No, China no pagará la guerra comercial

Los perjudicados por la ofensiva proteccionista sobre el acero de Trump serán los aliados de EEUU

Dos trabajadores chinos en una empresa de acero.
Dos trabajadores chinos en una empresa de acero.

Donald Trump ignora lo esencial en política internacional. Nadie duda de que sea un buen negociador en los negocios. En Wall Street y en Silicon Valley, los líderes empresariales que triunfan no son hermanitas de la caridad. Como dice el refrán, “desayunan carne cruda por la mañana”: para subir, esos empresarios han actuado sin piedad, quitándose de encima a rivales y, para mantenerse, son implacables. Trump ha vivido en este entorno desde que era joven. Pero la política internacional es otra liga.

En el mundo de la empresa, pueden preocupar los beneficios del trimestre o la remuneración al accionista. Eso está bien, pero cuando se trata de dominar el mundo, esas nobles aspiraciones “quedan chicas”. Estados Unidos salió de la Segunda Guerra Mundial convertida en la única gran superpotencia, que estableció un económico orden mundial que tan solo los soviéticos se atrevieron a retar. Pero ningún presidente, desde Truman a George Bush padre, subestimó a los comunistas que, mientras vencían a los nazis, ocuparon media Europa imponiendo el marxismo-leninismo.

Al principio, los americanos, con su buenismo habitual, pensaban que los soviéticos eran amigos. Solo Churchill expresó en voz alta las intenciones de Stalin de imponer su visión totalitaria en el planeta. Los rusos invadieron media Europa, sí, pero también controlaron a Mao Zedong en China hasta la muerte de Stalin, cuando Mao denunció a los soviéticos por “desviacionistas” e impuso el estilo comunista chino en buena parte de Asia.

Aunque Occidente vivió bien económicamente durante la Guerra Fría, siempre fue consciente de la amenaza del totalitarismo comunista, tanto soviético como chino. En palabras del diplomático norteamericano, George Kennan, conocido por su defensa de la política de contención de la expansión soviética: “los soviets solo entienden el lenguaje de la fuerza”.

Con la Caída del Muro de Berlín y el hundimiento de la Unión Soviética, Rusia se sumió en el caos, Europa del Este buscó integrarse en la Unión Europea y Estados Unidos volvió a convertirse en la única superpotencia mundial. Desde 1976 hasta 2013, los líderes comunistas chinos, Deng Xiaoping, Jiang Zemin y Hu Jintao buscaron el crecimiento económico con su capitalismo de Estado. El Ejército Rojo y el Partido aseguraban el control de 1.500 millones de chinos, de los que, en esos años, 400 millones se convirtieron en clase media.

En 2013 las cosas cambiaron en China. En lo económico, Pekín se desperezó y fue consciente de su poderío industrial y manufacturero: las grandes empresas tecnológicas americanas fabricaban allí. Y si Estados Unidos tenía a Amazon, China generaba Alibaba, por ejemplo. Un nuevo presidente, Xi Jinping, tomó el poder y dio a entender al mundo que –quizá– China podía ser un jugador más en el orden multipolar del que hablaba Obama. Xi sometió el Partido a sus dictados y, en el décimo noveno congreso del PCCH, celebrado recientemente, cambió la constitución china para, como Mao, eternizarse en el poder.

Sorpresa para Norteamérica. Franklin D. Roosevelt fue naíf con Stalin entre 1943 y 1945, pensando que las advertencias de Churchill sobre la maldad soviética enmascaraban su intención de mantener el Imperio Británico. George Bush hijo, en su primer encuentro con Putin, cometió el mismo error que Roosevelt y dijo de Putin: “le he mirado a los ojos y he visto su alma”. No sé qué vio Bush, pero Putin sigue siendo presidente y Bush, no. El comportamiento de Putin como gobernante es un manual para los agentes del exKGB (FSB): disidentes intelectuales. Trump piensa, sin embargo, que, con sus dotes negociadoras, puede ganar a Putin. Y a Xi Jinping. Hace falta no conocer el marxismo leninismo y el maoísmo para creer que el presidente americano va a vencer a Putin o, sobre todo, a Xi, puesto que el potencial peligro económico para Norteamérica no es Rusia, sino China. Los aranceles sobre el acero/aluminio impuestos por EE UU afectarán superficialmente a Pekín. Washington cometió un error al retirarse del Tratado de Libre Comercio de Asia Pacífico porque dejó vía libre a China para actuar. Por toda argumentación, Trump dice: “China nos está ayudando mucho con Corea del Norte”. Pero Kim Jong-un sigue en el poder y, cuando le place, lanza un misil al Mar de Japón. Corea del Norte, económicamente –y eso que sufren hambruna– depende de China. ¿En qué está ayudando Xi Jinping a Trump con Corea del Norte?

A China le interesa “un bajito gordito con misiles en NOKO” para mantener a los americanos entretenidos, como si estos no tuvieran suficientes ocupaciones con el terrorismo islamista, Oriente Medio, marxismo en Iberoamérica (Cuba, Venezuela)…

Trump debió mirar a los ojos a Xi Jinping cuando le invitó a su casa en Mar a Lago, en Florida. Gran error diplomático: el poder de Estados Unidos reside en el despacho oval. Por supuesto, ni Eisenhower ni Kennedy recibieron al rudo Nikita Jrushchov (Kruschev) en sus casas. Tanto Ike como JFK lucharon en la Segunda Guerra Mundial. Y vivieron la Guerra Fría, tanto en Bahía de Cochinos (Cuba) como en Vietnam.

Roosevelt esperaba que su aliado Chiang Kai-Shek gobernara China tras vencer a Japón en la Segunda Guerra Mundial. Los nacionalistas chinos perdieron un millón de soldados luchando contra los japoneses mientras Mao se mantenía al margen, viendo cómo sus dos enemigos se desangraban. Entre 1945 y 1949 Mao echó a patadas a Chiang Kai-Shek, exiliado a Taiwán y empezó una época de terror en China.

Roosevelt era despiadado en política, pero fue engañado por Stalin. Bush era muy aguerrido, pero Putin le engatusó. Trump podría perder la partida ante la astucia de Xi Jinping. Y, lo que es peor, la opinión publicada está poniendo foco en Pekín a propósito de los aranceles sobre el acero y el aluminio que quiere imponer Trump y, la realidad, es que la opinión pública está siendo desinformada. Incluidos los votantes de Trump.

Datos: en 2017, el origen de las importaciones de acero en Norteamérica fue, según el Census Bureau y el Departamento de Comercio: Canadá (5,1 billones de dólares americanos); Corea del Sur (2,8 billones); México (2,5); Brasil (2,4), Alemania (1,8), Japón (1,7), Rusia (1,4), Taiwán (1,3), Turquía (1,3) y, en décimo lugar, China (1 billón). En la guerra comercial que ha desatado Trump, los perjudicados son aliados de Estados Unidos (8 países) y, en muy menor medida, dos enemigos: Rusia y China.

China no se ha inmutado. Exporta a Estados Unidos un billón de dólares americanos versus Canadá, que exporta cinco. Las represalias vendrán de los aliados de Estados Unidos, no de China. De hecho, la Unión Europea ha amenazado con respuestas proporcionadas y Trump contestó con otra amenaza: más aranceles a la compra de coches europeos. Quizá Trump ignore que Chrysler, cuyo edificio en Nueva York –hecho de acero americano– tanto alaba el presidente, pertenece a la italiana Fiat, que rescató Chrysler en 2008, gracias a Obama.

Las empresas americanas que se beneficiarán de esta guerra comercial (por ejemplo, los fabricantes de productos de acero y aluminio) emplean a 200.000 personas. Se han perdido millones de empleos en ese sector en los últimos 50 años debido a la innovación tecnológica, según los Nobeles de Economía Stiglitz, Spence y Krugman, entre otros.

Rusia –la Unión Soviética– apostó por el acero en los años cuarenta y cincuenta. Bien. Pero, en los años sesenta y setenta, mientras Occidente apostaba por economías de servicios y desarrollo tecnológico, los soviéticos tenían mucho acero y pocos ordenadores. En 1991 desapareció la URSS. En 1959, Mao quiso emular a su maestro Stalin y con el Gran Salto Adelante, apostar por el acero y el aluminio, en detrimento del resto de sectores, empezando por el más importante de China, entonces: la agricultura. Como consecuencia, murieron de hambre 20 millones de chinos.

Las empresas que compran productos de acero y aluminio en Estados Unidos emplean a 6,5 millones de personas. Y tiemblan, porque la subida de aranceles supondrá el incremento de los precios de esas materias primas y tendrán que “reflejar el aumento de precio en sus productos y reducir costes laborales” (Heritage Foundation). Entre las perjudicadas se encuentran Boeing, General Motors, Anheuser-Busch, MillerCoors, etc. El 95% de sus empleados son hombres, blancos, de edad mediana, sin estudios universitarios, y votantes de Trump. Ahora corren el riesgo de ser despedidos, como consecuencia de la política comercial del hombre al que hicieron presidente.

Jorge Díaz Cardiel es Socio Director Advice Strategic Consultants. Autor de ‘Hillary vs Trump’ y ‘Trump, año uno’

 

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