Pero puede ser una decisión necesaria. Y romper con una ambigüedad que puede durar generaciones. El error mayor de la Unión Europea, y que sería una tabla de salvación para los británicos, sería romper el frente común, la posición unánime frente al Brexit.

Este es el torpedo que tratarán de lanzar los británicos, sembrar las dudas, abrir aristas, boquetes por los que entrar y forzar a un nuevo acuerdo más flexible y más positivo para los intereses británicos. Si esto lo logra, es el fin de la Unión Europea a la larga, la barra libre. La ruptura de una coherencia que, en entradas y salidas, ha de ser firme e inquebrantable. Todo está abierto ahora mismo porque no hay hojas de ruta. Quien aventure algo, solo estará haciendo eso, aventurar. No nos dejemos engañar.

Abel Veiga es Profesor de Derecho Mercantil de la Universidad Pontificia Comillas

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