Tiempos de mudanza en el orden mundial

La recesión ha creado un cisma entre ricos y pobres del que surgen movimientos sociales

El presidente de EE UU, Dondald Trump.
El presidente de EE UU, Dondald Trump. GETTY IMAGES

Ya, Señor (…) anuncia al mundo para más consuelo; un monarca, un Imperio y una espada”. Escribió el militar y poeta Hernando de Acuña, para Carlos V, emperador de Europa y Rey de España (Carlos I). Escribir en Google “Charles V, the world emperor” significa encontrar 15 millones de referencias. Antes y después de Carlos V hubo muchos imperios: recientemente el estadounidense y el soviético; luego, el norteamericano y, hoy, muchos pequeños imperios que palidecen ante Estados Unidos y China.

A Carlos V, que quiso mantener el orden europeo de su predecesor Carlomagno (cinco siglos antes que él), le cayó en el regazo, el imperio más grande que jamás haya existido. A los reinos se unieron ejércitos profesionales: tercios viejos castellanos y mercenarios alemanes y suizos; la financiación bancaria (Függer y Welser), la recaudación de impuestos y el oro proveniente de América. Su hijo Felipe II no fue emperador, pero agrandó la “herencia recibida”. Los hispanistas equiparan el “imperio” de Felipe II con el norteamericano del siglo XX: Stanley Payne, Hugh Thomas, Paul Preston, Geoffrey Parker, John Elliot, Henry Kamen, Joseph Pérez...

Carlos V no pudo mantener el orden mundial de Carlomagno porque, para su sorpresa, la religión dejó de ser una, dividiéndose la cristiandad; Francisco I (Francia) no quiso formar parte de la Europa uniforme que soñaba Carlos V. El Islam se expandía con la espada: Solimán el Magnífico (turco) invade Europa, hasta llegar a las puertas de Viena (1532). Las nuevas tecnologías ponen patas arriba el orden establecido: la imprenta de Gutenberg pone la Biblia en cada hogar y los príncipes aplican el principio de Cuius regio, eius religio, por el que imponen su religión a súbditos. Surgen los “estados nacionales”. Los intentos de Carlos por mantener la unidad son vanos y no triunfan –relativamente–hasta otros cinco siglos después, con el nacimiento, en el siglo XX, de la Unión Europea.

Jean-Claude Juncker no es Carlos V, pero sufre por el brexit, ya que Reino Unido deja la Unión. Populismos nacionalistas: Le Pen (Francia), Salvini (Italia), Trump (EE UU), etc, amenazan con romper el orden mundial surgido tras la Guerra Fría y el hundimiento de la Unión Soviética. En el Islam, no hay ni califato ni sultán, pero muchos musulmanes –sunís y chiís– quieren imponer su religión con la yihad y que las mujeres lleven velo en un país tan laico como Francia.
La dualidad ruso-americana dio paso a la rivalidad chino-americana. China, segunda economía del mundo, tiene un pie en todo Asia y otro –mediante inversiones– en el resto del mundo, incluida la deuda pública americana, que posee en un 32%. Lucha por la primacía mundial a través de la economía y el comercio, que no de la guerra, a no ser por error o por Taiwán.

Las nuevas tecnologías, hoy, son tan disruptivas como fue la imprenta de Gutenberg. En los años noventa estuvieron unidas al fenómeno de la globalización, multiplicado exponencialmente por el salto de la computación a la digitalización, en tres décadas. No ha hecho falta cinco siglos (de Carlomagno a Carlos V y, de este, a Juncker) para cambiar la faz del planeta. Obama respetó la autoría intelectual del término, de Fareed Zakaria, en su libro The post-American World: el planeta, hoy, es “multipolar”.

Ni Estados Unidos puede con todo, aunque aporte el 25% del PIB mundial y tenga tres veces más reservas de crudo (gas natural y petróleo) que Arabia Saudí, a la par que las empresas TIC más innovadoras: Apple, Amazon, Google, Facebook, Microsoft, todas hackeadas por China a finales de septiembre, y tampoco quiere ser líder mundial: “Fui elegido presidente de América, no del mundo” (Trump).

Obama creó el G-20, consciente que el G-7 estaba obsoleto: sorpresa, India es la octava economía del mundo; China es la segunda. Y ambos países mantienen un abismo entre clases sociales, aunque en el caso chino no se reconozca, puesto que el sistema político es comunista, donde todos son iguales; aunque, como adelantó Orwell en Rebelión en la granja, refiriéndose a los soviéticos: “Todos somos iguales, pero unos más iguales que otros”. Xi Jinping acumula tanto poder como Mao y fortalece partido y ejército para controlar las masas, al tiempo que estimula su renqueante economía con producción, consumo y comercio internacional... (esto último, con permiso de Trump).

Vivimos un período de transición que no contenta a nadie: la última recesión ha creado un cisma entre los muy ricos (pocos) y los pobres (mayoría) y, de ahí, surgen movimientos sociales/políticos que ponen en solfa el estatus quo actual. En países como Rusia, naciones de Iberoamérica, Asia y centro Europa, se pone de moda, como en los años treinta, “el hombre de hierro”, cuyo máximo exponente es Putin. En todo el mundo, las tensiones sociales son evidentes. A ellas se añaden las raciales (Estados Unidos, Reino Unido) y el rechazo de una parte de la población occidental al fenómeno de la inmigración (Gallup, primera semana de octubre).

En tiempos de mudanza… difícil saber el desenlace. Nacionalismo, proteccionismo económico, populismo, anticapitalismo aúpan movimientos antisistema a los parlamentos nacionales. El radicalismo se impone a la moderación. En lugares del Sur de Estados Unidos, se llama a la Guerra Civil. También desde ámbitos progresistas de la liberal California.

Sí sabemos que la transformación digital rompe todas esas barreras y que, como sucedió con el presidente Clinton, en los años noventa con la computación, la digitalización, hoy, si pone en el centro a la persona en vez de solamente al dinero, puede hacer mucho bien a la humanidad.

Jorge Díaz-Cardiel es Socio Director General Advice Strategic Consultants Autor de ‘Obama’s Legacy’ y ‘Trump, year one’

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