Tribuna

¿Ha llegado la hora del humanismo empresarial?

Este liderazgo tiene que evidenciarse en todos los niveles de la organización

El último Informe global de competitividad, publicado a finales del pasado mes de septiembre por el Foro Económico Mundial (WEF), alertaba de que diez años después de la crisis financiera mundial las economías no están preparadas para la próxima oleada de innovación y automatización y que por ello no están exentas de sufrir nuevos impactos.

Por esa razón, el informe recomienda tomar algunas medidas y entre ellas destaca la búsqueda de un refuerzo para impulsar la competitividad. Algo que, en opinión de este organismo internacional, puede alcanzarse, entre otras medidas, si se combina cierto grado de flexibilidad en el mercado de trabajo con una protección adecuada de los derechos de los trabajadores.

Asimismo, el informe abunda en otorgar el protagonismo al trabajador para mejorar la competitividad empresarial, al destacar que el talento está llamado a ser cada vez más importante que el capital. Y llega a afirmar que el mundo se está desplazando desde la edad del capitalismo a la edad del talentismo.

Una empresa que aspira a ser competitiva y sostenible tiene que lograr tener y mantener clientes que compran sus productos y servicios y, a la vez, producir y entregar esos a un coste inferior al precio. La empresa como entidad transformadora necesita, por tanto, las ideas, las iniciativas, el trabajo, el esfuerzo, así como el compromiso de sus trabajadores. Por ello, podemos postular que el ser humano es la clave para el éxito de todo proyecto empresarial y no sorprende que hablemos de la edad del talentismo. Es más, podemos decir que la empresa siempre se ha concebido en torno al ser humano hasta el punto de que esta ha sido pensada, diseñada y creada por y para él.

Durante las últimas décadas la sociedad ha ido pidiendo a las empresas que tomen iniciativas para proteger los intereses y las aspiraciones presentes y futuras del ser humano. Como consecuencia de estas peticiones, las empresas han ido formalizando mecanismos sobre, por ejemplo, el respeto de principios éticos y la responsabilidad social corporativa.

Por desgracia, en muchos casos estas medidas loables están percibidas por la sociedad como artefactos superficiales para mejorar la imagen pública y como consecuencia de ello, y en contra del efecto deseado, se está ampliando el distanciamiento entre el mundo empresarial y la realidad social.

Varias razones explican este distanciamiento. Los sistemas organizativos, muchas veces, muestran una visión mecanística de la empresa, es decir, están repletos de reglamentos, de procedimientos y de burocracia y encorsetan la acción humana en la empresa; la jerarquía no está adaptada a las necesidades del trabajador; los sistemas de compensación son mercantilistas y no necesariamente meritocráticos; el trabajador se ve reducido a un factor económico o a una fuente de talento explotada.

Sin embargo, el trabajador necesita para crecer y desarrollarse, igual que una planta o un árbol, un entorno adecuado y el trato humano correspondiente. Además de garantizar su dignidad y su respeto, hay que tener una visión integral del ser humano, es decir, hay que tomar en cuenta no solo sus fortalezas, sino también sus debilidades y sus necesidades, que son muy individuales, incluidas las del entorno organizacional.

El liderazgo, por tanto, tiene que estar al servicio del trabajador. De nada sirve tener un único líder carismático, porque la relación humana que más impacto tiene en el tejido organizacional es la del trabajador con su superior jerárquico inmediato. De este último y de sus actuaciones dependerá si las relaciones se basarán dentro de un marco de dignidad, respeto y visión integral del ser humano. Por tanto, este liderazgo al servicio del prójimo tiene que evidenciarse en todos los niveles de la organización.

Introduciendo estos tres principios humanistas y aplicando este estilo de liderazgo mejorarán la productividad, el comportamiento innovador, el intraemprendimiento y el comportamiento cívico organizacional y se generarán equipos de alto rendimiento, así como el sentimiento de propiedad y, por tanto, el compromiso con la empresa. Estos factores resultantes son fuentes esenciales de competitividad. Cada vez más estudios académicos muestran la validez de esos principios descritos.

Comenzamos este artículo centrándonos en la necesidad de mejorar la competitividad del tejido empresarial apuntando la necesidad de una nueva era empresarial, la edad del talentismo. Sin embargo, hemos llegado a la conclusión de que debemos abrir ese concepto y enfocar la mejora de la competitividad a través del humanismo, es decir garantizar la dignidad y el respeto del ser humano aplicando una visión integral de él. Podemos hablar, por tanto, de la necesidad de una nueva era, la edad del humanismo empresarial.

Luc Theis es Director general de Deusto Business School

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