No hay que temer a la baja volatilidad

No hay que temer a la baja volatilidad

Hay que fijarse en las volatilidades subyacentes, sobre todo el apalancamiento

La coyuntura es estable, el sector bancario goza de buena salud y no hay señales de desequilibrios

Una década después de que los problemas en las hipotecas de baja calidad de EE UU derivasen en una crisis financiera mundial, la confianza del mercado sigue siendo frágil y a veces parece que las heridas todavía no han sanado completamente. EE UU ha registrado una de las recuperaciones más lentas de las que se tiene constancia, circunstancia que ha alimentado un temor constante a que se desatara una nueva recesión ante cualquier eventualidad. Así, cada nuevo máximo de la Bolsa estadounidense durante todo este tiempo ha sido acogido con dudas.

Con todo, el índice VIX, conocido como el «termómetro del miedo», ha descendido hasta dejar la volatilidad bursátil en mínimos históricos y, paradójicamente, esta “falta de miedo” está provocando temor entre los inversores. El debate en torno a los bajos niveles de volatilidad debe abordarse teniendo en cuenta algunos aspectos reseñables de esta coyuntura económica. En primer lugar, esta lenta recuperación ha provocado que la absorción del exceso de capacidad en la economía haya durado años y todavía no haya terminado.

En este sentido, nuestros estudios sobre los ciclos económicos sugieren que el tiempo que le queda a esta expansión puede medirse en años, no en meses. En segundo lugar, el crecimiento económico es increíblemente estable; así, algunos indicadores del mercado laboral estadounidense, como el número total de horas trabajadas en el sector privado, muestran las tasas de variabilidad más bajas desde la década de 1960.

Después de estudiar más de un siglo de datos, nos hemos dado cuenta de que los bajos niveles de volatilidad bursátil pueden durar años y suelen solaparse con unos bajos niveles de volatilidad económica. Nuestros estudios sobre los patrones de la volatilidad bursátil muestran que no existe un nivel ”normal” o “de equilibrio”. La volatilidad no retorna a una media de repente. Nuestro marco general muestra que los periodos de volatilidad son persistentes y que esta suele ser baja y, a veces, alta.

¿Una volatilidad baja es sinónimo de complacencia generalizada entre los inversores? No necesariamente. La complacencia tal vez no sea la mejor forma de abordarlo. El omnipresente índice VIX de volatilidad implícita del Mercado de Opciones de Chicago (CBOE) solo representa los precios de mercado de las opciones a corto plazo. En estos momentos, el VIX muestra una volatilidad real baja, pero eso no implica que el mercado deseche el riesgo de una caída repentina y fuerte.

Los precios del conjunto del mercado de opciones reflejan mejor estos riesgos de acontecimientos extremos. Uno de estos indicadores es el índice Skew que también publica el CBOE (el Mercado de Opciones de la Bolsa de Chicago). El Skew muestra cuánto más están pagando los inversores por comprar protección frente a caídas (puts) frente a las apuestas alcistas (calls) en un horizonte de un mes.

Expresado en términos simples, cuando más alto esté el Skew, más cara será la protección frente a caídas. En agosto, el Skew rebotó hasta aproximarse a sus máximos históricos, lo que puso de relieve que sigue habiendo muchos inversores temerosos de que se desate una oleada de ventas en las Bolsas.

Los brotes esporádicos de volatilidad son inherentes a este entorno, en el que acechan multitud de riesgos políticos y geopolíticos. El volumen récord alcanzado por el índice VIX durante su repunte de mediados de agosto ilustra cómo se aceleran los picos del VIX debido a la popularización de las estrategias de venta de volatilidad, que amplifican los movimientos.
Sin embargo, esta explosión de actividad también pone de manifiesto que hay otros inversores al otro lado de la ecuación que obtienen beneficios con su protección frente a caídas. No existe un único camino hacia una volatilidad bursátil más alta.

La volatilidad por sí misma no dice mucho. Tenemos que fijarnos en las vulnerabilidades subyacentes del sistema financiero, principalmente cualquier aumento del apalancamiento que haya pasado desapercibido.

Unas vulnerabilidades más acusadas y un entorno macroeconómico más inestable podrían desencadenar un aumento sostenido de la volatilidad. Sin embargo, un aumento de la volatilidad del mercado no es necesariamente algo peligroso.

A este respecto, únicamente hemos trabajado sobre dos episodios en los que un repunte de la volatilidad bursátil no coincidiera con una mayor volatilidad económica y una recesión durante las tres últimas décadas: en los años 1987 y 1998.

Aunque estos episodios parecieron sistémicos en su momento, y se trataron como tales, su impacto apenas dejó huella en la economía.

El apalancamiento que existía en estos dos episodios no dañó el sistema financiero del mismo modo que la oleada de quiebras bancarias en 2008 y años sucesivos. Por eso, los periodos en los que coinciden la volatilidad bursátil y económica son los que más probabilidades tienen de generar amenazas sistémicas.

Por su naturaleza, el apalancamiento encubierto es difícil de detectar en tiempo real, por lo que es necesario estar vigilante.

¿Qué nos tranquiliza en estos momentos? La coyuntura económica es estable, el sector bancario goza de una salud mucho mejor gracias a la profunda revisión a la que lo han sometido las autoridades y no hay señales aparentes de grandes desequilibrios económicos que pudieran perturbar los flujos de crédito, como ocurrió después de los sucesos de 2008.

Creemos, por tanto, que en lugar de obsesionarnos con los bajos niveles de volatilidad, deberíamos estar atentos a las posibles vulnerabilidades y al apalancamiento.

Jean Boivin es director de estudios económicos y de mercado para el Blackrock Investment Institute (BII)

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