León rural
Embalse de Riaño, donde se pueden ver sus picos y valles o gaviotas, rebecos y búfalos.

Cinco rutas por pueblos con piel y alma leonesa

La provincia de León alberga siete reservas de la biosfera, donde conviven en armonía hombre y naturaleza

Un viaje a la España interior, rural y vacía, a esa que evocan Sergio del Molino o Julio Llamazares en sus libros, pero que atesora un patrimonio natural y cultural único, casi desconocido. Es una vuelta a la esencia, a los pueblos de la montaña leonesa, vertebrados de oeste a este por la imponente cordillera Cantábrica, frontera con Galicia, Asturias y Cantabria. Y enclavados en las siete reservas de la biosfera por la Unesco que alberga la provincia, hoy reclamo turístico para su desarrollo sostenible.

Un territorio mítico, con bosques que configuran el carácter, gentes singulares (afables, melancólicas, valientes) y por la particular lucha por la supervivencia que libra cada uno: los lobos, acechados por el hombre, los osos, en recuperación; los montes, amenazados por el fuego; las minas de carbón, en cierre, o sus habitantes, en gran parte mayores. Vamos en AVE de Madrid a León y en coche visitamos Ancares, Babia, Alto Bernesga, Los Argüellos, Picos de Europa y Riaño, cuna de reconocidos escritores.

Ancares, un valle de alta montaña único por sus influencias gallego-asturleonesas

La palloza, una tradicional construcción de la zona, hoy escaparate para los turistas.
La palloza, una tradicional construcción de la zona, hoy escaparate para los turistas.

Primera parada: Tejedo y Pereda de Ancares, dos pueblos del municipio de Candín (El Bierzo), a casi dos horas de León capital. Un valle recóndito, en la punta oeste con Galicia y Asturias, al que se accede en coche, y visiblemente despoblado, apenas 13 habitantes en el primero y menos de 50 en el segundo. Sorprende su naturaleza salvaje, sus bosques de roble, abedules y castaños centenarios, esculturas vivas, con piel por los años, a los que hay que atravesar para conocer su alma. No basta con hacerse la foto. El lugar, donde se ve alguna colina rasa, víctima de un incendio reciente (el fuego es otra de sus señas), demanda otro tipo de viajero.

Los detalles. Es como volver al pasado, hoy alterado para los vecinos. Con casas de piedra, madera y tejados de pizarra, antaño predominaba la palloza –la típica construcción circular de origen celta, de piedra y techo de paja, muy modesta, donde convivían los ancareses y el ganado en invierno–. Pocas sobreviven, pero están muertas por su desuso y costoso mantenimiento (la vida se hacía dentro y el humo de la chimenea cauterizaba el techo, evitando la visita de ratones; con los inviernos más cálidos esto ha cambiado. Tampoco se cultiva centeno, la materia prima). Por eso son simple atracción turística. En la zona, que mezcla castellano, gallego y asturiano, también se echa de menos su anterior esplendor agrícola, reducido a huertos y pastos extensivos.

Un plus. No se vaya sin subir al pico Miravalles (1.966 m) y probar su contundente gastronomía: cecina, chorizo, queso de cabra, botillo, frisuelos de setas y crema de limón con castañas en el hotel rural Valle de Ancares o el Rincón del Cuco.

Babia, un espacio natural místico, de pastoreo, paseos y charlas amenas con los vecinos

Imagen del alba, con las cigüeñas en el centro, en la villa de San Emiliano.
Imagen del alba, con las cigüeñas en el centro, en la villa de San Emiliano.

Llegamos a un valle completamente distinto, en la cuenca del río Sil, de montes planos, oreados, de roca caliza y glaciarismos. La trashumancia de ovejas merinas, vacas pardo alpinas, caballos hispano-bretones y hasta mastines han modelado su paisaje; aunque poco queda ya de esta práctica milenaria. Es hora de estar en Babia, de escuchar el silencio, de ensimismarse. De ver a los osos, las cigüeñas o escuchar a los búhos, los lobos o sus leyendas con sosiego. Lugar de vacaciones de los reyes de León, embrujados por ese misticismo. Y donde se dice que Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, encontró a su compañero de batallas, el formidable caballo blanco Babieca. También es tiempo de ir a un filandón, una tradicional reunión nocturna que hacían las mujeres babianas en sus hogares tras la cena mientras hilaban. Esta actividad costumbrista es promovida hoy en centros culturales y entre escritores de la zona. De ahí se atribuye el surgimiento de su riqueza literaria y de la instauración de la Institución Libre de Enseñanza, que engendró una larga generación de educadores que aún prevalece.

Los detalles. Babia es famoso por su espectacular cielo, rebosante de estrellas, a diferencia de Madrid, que son invisibles en el centro, y una vía láctea impresionante apreciable sin telescopio con tan solo mirar al firmamento. Haga noche en el Hostal Valle San Emiliano.

Un plus. El entorno es ideal para pasear por la montaña. Imprescindible: el pico Peña Ubiña (2.417 m). Visite la Casa del Parque de Babia y Luna (Riolago), un palacete del siglo XVI convertido en centro de interpretación. Un plato, cordero.

Alto Bernesga, zona de paso por excelencia del Mediterráneo al Atlántico

Paisaje que predomina en la reserva del Alto Bernesga, donde se evidencia el rastro de la actividad minera.
Paisaje que predomina en la reserva del Alto Bernesga, donde se evidencia el rastro de la actividad minera.

Zona de transición entre la España mediterránea y atlántica, por su arraigado pastoreo como en Babia, y en la que dominó la minería del carbón como pilar económico –algunas abandonadas, otras paradas o a mitad de producción por la decadencia de esta actividad–. Paso natural a Asturias y donde confluyen también los osos con la única intención de “intercambiar material genético” (aparearse) o robar miel. Otro mito, porque son las larvas de las abejas su manjar predilecto. En este espacio que acoge a los municipios de Pola de Gordón y Villamanín vuelve a predominar la alta montaña, con una vegetación de hayedos, robledales, sabinas y encinas endémicas, así como una gran variedad de plantas medicinales y de uso cosmético.

Los detalles. Desde el puerto de Aralla hay unas vistas impresionantes, y durante la bajada puede avistar el milano real (en peligro de extinción) o el buitre alimoche (especie migratoria). En el recorrido, santuario de peregrinos –hay un refrán que dice: “Quien va a Santiago y no al Salvador, visita a su criado y no a su señor”, por ser la catedral de Oviedo una parada obligada delCamino de Santiago en su ruta norte–, se evidencia su patrimonio geológico. Y en sus poblaciones, los restos arqueológicos de la Segunda Edad del Hierro y de su antepasado celta.

Un plus. ¿Gusta de embutidos? En Geras de Gordón le espera el chorizo casero picante de Entrepeñas, enseña leonesa. Y si desea explorar el tesoro fósil de las escombreras mineras, pero en otra reserva a 50 minutos, está el Aula Geológica Robles de Laciana (1 euro la entrada).

Los Argüellos, tras la huella de las corrientes fluviales entre cumbres escarpadas

La Cueva de Valporquero (1.309 m de altitud), una de las más grandes de España abierta al turismo.
La Cueva de Valporquero (1.309 m de altitud), una de las más grandes de España abierta al turismo.

El homenaje al paladar, en el hotel rural Chousa Verde. Llegamos a la reserva de Los Argüellos, a Vegacervera, un pueblo con macizos escarpados y estrechos desfiladeros que forman, a orillas del río Torío, las prominentes hoces de Vegacervera, creadas por la erosión fluvial de su roca caliza, lo más parecido a los Picos de Europa. No espere una comida ligera (en todo el viaje no ocurre nunca). Siempre, de entrante, cecina, chorizo y salchichón. De primero: unos garbanzos con cecina de chivo. De segundo: un timbal de truchas con patata ahumada. Y de postre: un cremoso de queso con mermelada de mango. No vale saltarse un plato o la cena, ni alegar llenura; debe probarlo, al menos. Y en la comarca resaltan los personajes entrañables, gente común y corriente, contadores de historias con un valor histórico y literario sin igual, en muchos casos compilados por autores como Joaquín Alegre Alonso en Leyendas de León contadas por.

Los detalles. A 9,5 km de Vegacervera está la Cueva de Valporquero, una de las más grandes de España abierta al turismo. Tiene siete galerías que se pueden recorrer a pie o a través de sus barrancos subterráneos (algunas de ellas con 200 m de largo y 35 m de alto). Atraen sus coloridas y curiosas formaciones de estalactitas y estalagmitas por la presencia de hierro y magnesio en el lugar (desde 3 euros).

Un plus. Deténgase antes en la aldea de Coladilla, en la Quesería Coladilla, y pruebe sus quesos, yogures y helados artesanales de nata, merengada y arándano. Si no conduce, la siesta está asegurada. Hay casi dos horas hasta Valdeón (Picos de Europa), al hostal Casa Abascal.

Picos de Europa y Riaño, la conexión definitiva con la naturaleza

Atardecer en los Picos de Europa desde el mirador del puerto de Panderrueda.
Atardecer en los Picos de Europa desde el mirador del puerto de Panderrueda.

Parque nacional que comparten León, Asturias y Cantabria. Estamos en Valdeón, final del recorrido, en los Picos de Europa, extraordinaria puesta de sol desde el puerto de Panderrueda. Si va con tiempo, lo recomendado es hacer un clásico: la ruta del Cares (24 km de ida y vuelta), entre Caín y Poncebos, sin apenas dificultad, que se remata en un día. Este valle es un lugar apacible, para conectarse con la naturaleza, idóneo para el senderismo y las escaladas. El hambre apremia tras la caminata. Pruebe su delicioso queso azul (DO Valdeón, de vaca y cabra) e intente esta vez comerse todo el plato de garbanzos con androja (embutido típico de matanza del cerdo) o un tierno cabrito al horno en el Desván de Valdeón.

Los detalles. A media hora está el nuevo Riaño. Un municipio que busca renacer y dejar atrás su trágico pasado. El antiguo pueblo fue anegado para construir un pantano, reducto de un proyecto franquista ejecutado ya en democracia en contra de la mayoría de sus vecinos. Sus señas de identidad han sido borradas, evidente tras pasear por el centro o visitar su Museo Etnográfico, que conserva fotografías de cada una de las casas de sus residentes con nombres y apellidos. Eriza la piel y la nostalgia y la rabia es aún obvia en los mayores. Pasee en barco por el embalse, que cruza su viejo casco urbano. Vaya a la ermita de Nuestra Señora del Rosario, trasladada piedra a piedra, y que conserva pinturas góticas o al luchódromo (lugar de lucha tradicional leonesa).

Un plus. No puede marcharse sin visitar León capital, el barrio Húmedo, la zona de tapeo de su casco antiguo. Un caña o un vino (pregunte por la morcilla) en el bar Racimo de Oro.

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