Bruselas tiembla de impotencia ante la avalancha de 'fake news'

Bruselas tiembla de impotencia ante la avalancha de 'fake news'

La UE apenas dispone de personal ni presupuesto para contrarrestar las campañas de 'infotoxicación'

Las próximas elecciones al Parlamento Europeo figuran entre los siguientes objetivos de la batalla digital

El bombardeo de propaganda y tergiversación política en versión siglo XXI ha sorprendido a la Unión Europea con una evidente falta de práctica en una táctica ampliamente utilizada durante la guerra fría.

En un continente donde casi la mitad de la población (el 46%, con datos de 2016) sigue ya las noticias a través de las redes sociales, Bruselas reconoce su impotencia para imponer su relato y, menos aún, para contrarrestar las potentes campañas de infotoxicación (a base de desinformación o manipulación) que rivales geopolíticos como Rusia pueden lanzar en cualquier momento.

La UE teme que el próximo objetivo de las ahora llamadas fake news o post verdad sean las elecciones al Parlamento Europeo en mayo de 2019. Una cita con las urnas que coincidirá con el delicado momento del brexit (previsto para marzo del mismo año).

Bruselas quiere cauterizar la grave herida causada por la salida del Reino Unido con un relanzamiento del proyecto europeo durante la próxima legislatura (2019-2024). Pero teme una campaña de descrédito que desanime a los votantes (de por sí habitualmente reacios a participar en las elecciones europeas) e imponga la narrativa sobre un club comunitario en decadencia e imparable desintegración.

La inquietud ha llegado ya al más alto nivel. El vicepresidente de la Comisión Europea, Frans Timmermans, según fuentes diplomáticas, trasladó a primeros de octubre su preocupación al Coreper, el sanedrín del poder comunitario en la sombra formado por los representantes permanentes de los 28 Estados miembros de la Unión.

El discurso de Timmermans, según las fuentes consultadas, alertó a las capitales sobre el riesgo que supone para la democracia europea la nueva dinámica informativa y las limitaciones de la UE a la hora de defenderse.

Las instituciones comunitarias disponen de una legión de personas dedicadas a la comunicación. Solo la dirección general de Comunicación suma casi un millar de funcionarios. Y cuenta con delegaciones en las 28 capitales del club y con antenas en otras nueve ciudades relevantes (entre ellas, Barcelona y Edimburgo). El Parlamento Europeo también cuenta con una dirección general de Comunicación y los gastos en política informativa y telecomunicaciones suponen el 15% de su presupuesto anual (1,9 millones de euros en 2017).

"Hemos intentado convencer a la gente a base de presentaciones Power Point y así la hemos perdido"

 

Pero la estrategia de esos organismos se ciñe casi siempre a una comunicación basada en la actividad diaria de cada institución. Su labor, además, debe respetar, evidentemente, los cauces democráticos y no puede actuar con la falta de escrúpulos de la que a menudo hace gala Moscú.

Las carencias de la política de comunicación, según la CE, se hicieron evidentes durante las sucesivas crisis atravesadas por la UE desde 2008 (financiera, económica, refugiados, seguridad...). Y las grietas podrían agravarse peligrosamente con la creciente avalancha de bulos, medias verdades o mentiras deliberadas.

"En los últimos años, hemos sido excesivamente pragmáticos en la comunicación sobre las diferentes crisis", ha avisado Timmermans. "Hemos intentado convencer a la gente con presentaciones de Power Point y con gráficos, diciéndoles que lo estamos haciendo mejor de lo que piensan, que tal vez lo perciban de otra manera, pero aquí están los datos... Y así hemos perdido a mucha gente", concluía el vicepresidente de la CE.

El problema se agrava por el retorno de una avalancha propagandística con una virulencia desconocida desde el final de la guerra fría. En aquel período, la batalla se libraba, sobre todo, en las ondas, con emisoras a ambos lados del telón de acero bombardeando una mezcla de información, desinformación y diversión a la población del enemigo.

La lluvia fina de Radio Free Europe, patrocinada por EE UU, o de Radio Moscú, respaldada por la URSS, intentaba impregnar a los oyentes con la sensación de que los canales oficiales de sus respectivos bandos les mantenían en una nube de ficción y les ocultaban la verdadera realidad de lo que pasaba en el planeta.

La contienda se ha trasladado ahora a Internet y, muy en particular a las redes sociales, con un grado de sofisticación y automatización desconocido anteriormente. Los medios tecnológicos que se utilizan se han desarrollado en EE UU. Pero ha sido Rusia de Vladimir Putin la que ha sabido combinar el potencial viral de los mensajes con unos contenidos destinados a minar la moral y la credibilidad del adversario.

En ese escenario, la UE se ha quedado en un peligroso terreno de nadie. Sin control sobre las compañías que gestionan el tráfico digital, casi todas ellas estadounidenses, y sin los recursos humanos y financieros del Kremlin para convertir el campo digital en un campo minado de noticias más o menos falsas o manipuladas. 

Bruselas tiene una influencia limitada sobre los cinco gigantes del sector digital, todos ellos estadounidenses

 

La UE esbozó en 2015 una primera línea de defensa, con la creación de un pequeño órgano (East StratCom) encargado de detectar y desmentir o aclarar los bulos e informaciones malintencionadas difundidos desde Rusia. Pero ese organismo cuenta solo con nueve personas a tiempo completo (según su página web), no dispone de presupuesto propio (depende de los recursos del Servicio Exterior de la Comisión Europea) y su labor se apoya sobre todo en el trabajo de voluntarios.

Bruselas también intenta forzar la retirada de contenidos en las grandes plataformas digitales, pero su capacidad de influencia sobre unas empresas globales es limitada. Los cinco gigantes del sector y líderes mundiales por capitalización bursátil (Apple, Alphabet/Google, Microsoft, Facebook y Amazon) son estadounidenses. La UE, además, solo puede exigir la supresión de mensajes flagrantemente ilegales y aun así las plataformas como Facebook o Twitter suelen tardar una semana en retirarlos en un 28% de los casos.

La subjetividad sobre el carácter manipulador de una noticia tampoco ayuda. Como con el populismo y el infierno, las fake news casi siempre "son los otros". El presidente de EE UU, Donald Trump, considera falsas casi todas las informaciones sobre su administración que aparecen en el canal CNN o en los periódicos The New York Times o Washington Post. Bruselas, por su parte, desconfía de las informaciones sobre Europa recogidas por los medios rusos y los monitoriza y desmiente a través de EUvsDisinfo. Y Moscú ha abierto una página web para desmentir las informaciones falsas sobre Rusia de las que se hacen eco los medios occidentales.

Tal vez dentro de unos años, toda esta guerrilla psicológica digital solo sea materia prima nostálgica para reportajes como los que ahora recuerdan el bombardeo radiofónico de la guerra fría. Y tal vez surjan entonces documentales como Bucarest, de Albert Solé (que evoca la figura de su padre, Jordi Solé Tura, como locutor de Radio España Independiente, la emisora del PCE para combatir a Franco desde el extranjero), o Listen, de Diana Ivanova (sobre el impacto de Radio Free Europe en la Bulgaria comunista). Pero mientras llega el tiempo de la memoria, Bruselas tiembla ante un alud de fake news que no sabe como contener. 

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