Trump, una política exterior basada en anécdotas

El presidente de EEUU parece guiarse por su instinto personal en los temas internacionales

Donal Trump, a su llegada al Foro de Davos.
Donal Trump, a su llegada al Foro de Davos.

En su libro Fire and Fury –crónica de la Casa Blanca en el primer año Trump– Michael Wolff cuenta que Ivanka enseñó al presidente fotografías de niños asesinados por el régimen sirio de Bashar Háfez al-Ásad, con armas químicas. Trump ordenó etonces a sus generales que destruyeran los almacenes de dichas armas.

Es solo una anécdota, pero ilustrativa de cómo el nuevo presidente ha desplegado su política internacional –donde la seguridad nacional es el 90%–. En World Order, Henry Kissinger explica que una mayoría de presidentes ha enunciado e implementado una doctrina en relaciones exteriores. Aunque es pronto para afirmar que Trump no tiene una orientación clara en relaciones internacionales, el primer año nos dice que, a falta de doctrina en política exterior, esta está jalonada de anécdotas. Pudiere parecer falta de criterio –Obama sabía que América debía desempeñar un papel nuevo en un mundo multipolar–, pero Trump dice que se fía más de su instinto que de los datos, cuando toma decisiones.

Rusia. Putin. Putin es Rusia. Como lo fue con Stalin, a quien Putin ha devuelto el honor, aunque todo ruso sabe de las purgas, torturas, gulags y que, durante la Guerra Patriótica (1941-1945) once millones de soldados soviéticos y diecisiete millones de civiles (Richard Overy, Alan Clark, Lloyd Clark, Anthony Beevor, Robert Service…, expertos en la materia) murieron, tanto por la crueldad nazi, como por la incompetencia y mala fe de Stalin, a quien no citaría si no fuera porque Putin le ha rehabilitado, para recordar a su pueblo la grandeza de la Motherland. Por Putin, ex-KGB, sintió Trump gran admiración y así lo expresó en campaña electoral. En los debates electorales a Hillary Clinton le explotaban los oídos. Ya lo advirtió en la campaña de 2012 Mitt Romney: “Rusia es nuestra principal amenaza”.

El presidente y su equipo, investigados por presunta connivencia con el FSB (ex-KGB), quien supuestamente proveyó “porquería sobre Clinton a Trump” a través de sus asesores: unos, como su yerno Jared Kushner, miran a Toledo (Ohio), versus Flynn, Manafort y otros, que van camino de la cárcel. La anécdota es clara: a Trump le gustan los ironman. Mientras, Rusia, en recesión, va a lo suyo, en Ucrania, en Siria…, obviando las aperturas norteamericanas de fraternidad.

Jerusalén. Trump: “La embajada de Estados Unidos pasará a Jerusalén”. La anécdota tiene enjundia. Detrás queda la fundación del Estado de Israel, tras la Guerra de Liberación (1948), la Guerra del Canal de Suez (1956), la Guerra de los Seis Días (1967) la Guerra de Yom Kippur (1973), las varias invasiones del Líbano, las intifadas, los millones de refugiados palestinos, los acuerdos de paz, el propio proceso de paz en Oriente Medio, por el que tanto trabajaron los presidentes Carter, Clinton y Bush hijo. Obama lo intentó, pero Benjamín Netanyahu, no le dejó. Jerusalén significa mucho. Encápsula todo lo que sucede en Oriente Medio: el enfrentamiento entre suníes y chiíes; el terrorismo islámico, las fallidas primaveras árabes que acaban, mediante elecciones, en regímenes teocráticos, la guerra de Siria, la invasión del Yemen, las guerras de Iraq y Afganistán…; pareciere que Trump no ha tomado en consideración todo esto y las consecuencias de su decisión, cuando cristianos adoramos el Santo Sepulcro, judíos el Muro de las Lamentaciones y musulmanes la Cúpula de la Roca. Por todo ello, cualquier movimiento de la primera potencia mundial en Tierra Santa genera terremotos. Sin embargo, algo tan serio no ha pasado de anécdota: Israel está contenta. Los palestinos han hecho una miniintifada. Arabia Saudí, Jordania y Egipto se han alienado… ¡con Israel! Y, por tanto, con Trump. ¿El mundo al revés? No, la clave es Irán. Esos países árabes aliados de Estados Unidos son suníes y aborrecen la teocracia chií de Teherán, que extiende su influencia al Líbano (Hezbolá), Siria, Iraq. Bien dijo el rey de Arabia Saudí a Trump: “el enemigo de mi enemigo es mi amigo” o “Israel lucha contra Irán, luego me alío con Israel”.

Y, aunque el acuerdo nuclear con Irán impulsado por Obama, para la no proliferación de armas nucleares, es the worst deal ever, el caso es que sigue en pie. En este contexto, la retirada de Estados Unidos del Acuerdo del Cambio Climático de París (2015) es “anecdótico” y “la OTAN está obsoleta”; y diríase lo mismo de la retirada del TTP en Asia Pacífico, si no fuera porque esta anécdota, como Jerusalén, esconde toda una nueva forma de concebir el comercio global: el TTIP con Europa no existe; NAFTA, o es renegociado a favor de Norteamérica, o será finiquitado y, entre Asia-Pacífico (donde Trump ha dejado terreno libre a China a cambio de su ayuda con Little Rocket Man o Corea del Norte), Europa y el continente americano suman el 90% del comercio mundial.

Cuando Trump tuitea que Kim Jong-un es “gordito y bajo”, “pequeño hombre-cohete” o “alguien debería recordarle que yo también tengo un botón (nuclear) pero más grande y que funciona”, el 78% del pueblo americano se ríe (encuestas Gallup, Pew Research y Advice Strategic Consultants). No así los militares del gobierno Trump, a quienes asusta que Kim Jong-un lance un misil a San Francisco y Estados Unidos no lo intercepte y, en consecuencia, pudiere desatarse una guerra nuclear.

China iba a ser el gran enemigo de la manufactura estadounidense. Trump prometió repatriar no solo los beneficios de las empresas tecnológicas, sino los puestos de trabajo perdidos en Detroit a favor de Shanghai, que concentra un importante número de ciudades industriales, como Nanjing, Suzhou, Hangzhou, Ningbo o Xuzhou. Pues, de enemigo, nada. Xi Jinping recibió en Mar-a-Lago una recepción propia de emperadores (chinos).

El nuevo presidente demuestra con su anecdótica política internacional que no cree en el refrán: “¿para qué crear enemigos cuando puedes tener amigos?”. Y, también, un amateurismo con dos posibles finales: la 25 enmienda de la Constitución o proceso de impeachment. En noviembre lo sabremos.

Jorge Díaz-Cardiel es Socio Advice Strategic Consultants. Autor de ‘Hillary vs Trump’ y ‘Trump año uno’

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