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El triángulo de las Bermudas

Ingresos, gastos y ahorros. Sobre este triángulo se sustentan las sociedades bien estructuradas.

El triángulo de las Bermudas

Ahora que se está descubriendo el embrujo de ese rincón náutico, aparece otro inescrutable. Ingresos, gastos y ahorro de las familias y, de los estados, son sus tres vértices. Generan una cantidad infinita de combinaciones, aunque en la práctica se reducen a bastante pocas. Cualquier algoritmo barato es capaz de reflejarlas. Más todavía, mirando a los ojos a las personas y a las administraciones te acaban definiendo su triángulo.

Veamos. Los ingresos pueden ser elevados, medianos, bajos o nulos. Los gastos, adecuados a los ingresos, por encima de ellos, iguales o inferiores. El ahorro, por su parte, dependerá del equilibrio de los dos anteriores, y se resolverá invirtiendo muy bien, bien, mal o muy mal. Fuera del triángulo no hay ni un euro más.

Todo arranca en los ingresos. Si éstos no aparecen ni se presumen, resulta muy difícil realizar gastos, aunque existan opciones de comprar a futuro, de endeudarse o de pagar en diferido. Tampoco se podrá ahorrar si no se dispone de ingresos suficientes y gastos que lo permitan. Es un flujo de ida, que, de gestionarse convenientemente, produce una retroalimentación.

El ahorro convertido en una buena inversión puede materializarse en excelentes ingresos que revitalizan el circuito

 

Las familias navegan a través de este triángulo surfeando las crisis exógenas y las vicisitudes de sus miembros. Achican o se expansionan, según el momento de cada ciclo. Reducen gastos, se endeudan, posponen operaciones, venden, se hipotecan o compran.

Las administraciones públicas, por su parte, ofrecen servicios a cambio de impuestos, como afirmaba Galbraith. Difícil será hacer malabarismos si los ciudadanos aportan poco y exigen mucho. O si pagando muchos o pocos impuestos, los gestores se corrompen, despilfarran, se benefician a sí mismos, o invierten muy mal. En cualquiera de los supuestos, la función pública está para ofrecer los servicios de calidad que los ciudadanos requieren en cada momento, a cambio de aplicar políticas fiscales adecuadas y redistributivas. Este es el equilibrio real entre los ingresos, los gastos y las inversiones, lo cual incluye cuidar a los más débiles e indefensos, preocuparse por las necesidades presentes y sobre todo adelantarse a las futuras de toda la población. Una administración actual que no tuviera en cuenta una política de pensiones, de dependencia, de creación de ocupación juvenil, o de recuperación del talento obligado a emigrar –por incluir urgencias- o que se desentendiera de la digitalización o de la innovación no tendría razón de ser. Sin esta visión a corto, medio y largo plazo que incardina todas estas funciones, no valdría la pena lo común. Sería mejor volver al mecanicismo de Hobbes.

Sobre este triángulo se sustentan las sociedades bien estructuradas. El dinero, el flujo del dinero, ha sido un buen invento para moverlas, siempre que se imponga un manejo exquisito. Sin él, los valores de las personas que constituyen las sociedades se diluirán, perderán la razón de ser, dejarán de tener sentido. Dónde arranca la legitimidad de la ética, ¿en lo público o en lo privado?: Al alimón. Unas personas físicas o familias que no sean rigurosas en sus cuentas privadas tendrán poca autoridad para exigir responsabilidades a lo público. Pero, más grave resulta que desde las administraciones gestionen mal los tres vértices del nuevo triángulo de las Bermudas, por incapacidad o por usura; no hay que olvidar que los dineros son de los administrados. Las sociedades que son rigurosas en la gestión de lo privado suele tender a serlo en lo público. Y viceversa.

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