Christian Felber: “Si el dinero es el único fin, no hay economía"

Ideólogo de la economía del bien común y autor de ‘Por un comercio mundial ético’

Pide dar libertad a las empresas justas y castigar a las abusivas

Christian Felber

Allá por 2010, el sociólogo y economista Christian Felber (Salzburgo, Austria, 1972) ideó, junto a un grupo de colegas y empresarios, la teoría de la economía del bien común. Este proyecto pretende desarrollar un sistema sostenible y alternativo a los mercados financieros, alejándose tanto del libre mercado como de la economía planificada. En este orden, las compañías que abrazasen principios como la solidaridad, los derechos humanos, la igualdad y el ecologismo deberían obtener ventajas legales frente a los valores del lucro y la competencia actuales. Felber, que ha presentado el libro Por un comercio mundial ético (Deusto), intenta trasladar todas estas ideas al comercio, remarcando que el debate no está entre el proteccionismo y el libre comercio, sino en la ética.

A un lado el libre mercado, a otro el proteccionismo. ¿Qué debería haber en medio?

Ante todo hay que definir ambos términos. Libre mercado. Suena bonito y atractivo, y no parece un extremo. Al contrario. ¿Quién se va a oponer a la libertad? El proteccionismo, sin embargo, suena peor, es más feo. Pero analizándolo, los dos son igual de absurdos. El libre comercio convierte al comercio en un fin en sí mismo, aunque violemos los derechos humanos, aceleremos el cambio climático, disparemos la desigualdad y corrompamos gobiernos. El proteccionismo, por su parte, insinúa que hay que levantar barreras, cuanto más altas mejor. En una posición intermedia debería estar un comercio que funcionase como una herramienta para lograr fines determinados en materia de derechos humanos, igualdad y sostenibilidad.

Suena un poco idealista.

Yo lo llamaría ambicioso. Tenemos una mayoría democrática que apoyaría los postulados del comercio ético. Hasta los economistas que defienden la liberalización se quejan de que la gente no les siga. El problema es que quienes sí les siguen son los Gobiernos y las transnacionales. Es necesario mejorar la calidad democrática de nuestros sistemas.

¿No es algo utópico aspirar a que las multinacionales apoyen una propuesta como la suya?

El problema es que las grandes organizaciones manejan a su antojo los conceptos. Cuando el comercio las ayuda a acercarse a sus fines y alcanzar sus metas, quieren más liberalización. Pero cuando pone en peligro sus aspiraciones, llaman al proteccionismo. Un buen ejemplo son CETA, TTIP y otros acuerdos. CETA, por ejemplo, tiene 1.598 páginas de derecho internacional adicional. Es una coacción que obliga a los países miembros a priorizar por encima de todo el mercado y las inversiones. Se disfraza de libre comercio, pero protege hasta tal grado a las grandes multinacionales que en realidad es proteccionista. Bajo la máscara de libre comercio, aplica una política proteccionista.

Ante los abusos de empresas en materia de sostenibilidad y derechos humanos, se dice que el consumidor puede castigarlas eligiendo a otras marcas. ¿Es verdad?

Podemos elegir entre una infinidad de productos y de marcas, pero no podemos elegir entre el diseño y las estructuras de la política del mercado. Nos permiten elegir entre modelos de partidos políticos o de personas, pero por el momento hay aspectos que son intocables. Como individuo, el consumidor no tiene ese poder.

Hay organizaciones que promueven redes de comercio justo. ¿Qué opina de ellas?

Como idea base es buena, pero si no se cambia el modelo de forma extensiva, su impacto solo es residual. El comercio justo y otras iniciativas parecidas son débiles y sufren una desigualdad en el mercado, porque las grandes empresas, que minimizan los costes y sus procesos y violan los derechos fundamentales, tanto humanos como medioambientales, ofrecen los mismos productos a precios mucho más bajos.

¿No es esta la esencia del sistema actual?

Una esencia que se ha pervertido. Aristóteles hizo una distinción lúcida entre economía y crematística. En la economía, el objetivo es el bien común, por definición, y el dinero es un medio para alcanzar ese fin. Si el dinero se convierte en el objetivo, ya no habría economía, sino crematística, el arte de ganar dinero y enriquecerse. Hoy lo llamamos capitalismo. El libre comercio, cuando se pone por encima de los derechos, de la dignidad y del bien común, deja de ser un orden económico y se convierte en crematístico.

¿Qué podría hacerse a corto plazo?

Deberían definirse los aspectos que rodean al comercio ético y regular en este sentido. A corto plazo podría implantarse un libre comercio verdadero para las empresas justas y una especie de proteccionismo para las que abusasen.

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