Europa empieza a desmantelar la herencia de Angela Merkel

La zona euro desafía los tabúes de Berlín, prescinde del FMI y replantea la política de asilo

"El clima de resignación se ha disipado", afirma Emmanuel Macron

El presidente francés, Emmanuel Macron, y la canciller alemana, Angela Merkel, tras ofrecer una rueda de prensa conjunta después de la cumbre europea. EFE Julien Warnand
El presidente francés, Emmanuel Macron, y la canciller alemana, Angela Merkel, tras ofrecer una rueda de prensa conjunta después de la cumbre europea. EFE/ Julien Warnand

La cumbre europea de los adioses. La última cita de los líderes europeos en 2017 ha dado carpetazo a la primera fase del brexit. Ha dicho un hasta pronto aprensivo a la frágil primera ministra británica, Theresa May, que siempre deja la sensación de que no podrá volver a la siguiente cumbre. Ha puesto fin a 60 años de pacifismo comunitario con el estreno de una política común de defensa. Se ha despedido de una recuperación suave para abrazar unas cifras de crecimiento revisadas drásticamente al alza por el presidente del BCE, Mario Draghi (hasta el 2,3% en 2018). Y ha empezado, sobre todo, a desmantelar la herencia de la canciller en funciones, Angela Merkel, cuya gestión europea ha quedado peligrosamente ligada a un período de crisis que se quiere dejar atrás.

La Unión transita ya del ralentí post-crisis hacia el precalentamiento electoral, con las urnas europeas preparadas para mayo de 2019. La Comisión Europea de Jean-Claude Juncker encara en 2018 su recta final. La batalla por marcar el rumbo de la nueva legislatura (2019-2024) ya ha comenzado. Y por primera vez en más de una década, Merkel no controla el orden de las piezas del nuevo puzle que se avecina, dominado por la figura del presidente francés, Emmanuel Macron.

El pasado es historia; el futuro, un misterio

 

En Bruselas, los animales heridos se huelen desde lejos. Y la piedad no es el fuerte de los pasillos comunitarios. La canciller parece más débil que nunca (lleva tres meses sin formar gobierno) y sus medidas europeas más polémicas corren el riesgo de ser desmanteladas incluso con ella presente. "El pasado es historia; el futuro, un misterio", resumía este viernes la cumbre la presidenta de Lituania y ex comisaria europea, Dalia Grybauskaité, en un enigmático tuit.

La última cita del año, que se anunciaba anodina, se ha convertido para Merkel en una inesperada emboscada que anticipa nuevos asaltos contra su herencia. Tusk ha descolocado a la canciller con una propuesta para completar la unión bancaria que incluye la introducción paulatina, casi eterna, de un fondo europeo de garantía de depósitos.

La propuesta, a pesar de su timidez, resulta tabú en Alemania y Holanda. Esos países, donde exigen que primero se resuelva el tremendo legado de morosidad en los balances bancarios (casi un billón de euros, con un tercio en Italia) y que se limite la exposición de los bancos a la deuda pública de algunos países.

Pero esta cumbre ha iniciado la cuenta atrás de las reformas de la zona euro, un calendario que incluye una reunión deliberatoria, en marzo, y otra con vocación de decidir, en junio.

Este viernes, los líderes europeos ya han debatido la inevitable salida del FMI de la zona euro, que llegó a petición de Berlín para gestionar los rescates en lugar de la Comisión Europea. En el futuro, ese papel lo asumirá el Mecanismo Europeo de Estabilidad, que tal vez pase a denominarse Fondo Monetario Europeo. La Comisión incluso quiere que ese fondo deje de ser intergubernamental para pasar a ser comunitario, aunque en esa batalla Merkel cuenta con suficientes aliados para impedirlo.

Bruselas también se dispone a integrar en la legislación europea el Tratado de estabilidad presupuestaria que exigió Berlín en plena crisis (el que dio lugar a la reforma de la Constitución española para blindar el pago de la deuda), pero el texto será rebajado a la categoría de directiva.

El clima de resignación se ha disipado, proclama Macron

 

Macron, el principal impulsor de buena parte de esas reformas es consciente de que necesita a Merkel para llevarlas a cabo. Y se muestra dispuesto a esperar hasta la primavera a que la canciller forme gobierno (lleva en funciones desde septiembre).

Pero el presidente francés también traza una línea clara con la etapa que termina. "El clima de resignación se ha disipado y hay voluntad de actuar", ha señalado tras asistir por quinta vez a una cumbre europea, rematada en una rueda de prensa conjunta con Merkel.

A la canciller no se le escapa que el entusiasmo de Macron ha encandilado a buena parte de la opinión pública europea. Y lejos de enfrentarse a una fuerza emergente, abraza su proyecto para intentar modularlo a los intereses de Alemania. "Cuando hay voluntad se encuentra el camino", ha asegurado Merkel sobre las diferencias que todavía separan a Berlín y París en relación con la reforma de la zona euro. "La amistad y el pragmatismo se han casado", añade Macron.

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, también se ha mostrado partidario de dar tiempo a Alemania para que asuma la evolución de la zona euro. Rajoy cree que a corto plazo la prioridad es  completar la unión bancaria. Pero advierte que "no podemos quedarnos a medio camino". Y al igual que Macron, defiende a largo plazo "una unión fiscal, con un presupuesto de la zona euro". Rajoy también apoya la propuesta de crear un ministro europeo de Finanzas y de emitir eurobonos.

Refugiados

El jueves, durante la primera jornada de la cumbre, Merkel también tuvo que fajarse hasta bien entrada la noche para defender las cuotas obligatorias de refugiados, cuestionadas por alguien tan próximo a la canciller como el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, que le debe en gran parte el cargo.

Tusk quiere cerrar las profundas heridas dejadas por las cuotas de Merkel con una reforma de la política de asilo que descargue a los países en primera línea (como Grecia, Italia o, llegado el caso, España) pero sin imponer un reparto obligatorio entre el resto. El presidente del Consejo aboga por una línea presupuestaria, a cargo de la UE, que sufrague los gastos económicos de las crisis migratorias. Esta medida permitiría reconciliarse con los países de Europa Central (Polonia, República checa, Eslovaquia y Eslovenia) y abordar una reforma completa de la política de asilo.

El presidente de la Comisión, Jean-Claude Juncker, que llegó al cargo a pesar de Merkel, juega en los dos bandos. Por la mañana se reunió con los cuatro países que rechazan frontalmente las cuotas y arropó su "gesto de solidaridad" hacia el fondo de África, al que donaron 35 millones de euros. Por la tarde, advirtió que la posibilidad de mantener las cuotas de reparto sigue en pie, aunque sabe que tienen pocos visos de aplicarse.

Merkel contó en el debate con sus lugartenientes habituales, con el primer ministro de Holanda, el liberal Mark Rutte, al frente. Y la misma alienación se repetía este viernes en el debate sobre el futuro del euro.

"Perdón por la simplificación geográfica, pero en el euro la división parece norte-sur y en migración, este-oeste", describe Tusk. Pero la fisura parece más bien entre corazón y periferia de la UE, como a lo largo de las sucesivas crisis pilotadas por Merkel. Y la superación de esa brecha apunta al abandone de algunas de las soluciones impuestas por Berlín en los últimos años.

Tanto el debate sobre el euro como el de migración no se cerrará hasta junio de 2018, como pronto. Pero el primer asalto ya ha colocado a Merkel contra las cuerdas en ambos capítulos y le ha obligado a hacer un esfuerzo defensivo al que no estaba acostumbrada en los últimos años.

"¿Te veo mañana?", preguntó Macron, a la canciller al final de la primera jornada de la cumbre. "Sí... hoy", precisó Merkel con radiante sonrisa a la vista de que ya era la madrugada del viernes. Macron se ve como un arma cargada de futuro. La canciller se aferra a un presente que se le escapa.

El entorno de Merkel ya especula (como hizo en la anterior legislatura) con la posibilidad de que no complete su próximo mandato (previsto hasta 2021). Pero la canciller ha demostrado varias veces su capacidad para sobrevivir políticamente (la última, tras la crisis de refugiados en 2015). Y Macron, de momento, solo marca la agenda. El ritmo, lento, sigue imponiéndolo la canciller de los pies de plomo.

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