Carlos Peña: “El consumo es una expresión de la individualidad humana”

El ensayista chileno presenta el libro ‘Lo que el dinero sí puede comprar’

En el texto analiza el papel del mercado en la sociedad moderna

Carlos Peña: “El consumo es una expresión de la individualidad humana”

Es uno de los ensayistas e intelectuales chilenos más influyentes. Carlos Peña (Santiago de Chile, 1959), abogado, sociólogo y filósofo, acaba de publicar Lo que el dinero sí puede comprar (Taurus), un análisis sobre la importancia del consumo y del mercado en las sociedades modernas, y no necesariamente capitalistas. En la obra, Peña interpreta el presente en un diálogo en el que enfrenta a pensadores modernos y contemporáneos, desde Rousseau y Karl Marx hasta Von Hayek, Simmel, Polanyi o Adam Smith.

En su libro hace una defensa del mercado, no imperiosamente capitalista.

El mercado tiene muchas virtudes. Y entre ellas no suele contarse la de la igualdad. El mercado provee igualdad moral, en el sentido de que concibe a cada persona como un individuo capaz de perseguir sus intereses y competir. Cuando nos comunicamos en el mercado, intercambiamos a través del dinero, un mecanismo desprovisto de contenido. La cooperación en este espacio es muda. Desde el punto de vista sociológico quiere decir que al haber una comunicación abstracta, la gente puede poner entre paréntesis su subjetividad. Esto es lo que hace que surja la idea de individuo.

¿No puede haber individuo sin mercado?

Para ser un individuo tienes que tener una subjetividad interior, solo tuya y respecto a la cual eres soberano, sin tener que rendir cuentas a nadie. El mercado permite de alguna manera que los seres humanos tengamos un espacio propio de intimidad, que es la base de la individualidad.

Una de las primeras críticas al mercado, al consumo, es la que hace Rousseau al hablar de enajenación.

Cuando las personas vuelcan su subjetividad en las cosas, atribuyendo a las cosas cualidades humanas. Es una idea que comienza Rousseau en el Romanticismo y que desarrollan Marx y Boudreaux, por nombrar dos autores contemporáneos. Pero yo no creo que sea un fenómeno extensible al consumo, porque mucha gente, cuando consume, lo hace para establecer vínculos con otras personas, por ejemplo. Sería erróneo, a mi modo de ver, percibir que quien compra en Madrid es una persona alienada, fuera de sí, alejada de su alma y su esencia propia. Ver en el mercado un reflejo de la enajenación humana es un equívoco.

Rousseau también decía que la libertad se había convertido en un simple mecanismo para consumir y poseer con seguridad.

Yo creo que una dimensión de la libertad es poder contar con una intimidad y una subjetividad propia. Y eso lo provee el mercado. En consecuencia, no hay oposición entre libertad y mercado, porque el mercado es una condición sociológica de la libertad moderna. El consumo es una expresión de la individualidad humana.

El mercado provee al ser humano de individualidad y subjetividad propia

 

Qué opina de la famosa cita de El club de la lucha: “Tenemos trabajos que odiamos para comprar cosas que no necesitamos”.

Lo que llamamos necesidades no son un repertorio fijo. Qué necesitas tú no depende de tu biología, sino de tu plan de vida, de lo que para ti se antoja necesario. Ver a los seres humanos como máquinas biológicas con exigencias fijas es un error. No hay necesidades falsas o verdaderas, más allá de cosas básicas como el alimento o el abrigo. Los seres humanos consumimos para distinguirnos, no para satisfacer necesidades. Y queremos distinguirnos porque queremos ser individuos, no estar dentro de una masa compacta de gente. En Madrid, he visto a quien compra en las calles Ortega y Gasset y Serrano, pero también a quien lo hace en pequeñas tiendas de la Puerta del Sol. Y en los mismos sitios, pese a las diferencias socioeconómicas, se ve la misma intención de distinguirse.

¿Es real, entonces, esa igualdad que proporciona el mercado? Quien consume en esas tiendas de la Puerta del Sol generalmente no puede hacerlo en Serrano.

El mercado no suprime la desigualdad material, pero provee igualdad en otros sentidos, ya que confiere a todas las personas una experiencia de individualidad.

Pero no la misma. ¿Es eso igualdad?

Una cosa es la libertad, otra cosa la individualidad y otra la justicia. Se puede ser un individuo libre en un país injusto, y se puede ser esclavo en un país justo. El gran esfuerzo de las sociedades democráticas es aprender a compatibilizar esos tres conceptos.

¿Cómo se pueden aunar esas tres ideas?

Todos los países tienden a intentar compatibilizar la democracia con el mercado, porque sospechamos que ambos nos dan bienes muy valiosos. En mi opinión, una buena sociedad es la que distribuye con igualdad ciertos bienes básicos como la educación, la sanidad o la vivienda. Una sociedad donde las personas, con indiferencia de su cuna y apellido, tengan acceso a lo básico. Pero la sociedad también debe saber distinguir entre desigualdad merecida e inmerecida. El debate ya es otro, ya no está entre igualdad o desigualdad, sino entre desigualdades correctas y desigualdades incorrectas.

Normas