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El presidente chino Xi Jinping bromea con Donald Trump el pasado jueves, durante la visita del presidente de EEUU al país asiático.

Trump: los primeros 365 días del 'America first'

El presidente de EEUU no odiaba la globalización, solo deseaba rehacerla a su gusto

"Eres un hombre muy especial”, afirmó Trump el 8 de noviembre de 2017 mirando al presidente de China Xi Jinping. Pocas veces, desde el reinicio de relaciones de Estados Unidos y China con el presidente Nixon y Mao Zedong, los norteamericanos han sido tan amables con un presidente chino. Desde 1972 hasta 2016 todos los presidentes americanos han denunciado la política de China hacia los derechos humanos.

En este contexto, al que habría que añadir el económico, es menester analizar las palabras laudatorias de Trump respecto a Xi Jinping. El ámbito económico es esencial en las relaciones entre Estados Unidos y China. Tras Europa, China es el segundo socio comercial de Norteamérica; empresas estadounidenses han trasladado su producción a China por los bajos costes laborales, especialmente en el sector tecnológico. Y, muy importante, China es el primer tenedor de deuda pública americana, con un 32% de los bonos del tesoro.

Quizá, por estos motivos –y otros, que tienen que ver con la geo-estrategia, es decir, Corea del Norte, a quien China ayuda– quepa aplicar a al presidente de EE UU, un año después de su elección, el refrán: “una cosa es predicar y otra dar trigo”.

En campaña electoral, con su lema 'only America first', Trump parecía desmontar el edificio de la globalización que construyeron sus predecesores con la ayuda de las nuevas tecnologías, desde Clinton a Obama y Bush. Baste recordar brevemente, y no de manera exhaustiva, sus promesas electorales: proteccionismo, desregulación financiera, reemplazamiento del Obamacare, fortalecimiento de las fuerzas armadas, el fin de los tratados económicos internacionales, la repatriación de los empleos en manufactura, la defensa de los ideales norteamericanos y los de la civilización occidental, la lucha contra el terrorismo, la inversión en infraestructuras para estimular crecimiento y empleo, un crecimiento del 4% en PIB…

El primer año de Trump como presidente ha sido de todo menos aburrido. A golpe de tuit, ha dirigido la agenda política, mediática y económica de Estados Unidos y del mundo. Empezó con los tratados de comercio. Anuló, nada más sentarse en el despacho oval, el TTP (acuerdo de libre comercio de Estados Unidos con once países asiáticos, intento de Obama para contrarrestar la influencia de China en la región). Trump derogó por decreto el tratado y prometió guerra comercial con China. Un año después –lo hemos dicho al principio– el presidente celebra su aniversario en Asia y, además de parabienes hacia China, recorre los países que formaban el TTP y firma individualmente con ellos tratados de intercambio comercial, primordialmente de armas, con una buena excusa: defenderse de la amenaza de Corea del Norte, a lo que se han sumado Corea del Sur y Japón, entre otros.

Trump vuelve a casa con contratos por importe de 218.000 millones de euros –casi el 20% del PIB de España–. En la práctica, no es que el presidente de EEUU odiara la globalización –decirlo en campaña electoral le consiguió votos y la victoria entre la olvidada América blanca–, sino que deseaba rehacerla a su gusto. Trump, siempre, incluso antes de publicar El arte de negociar, ha sacado pecho de ser el mejor negociador del mundo (también prometió en campaña “ser el presidente que más empleo genere, que Dios jamás haya creado”): divide y vencerás, ha sido su lema en comercio mundial.

Lo ha aplicado en Asia durante un año, negociando la venta de armas, individualmente, a Corea del Sur y Japón, por ejemplo. Y, en Europa, tras sellar la tumba del TTIP, va por el mismo camino de mantener negociaciones bilaterales con los países con mayor peso económico, por este orden, Alemania, Francia, Italia y España.

Reino Unido es caso aparte, por su privilegiada relación con lo que Winston Churchill denominaba “los pueblos de habla inglesa”, es decir, el Imperio Británico, primero y la Commonwealth, después. En el caso del continente americano, NAFTA ha sido renegociado, a favor de Estados Unidos y con algún perjuicio a Canadá y mucho a México, con quien el presidente se empeña en decir que va a construir un muro para impedir la inmigración ilegal. Por ahora, Trump solo ha visto bocetos de proyectos de muros…

Donald Trump pasará a la historia como el presidente con menor eficacia legislativa en su primer año de gobierno. Teniendo mayoría republicana en Senado y Cámara de Representantes, así como en el Tribunal Supremo, tiene serios problemas para avanzar en su agenda política. LBJ (Johnson) tuvo un índice de eficacia legislativa en su primer año del 98%; Obama, del 97%. Trump ha tenido que aprobar muchas de sus políticas por decreto ley, porque su supuesto partido, no le apoya al 100%. George Bush dice en The last republicans que “Trump no tiene ni idea de lo que significa ser presidente”. Y están pendientes la reforma de Obamacare, la desregulación financiera, el plan de infraestructuras, impuestos y la inmigración. Es decir, el grueso de su programa electoral.

Las reformas parciales –como dejar sin seguro médico a 22 millones de personas– las ha llevado a cabo vía decreto ley, que una mayoría demócrata en el Congreso podría derogar.

En política internacional, su primer año ha sido de lucha contra ISIS en Siria e Iraq, con éxito, aunque ha habido ataques terroristas en territorio patrio. El proceso de paz en Oriente Medio está parado. Fuerte retórica con Corea del Norte e Irán. Alianzas con Arabia Saudí, favoreciendo a los suníes versus los chiíes.

En economía, todo sigue igual que como lo dejó Obama: crecimientos del 3% en PIB y creación de 200.000 empleos mensuales de media. Aunque Trump lo negará, la realidad se impone: él no ha cambiado un ápice la política económica del presidente Obama, que acabó con la Gran Recesión y volvió al crecimiento y al empleo. Y, aunque no lo reconociera, la realidad objetiva es que Obama, tras heredar la peor recesión en un siglo, le entregó a Trump una economía saneada y con pleno empleo. En esto, el presidente le debería dar las gracias, tanto a Dios como a Barack Obama.

Jorge Díaz Cardiel es Socio Director de Advice Strategic Consultants y autor de ‘Trump año uno’

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