Repsol, o cómo llenar el vacío de Gas Natural

El problema de la petrolera no es vender el 20% de su participada, sino qué comprar a cambio

La compañía quiere entrar en renovables, un pequeño negocio para el selecto club de las petroleras

Isidro Fainé, presidente de Gas Natural y Antonio Brufau, presidente de Repsol.
Isidro Fainé, presidente de Gas Natural y Antonio Brufau, presidente de Repsol.

La posible venta por parte de Repsol del 20% que tiene en Gas Natural Fenosa (GNF) es algo recurrente o, como se suele decir, “siempre está ahí”. Hasta septiembre de 2016, cuando la petrolera y La Caixa cedieron un 10% de su filial, respectivamente, al fondo estadounidense GIP por 3.800 millones de euros, ambos socios estaban ligados por un acuerdo de hermandad que les impedía tomar decisiones unilaterales. Tras liberarse del histórico pacto parasocial que los unía en Gas Natural desde comienzos de los 90, la salida de Repsol de su capital parece cada vez más cerca.

 Desde el pasado verano, el grupo que preside Antonio Brufau, ha recibido “muestras de interés” de varios inversores para comprar el 20% de su participada, según tuvo que reconocer Repsol la semana pasada a la CNMV, desvelando lo que era un secreto a voces. Tras desmentir cualquier tipo de proceso formal para la venta de Gas Natural (“ni hay negociaciones ni se ha contratado a ningún banco de negocios”, asegura la compañía), lo cierto es que el susodicho interés de los fondos ha llegado después de que los responsables de Repsol hayan ido dejando caer su intención de vender.

Dure lo que dure la situación, en Repsol no tienen la prisa suficiente como para condicionar a esta operación la presentación de su próximo plan estratégico, que anunciará en este semestre. La transacción parece más bien ligada a las posibilidades de invertir el dinero que obtenga por el 20% de Gas Natural, que podría reportarle unos 4.000 millones de euros.

Para Repsol, la inversión en Gas Natural Fenosa es ya puramente financiera, esto es, su único atractivo es el dividendo que recibe, siempre en efectivo. Y aunque no es una cifra algo baladí, desde que vendió a GIP el citado 10% de la energética que preside Isidro Fainé, los 300 millones de euros que venía a cobrar anualmente, se han convertido en 200 millones de euros.

A la vista de la encrucijada en la que se encuentran las petroleras en el mundo, que se enfrentan a los retos que les plantea a medio y largo plazo las políticas de lucha contra el cambio climático, los responsables de Repsol ya no le ven la gracia a la participación que tiene en la energética: demasiado elevada para ser puramente financiera e insuficiente como para tener un papel en su gestión.

La cartera de negocios de GNF (comercialización y distribución de electricidad y de gas y producción eléctrica, con un peso creciente de renovables) sería ideal si su participación fuese industrial. Pero Repsol está ya a la par que GIP en el accionariado y ni siquiera puede designar al presidente, una potestad que, según el nuevo pacto firmado en 2016, corresponde a Caixabank por ser su participación superior a la de sus dos socios, aunque solo un 4% más.

La salida del capital de GNF pone fin a los viejos pactos de familia entre Repsol y La Caixa.

Los accionistas ya no están unidos por los viejos pactos de familia. La estrategia de Caixabank de mantener su presencia en Repsol (aunque apenas alcanza ya el 10% aún disfruta de un cierto poder en el consejo) respondía a su intención de preservar la catalanidad de la principal gasística del país (ahora, tras el fiasco del procés y el cambio de sede, su españolidad). Pero la antigua estrategia ha perdido su sentido:Isidro Fainé optó el año pasado por la presidencia de Gas Natural a costa de perder su vicepresidencia en la petrolera y el nuevo consejero delegado de Caixabank, Gonzalo Gortázar, que relevó a Fainé en el consejo de Repsol, no está tampoco en esa vieja línea.

Con la venta en ciernes del 20% de GNF por parte de Repsol, hay quien ve el paso definitivo para el divorcio entre ambas empresas (el siguiente paso sería la salida de Caixabank del capital de Repsol) y de sus presidentes, que volarían libres. Una independencia en toda regla pero amistosa. De hecho, todas las partes parecen intervenir en la misma: Caixabank, partidario de que un fondo amigo como CVC tome el relevo de Repsol, y la propia Gas Natural.

Nuevos negocios

Aunque es un buen momento para vender su paquete, el problema de Repsol “no es tanto vender, como comprar”, asegura un analista. Tras verse obligada a vender a Shell su negocio de gas natural licuado (GNL) tras la expropiación de YPF, la petrolera española, en línea con otras competidoras, busca un hueco en el negocio de las renovables.

De hecho, detrás la decisión de desinvertir en Gas Natural está la incompatibilidad a la que se enfrentaría si entra en el mundo de las energías verdes y sigue en su capital. Aunque Repsol habría deseado el negocio del GNL de Gas Natural, esto resulta palabras mayores.

Un negocio muy atomizado y disperso (especialmente, el de la solar fotovoltaica) muy diferente al del selecto club de las petroleras, con inversiones millonarias que solo unos cuantos, y casi siempre en grandes consorcios, pueden abordar. Por muy internacional que sea Repsol, el negocio de las renovables es limitado y está sometido en la mayor parte de países a las subastas de potencia que convocan sus gobiernos.

La compañía española tiene dos vías: o comprar empresas ya en funcionamiento o partir de cero y desarrollar sus propios proyectos. En lo que se refiere a la primera opción, no es buen momento para comprar, pues los precios que se piden (hasta 30 euros MW) no permiten rentabilizar la inversión. No se descarta que, como otras competidoras, como Total, Repsol opte por la energía eléctrica en general.

Un negocio menor, aunque sirve para lavar la cara del sector petrolero, que seguirá invirtiendo en lo suyo, pese a la irrupción del coche eléctrico. No en vano, según las previsiones de los distintos informes, hacia 2035 todavía el 50% de la energía global procederá del petróleo (especialmente, en países en desarrollo), mientras que las renovables superarán apenas el 10%.

Ninguna parece temer al coche eléctrico. De hecho, coinciden en que este no restará demanda al petróleo, que incluso crecerá para esa fecha: de la mano del aumento del tráfico aéreo (la electrificación de los aviones no se contempla por ahora) y de la petroquímica, difícil de sustituir.

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