Juncker, Trump, Xi Jinping: ¿proteccionismo?, ¿en serio?

Bruselas ha impulsado una nueva legislación que la deja sin legitimidad para criticar a Washington

Jean-Claude Juncker, presidente de la CE.
Jean-Claude Juncker, presidente de la CE.

El Committee on Foreign Investments in the US (Cfius) del Tesoro de Estados Unidos, que permite inspeccionar inversiones extranjeras en Norteamérica que afecten a la seguridad nacional en sectores como la energía, infraestructuras, tecnología, por poner algunos ejemplos, no es una invención proteccionista de Donald Trump. En 1982, Ronald Reagan vetó las importaciones de coches japoneses a Estados Unidos para proteger a las tres grandes compañías automovilísticas de Detroit y tan solo les dejo operar en suelo americano a cambio de que constituyeran fábricas y crearán empleo en Estados Unidos.

Bill Clinton hizo lo mismo en los años noventa con los fabricantes tecnológicos japoneses, poco dados a inventar y muy inclinados a copiar. George Bush hijo vetó la venta del puerto de Nueva York a un consorcio estatal de empresas de Emiratos. El Presidente Obama hizo lo indecible por estimular la manufactura norteamericana hasta que supusiera el 30% del PIB e imbuir economía y empresa de tecnologías de la información norteamericanas para incrementar la productividad un 20%.

Y llegó Trump con la supuesta intención de anular o renegociar los tratados de libre comercio que los demócratas habían impulsado: NAFTA (con México y Canadá), de Clinton, y el TTP (Asia Pacífico) y el TTIP (Union Europea), de Obama. Con toda su verborrea proteccionista, no creo que él siga esa doctrina económica. Es empresario con intereses por todo el mundo y sabe que la globalización, con sus defectos, tiene muchas más virtudes. Más que anular tratados (sí lo ha hecho con el TTP, pero al objeto de negociar el directamente con China), Trump negociará (¿no dijo en campaña que su libro El arte de negociar es el más vendido de la historia, incluida la Biblia?) para conseguir mejores condiciones de sus socios para su país.

Al fin y al cabo, por mucho que quiera defender el carbón y el acero americanos, la realidad es tozuda: en agosto se destruyeron 1.000 empleos en minería (no se creó ninguno) y, cuando en abril de este año, Trump tuvo la oportunidad de imponer límites a la importación del acero chino, no lo hizo, tanto por llevarse bien con Xi Jinping cara a lidiar con Corea del Norte, como porque el acero chino es muchísimo más barato que el americano.

Por acabar con Estados Unidos, la ultima vez que América se volvió proteccionista fue tras el crac del 29, que derivó en recesión. A EEUU siguieron las principales economías europeas y la consecuencia fue la Gran Depresión mundial, que alimentó los populismos de izquierdas y derechas, comunismo, fascismo, nazismo. Y, para colmo, una Segunda Guerra Mundial.

Los defensores de la globalización, como Bill Clinton y Barack Obama, destacan el aumento de la riqueza en todos los países gracias al libre intercambio de bienes y servicios. Clinton afirma en su obra Back to work que, gracias a la globalización y las TIC, cuando él fue presidente, se crearon 24 millones de empleos en Norteamérica, el PIB creció al 4% (objetivo de Trump, que bien podría tener en Clinton un buen maestro...) y “millones de personas salieron de la pobreza en el Tercer Mundo”, escribió Clinton.

El capitalismo norteamericano es pragmático y se adapta a las circunstancias, tanto con demócratas, como con republicanos. Cierto que Trump desconcierta por su imprevisibilidad. Richard Haass, presidente del Council of foreign relations y autor de A world in disarray: American Foreign Policy and the crisis of the old order, cree que Trump, en lo económico y en política internacional necesita un cuerpo de doctrina u hoja de ruta, para evitar dar bandazos a golpe de tuits intuitivos e impulsivos. Y aboga porque Trump no delegue en China el liderazgo mundial.

El premio Nobel de economía Michael Spence, en Why globalization stalled, se lleva las manos a la cabeza, porque se ha tomado en serio (como buen académico) las amenazas proteccionistas de Trump, alimentadas por otros movimientos populistas en Reino Unido (abandona la Unión Europea con el Brexit), Francia (Marine Le Pen), cuya agenda proteccionista apoyo Trump en las elecciones presidenciales francesas. Una reciente encuesta de YouGov/The Economist muestra que la mitad de los norteamericanos, británicos y franceses, “creen que la globalización es mala”.

Y, de repente, llegó el desconocido Juncker, que parece el nombre de un avión alemán, pero que, en realidad, es un abogado que nunca ha ejercido su profesión y siempre se ha dedicado a la política, sea en Luxemburgo o en la Unión Europea, cuya Comisión preside. Lo cual no quiere decir que sea conocido (su notoriedad en la Europa de los 28 es del 2%, versus el 100% de Trump u Obama) o que tenga poder. “Parece aparentar que lo tuviere”, pero no es sino portavoz de las órdenes que le dan Francia, Italia y, fundamentalmente, Alemania.

Estos tres países han empujado una regulación proteccionista que permita a los paises de la Unión investigar inversiones extranjeras disfrazadas de nacionales, que afectan a sectores claves economicos de esos países (la energía y las infraestructuras es comprensible, pero las tecnologías europeas que son puestas como ejemplo, se escapan al entendimiento humano, porque las cinco magníficas, Apple, Amazon, Google, Microsoft y Facebook son marcas americanas reconocidas por todos. ¿Cuántas tecnológicas europeas conocemos todos?). Hay que remontarse a 2016, cuando la compañía china de electrodomésticos Mideas compró una empresa alemana fabricante de robots. Y la empresa estatal china Costco Shipping compro el puerto griego del Pireo, más famoso en tiempos de Themistocles que hoy, pero como los funcionarios de Bruselas amigos de Jean-Claude Juncker se enteraron por la prensa, su enfado fue monumental porque la venta del puerto “ponía en riesgo la soberanía de Europa”. Podrían haber añadido que ellos mismos han impuesto una política de austeridad tan fuerte a los griegos, que lo raro es que no hayan vendido Mikonos, en vez del Pireo, para sobrevivir.

Juncker, mensajero de la paz de Merkel, quiere impulsar un cierto proteccionismo que, sin nombrarlo, señala a China, que invirtió en 2016 en Europa 35.000 millones de euros y 245.000 millones en todo el mundo, según el Instituto Elcano. Tambien a España llegó algo de inversión china el año pasado: 3.500 millones de euros a través de conglomerados como Wanda y HNA. Aparentemente son privados. En la realidad son estatales, que es lo que preocupa a los jefes de Juncker, junto a la pérdida de ventajas competitivas frente a China. La nueva regulación incoada por Juncker supondría que un estado miembro pudiera investigar a una empresa teóricamente nacional, pero que realmente fuese un escaparate de un compañía estatal china, que podría hacerse con un empresa o sector esencial para la economia de ese país. Y, añade Juncker, que cada país habrá de seguir las recomendaciones de la Comisión Europea. Lo cual espoleará todavía más movimientos “secesionistas” como el brexit y los proteccionistas, que temen el poder excesivo de los burócratas de Bruselas.

Dice Juncker que “no vamos a ser naíf con la globalización”. Naíf no, pero ignorante, sí. Con respecto a Norteamérica, Juncker se ha quedado sin legitimidad para criticar el supuesto proteccionismo de Trump. Y, sobre China, Xi Jinping “dio la orden” en agosto de parar todas las inversiones de empresas estatales (y las supuestamente privadas, también) en el extranjero, debido al elevadisimo endeudamiento del Estado chino, que es quien las financia.

Jorge Díaz Cardiel es Socio Director Advice Strategic Consultants

 

 

 

Normas