Los euroescépticos ya no espantan a Bruselas

La deriva nacionalista de algunos países se observa como un mal para ellos mismos

Celebración de Milos Zeman de su victoria en las elecciones presidenciales checas, el sábado.
Celebración de Milos Zeman de su victoria en las elecciones presidenciales checas, el sábado.

Indiferencia casi absoluta. Esa ha sido la reacción de la UE y de los mercados financieros a la victoria de un candidato euroescéptico, Milos Zeman, en las elecciones presidenciales de la República checa del pasado sábado.

No, nos preocupa”, fue la displicente respuesta este lunes del portavoz de Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea, a la pregunta sobre la posible inquietud de las instituciones europeas ante unos resultados que confirman la eurorreticencia de Praga.

Los mercados tampoco se inmutaron. Y su evolución en la primera jornada de la semana (en que registraron una caída) no se relacionó en absoluto con la derrota del candidato más europeísta en las elecciones checas.

Podría pensarse que la tranquilidad se debe al hecho de que el cargo de presidente en la República checa sea meramente simbólica. Tal vez.

Pero hace unos años, el euroescéptico Vaclav Klaus ocupó el mismo puesto que Zeman y se convirtió en un quebradero de cabeza para Bruselas.

Y hace solo unos meses, la reelección de Zeman habría puesto en vilo a los mercados y se hubiera interpretado como el enésimo empujón a a una Unión Europea al borde del descalabro.

Nada de eso ha ocurrido. Y aunque las instituciones europeas siguen con inquietud el ascenso de fuerzas populistas y eurófobas, cunde la impresión de que esa deriva se ha convertido, sobre todo, en un problema para los países que apuestan por ella.

En el nuevo escenario, las fuerzas centrífugas ya no se observan como una amenaza invencible sino como la autoexclusión de un socio.

“No vamos a esperar que todo el mundo esté alrededor de la mesa para avanzar”, advirtió la semana pasada en Davos el presidente de la República francesa. Emmanuel Macron insistió en su intención de poner en marcha una refundación de la UE y de fijar una estrategia para toda una década sobre energía, mercado digital, emigración e inversión.

Macron aseguró que le gustaría contar con los 27 socios que forman la UE (descontado el Reino Unido). Pero es consciente de que algunos socios pueden poner trabas y no ocultó su intención de esquivarles formando “una vanguardia para trabajar en las cuatro áreas cruciales que he mencionado”.

El tren europeo parece salir así del bucle de estancamiento, paro y desánimo en que había caído a partir de 2007. Y aunque todavía no ha acelerado porque la locomotora alemana no tiene gobierno, los socios euroescépticos revisan sus posiciones ante la posibilidad de quedarse en tierra.

El temor es evidente desde Varsovia a Roma o desde La Haya a Bucarest. Todos los socios con movimientos euroescépticos potentes observan con creciente inquietud el impulso que Macron y el futuro gobierno en Alemania de Angela Merkel (si llega a cuajar la gran coalición con los socialistas) pretenden dar al club europeo y, en particular, a la zona euro.

La capacidad de encaje de la UE ante los euroescépticos obedece a varias razones, según fuentes europeas. De entrada, la UE ha recuperado el vigor económico tras una década de crisis y la autoestima política tras la traumática victoria del brexit en Reino Unido.

Por otro lado, algunas capitales euroescépticas se limitan a lanzar exabruptos contra Bruselas pero en el día a día de la vida comunitaria suelen respetar sus compromisos.

Y, por último, el tono eurofóbico se ha suavizado como consecuencia de la mejor coyuntura económica y del fiasco en que, de momento, se ha convertido el brexit para el Reino Unido.

Por último, las capitales barruntan nuevos vientos y nadie quiere quedarse cortado del pelotón. Incluso los países más recalcitrantes, como Polonia, Hungría o Rumanía, parecen haber asumido que la Europa de Macron, dispuesto a reinventar el club, no es la misma que la de Merkel, que se conformaba con gestionar una crisis tras otra sin ningún proyecto a largo plazo de calado.

Un país presuntamente euroescéptico y que mantiene su propia moneda como la República checa solicitó a finales del año pasado asistir como observador a las reuniones del Eurogrupo (ministros de Economía de la zona euro), ante la evidencia de que es en ese foro, y no en el Ecofin (ministros de toda la UE), donde se está cociendo el futuro económico de la UE.

Praga también se sumó el pasado viernes, a solo unas horas de las presidenciales, a la construcción de un súperordenador europeo, un proyecto valorado en 1.000 millones de euros al que ya se han sumado 14 de los 27 socios de la UE (España entre ellos).

Incluso Varsovia parece dispuesta a enmendar sus relaciones con la UE tras la designación de un nuevo primer ministro aparentemente consciente de la importancia para Polonia del club comunitario.

La capital más dura, sin embargo, es Budapest, donde el primer ministro, Viktor Orbán, afronta elecciones esta primavera con muchas posibilidades de reafirmarse en el poder.

Orbán es el líder que más inquieta en Bruselas y no solo por su demostrada popularidad. Su discurso no se limita a la clásica diatriba contra Bruselas para contentar a una parte del electorado o para descargar la responsabilidad de medidas impopulares.

Orbán va más lejos y cuestiona el propio sistema democrático y de libertades en que se basa la Unión Europea. Aunque su ideario no se ha traducido hasta ahora en hechos concretos que violen flagrantemente los principios de la UE, ha demostrado que puede llevar la política europea hacia terrenos pantanosos. En la crisis de los refugiados, por ejemplo, su portazo a la población siria acabó imponiéndose y se tradujo en un acuerdo con Turquía para frenar el flujo hacia la UE.

Orbán es el mejor aspirante a punta de lanza de un populismo a lo Trump que ya ha triunfado en EE UU y podría acabar sacudiendo a la UE. Y quizá no entre por Europa central o del Este, donde los países saben que se juegan buena parte de su prosperidad en la relación con la UE (el 60% de las exportaciones de la república checa, por ejemplo, van a la zona euro) sino por algún país más veterano en el club europeo.

La próxima prueba de fuego son las elecciones del 4 de marzo en Italia. Y parece que nadie vería con indiferencia una victoria del euroescepticismo en la tercera potencia económica de la zona euro.

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