¿Afectarán los atentados al turismo en España?

El flujo de visitantes se reduce en los primeros seis meses y recupera la normalidad a los 18

Atentado Barcelona
Turistas a la entrada de la Sagrada Familia tres días después de los atentados.

Barcelona y Cambrils representan dos tipos de turismo exitosos. La Ciudad Condal ha ejercido durante los últimos veinte años el liderazgo en el crecimiento urbano entre las ciudades europeas mediante una envidiable capacidad de atracción. La población de la Costa Dorada responde a un modelo de sol y playa tranquilo, de alta estacionalidad, aunque con un fuerte arraigo de segundas residencias españolas, con un clúster gastronómico potente a pesar de la aparición de ciertos signos de decadencia. En ambos tipos de turismo, un calificativo que le ha distinguido ha sido la seguridad.

En efecto, a pesar del 11M de 2004 en Madrid, los 192 muertos y los 2.057 heridos como consecuencia del atentado yihadista, y algunas acciones menores de ETA en las décadas de 1990 y 2000, en las zonas de playa, la imagen de España como receptora de turistas ha sido considerada internacionalmente como destino refugio. Hasta el punto de que la recuperación de la crisis de 2008 se adelantó algunos años gracias al aporte de turistas internacionales de otros destinos. La inseguridad en numerosos lugares del Mediterráneo generó un flujo adicional a las costas españolas de cerca de un millón y medio de turistas. Se trataba de visitantes con presupuestos más bajos que los que llegaban directamente a España, pero que aquí han sido acogidos como agua de mayo.

Cuando analizamos los componentes de la decisión de viajar, aparecen una serie de características a tener en cuenta. Además de que el lugar reúna las condiciones demandadas –sol y playa, montaña, descanso activo, espacio para el deporte, monumentos a visitar, gastronomía, entre otros aspectos– las infraestructuras necesarias –capacidad de acceso y condiciones–, la oportunidad de disfrutar de un lugar desconocido o familiar –descubrimiento, o raigambre, por citar los dos polos–, y el precio valor– algo determinante–, el adjetivo indispensable en todos los casos es la seguridad. Ya se trate de viajes familiares, de negocios, de cultura, gastronómicos o de otro tipo, la tranquilidad y la lejanía de desasosiego frente a imprevistos terroristas, climáticos o de cualquier tipo determinan la decisión.

La mayoría absoluta de los 1.300 millones de viajeros anuales, que crece al ritmo del 4% a nivel mundial, asocian el lugar de vacación a la seguridad.

Tras los atentados de Barcelona y Cambrils, queda en suspenso el calificativo de seguro no solo para ambas poblaciones sino para el resto de las ciudades españolas. A corto plazo, el impacto depende mucho de lo más cotidiano: en Barcelona, por ejemplo, se nota relativamente poco estos días.

Existe una curva que efectuamos en torno a los grandes atentados urbanos mundiales en Occidente durante la década de 2000. En los primeros seis meses, se produce un rechazo a visitar el lugar del orden del 20%; se mitiga en los seis meses siguientes y hasta los 18 meses de los hechos no se recupera el nivel anterior de turistas. Pero la reacción de estos ante la inseguridad no resulta rectilínea.

No es lo mismo que el atentado ocurra en un lugar tiznado de inseguridad: entonces llueve sobre mojado, como ocurre en Oriente Medio, por ejemplo; un nuevo atentado no modifica el número de las reducidas visitas a la zona.

Algo distinto ocurre en un destino turístico de un cierto éxito pero sin mácula de inseguridad. Eso le ha sucedido a Túnez. En este caso, pasa de ser destino seguro a inseguro. Los viajeros lo asimilan inmediatamente con el lado oscuro y desertan en masa, sustituyéndolo por otro.

Una tercera reacción es la que se escenifica en Londres, Bruselas, Niza o París, por citar ciudades de nuestro entorno más cercano que han recibido el mayor impacto terrorista en los últimos meses. Ninguna de estas ciudades ha pasado directamente al lado oscuro de la inseguridad. Mantienen una fuerte resistencia. París incluso recibió inmediatamente un puñado de turistas como señal de apoyo. Pero sin pasar a ser tachadas de inseguras, los flujos se reducen fuertemente durante los primeros meses para ir recuperándose en los plazos indicados.

En pleno debate sobre el modelo turístico de sol y playa –altamente estacional y barato– y del urbano –completamente desbocado en Barcelona–, los graves atentados de la semana pasada pueden convertirse en una oportunidad para revisar algunos aspectos del turismo español en general. De hecho, la reunión del Ayuntamiento de Barcelona que convocó al sector parece indicar el camino a seguir: rápida reacción, planes de acción inmediata e integración de todos los actores. Los aspectos más inmediatos a revisar son varios.

Por un lado, la calidad de la oferta y el ritmo de crecimiento en relación a la capacidad de carga en cada destino; el arraigo de los turistas a determinados valores, como la sostenibilidad medioambiental, la colaboración, la participación, la cocreación, la calidad de los productos, el kilómetro 0- mitiga el impacto negativo cuando se produce un acto terrorista.

En segundo lugar, el coste beneficio de aceptar a precios más bajos turistas que huyen de otros destinos; de este modo, se pueden recuperar los precios reales de los servicios y los beneficios mejores que el sector requiere.

Por último, es necesario abordar el fuerte desequilibrio entre el capital humano intensivo y los salarios más bajos del mercado; la huelga del personal de control de seguridad en el aeropuerto de Barcelona, que sigue sin resolverse, evidencia que la diferencia de crecimiento entre las rentas del trabajo y las del capital resultan insostenibles.

Los atentados nos colocan bruscamente en un nuevo escenario. Esconder la cabeza debajo del ala, o pensar que eso no nos atañe y esperar a que amaine es perder una oportunidad de oro.

Josep-Francesc Valls es catedrático Esade Business School.

Normas