Arabia Saudí: el precio de las amistades peligrosas

El país tiene la sartén por el mango en el crudo, pero no tanto como en la crisis de 1973

Protesta contra el Gobierno saudí en el consulado de este en Estambul, el jueves.
Protesta contra el Gobierno saudí en el consulado de este en Estambul, el jueves.

El pasado 2 de octubre, el periodista saudí Jamal Khashoggi entraba en el consulado de su país en Estambul para realizar unos trámites relacionados con su futuro enlace matrimonial. Esa fue la última vez que se le vio con vida. Tras días de intensas investigaciones y de frenéticas formulaciones de hipótesis, los indicios aportados por las autoridades turcas, así como las evidentes contradicciones de la versión oficial de Riad, revelaron la sospecha más temida: Khasoggi, cuyas críticas a la línea política del príncipe heredero Mohamed bin Salmán le habían obligado a exiliarse a Estados Unidos, había sido víctima de un crimen de Estado.

Más allá de las evidentes consideraciones éticas de este dramático acontecimiento, las implicaciones políticas y económicas derivadas del mismo añaden nuevas piezas aún más difíciles de encajar en el ya de por sí complejo puzle geoestratégico en el que secularmente se ha convertido Oriente Próximo. De hecho, la espiral en el cruce de acusaciones realizadas por Trump y un representante anónimo del Gobierno saudí amenazando, cada uno de ellos, con represalias cada vez mayores a las de su adversario, nos da una idea de la magnitud que un conflicto diplomático de ese calibre podría suponer en términos de desestabilización global. A ninguna de las partes le interesa ser partícipe de un juego cuya peligrosa dinámica acción-reacción no haría más que conducir a una imparable escalada de tensión en uno de los mayores polvorines del mundo.

Por un lado, a Estados Unidos no le conviene granjearse nuevos enemigos. Enfrascado en una guerra comercial con China que más pronto que tarde supondrá un boquete de dimensiones considerables en la línea de flotación de su propio tejido industrial, desde Washington no se desea el más mínimo rifirrafe con un aliado que representa el 18% de las reservas petrolíferas totales del planeta y que continúa siendo el principal exportador de crudo a nivel mundial. Cierto es que a Estados Unidos jamás le ha temblado el pulso a la hora de aplicar literalmente la máxima sajona que impele a sustituir las grandes amistades por los grandes intereses, ya que se trata de un histórico especialista en la estrategia del king maker, aupando reyes al trono y derrocándolos cuando lo ha considerado oportuno (el apoyo económico y técnico a las milicias rebeldes afganas, una de ellas liderada por Bin Laden, durante la invasión soviética o la colaboración con el régimen iraquí de Sadam Husein en la guerra contra Irán son buenos ejemplos de ello).

Sin embargo, la colaboración con Arabia Saudí alcanza áreas tan sensibles como la cooperación militar (este fue el caso de la participación del país árabe en la Guerra Golfo, precisamente, contra Sadam Husein) o el intercambio de información en el campo de la inteligencia en aras de mejorar la eficiencia en la lucha contra el terrorismo islámico.

Por otro lado, aunque Arabia Saudí es plenamente consciente de poseer la sartén por el mango en la determinación de los precios del petróleo a nivel mundial, también es sabedora de que su influencia no es, ni mucho menos, la que gozó durante la famosa crisis de 1973. Además, también se ha producido la cancelación de ciertas inversiones al país árabe tras el suceso.

Partiendo, por tanto, de la premisa del descendente peso específico del rol desempeñado por los saudíes en el tablero mundial (usando la terminología acuñada por Brzezinski), la presión internacional contra Riad por este lamentable suceso puede atenazar el margen de maniobra de su monarquía y debilitar en mayor medida su ya comprometida imagen internacional a raíz de acontecimientos como la Guerra de Yemen o el embargo a Qatar.

De hecho, un exceso de confianza materializado en una respuesta desproporcionada por parte del régimen que encabeza Salmán bin Abdulaziz, podría elevar su número de competidores en la región. Si bien la rivalidad histórica con Irán es comprendida en el mundo musulmán en términos de liderazgo religioso por ser este la referencia en el mundo chií mientras que Arabia Saudí lo es en el suní, Qatar, también de mayoría suní, está emergiendo como un duro contendiente en su propia zona de influencia.

Finalmente, un tercer actor en discordia brilla por su ausencia ya que, por desgracia, ni está ni se le espera: la Unión Europea perderá la enésima ocasión de acordar una postura común en política internacional. Si bien Alemania ha mantenido una actitud firme al suspender temporalmente las exportaciones de armas al reino saudí mientras que Francia y Reino Unido, a pesar de no tomar ningún tipo de medida concreta, han mostrado su oposición a los hechos acontecidos en el consulado turco, el resto de países miembro ha preferido mirar hacia otro lado. Parafraseando a Ortega y Gasset, ninguna potencia mundial que aspire a ejercer como tal puede ser digna de dicha mención sin una política exterior a la altura de las circunstancias. Lamentablemente, a la UE aún le queda mucho trabajo por hacer en ese sentido.

En definitiva, el caso Khasoggi supone una nueva encrucijada entre la hipocresía de las potencias occidentales, anteponiendo sus intereses materiales a la protección de los derechos humanos, con el cinismo de aquellas naciones rentistas cuyo imperdonable error de cálculo los lleva a concluir que el desprecio por la vida humana es gratuito. Por ello, tanto en la política como en la vida, hay que saber elegir con inteligencia a nuestros aliados para evitar que estos nos dejen expuestos a situaciones difíciles. El sabio refranero español ya nos advierte a este respecto: dime con quién andas…

José Manuel Muñoz Puigcerver es profesor de Economía de la Universidad Nebrija

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