La larga caída de Popular

La compra de Banco Pastor y su tardía apuesta inmobiliaria fueron detonantes de la crisis

El expresidente del Popular, Ángel Ron, y el de Banco Pastor, José María Arias, en 2011.
El expresidente del Popular, Ángel Ron, y el de Banco Pastor, José María Arias, en 2011.

La liquidación de Banco Popular que ha llevado a cabo, por la vía de urgencia, el Mecanismo Único de Resolución suscita toda una serie de interrogantes acerca de cómo se ha podido llegar a esta situación. Una situación en la que una entidad crediticia con casi un siglo de historia a sus espaldas, que hasta no hace mucho tiempo fue considerada como uno de los bancos más rentables del mundo, ha acabado sus días de esta manera tan triste.

La primera cuestión es qué le ha pasado a Banco Popular para terminar como lo ha hecho. La respuesta tiene varios elementos. A corto plazo, la situación del banco era insostenible. Hoy sabemos que tiene activos tóxicos relacionados con el sector inmobiliario por valor de 37.000 millones de euros, a lo que hay que sumar lo que le estaba costando digerir la compra de Banco Pastor en 2011 por 1.240 millones de euros, una adquisición que quiso hacer sin ningún tipo de ayudas.

Estos elementos fueron los detonantes de una crisis cuya resolución se prolongó demasiado en el tiempo, en la que de por medio se vivieron luchas internas en el accionariado del banco y en la cual se negaron una y otra vez los rumores sobre que la entidad estaba en venta. Esa tardanza en encontrar una salida viable para Popular, junto con una sospechosa indiscreción de la presidenta de la Junta de Resolución Única, ha acabado por desencadenar la fuga masiva de depósitos que ha dado la puntilla al banco.

No obstante, cuando se contempla la historia de Popular con una perspectiva temporal más amplia, se aprecian las causas de fondo que han desembocado en la liquidación. El banco apostó por el sector inmobiliario, de la misma forma en que lo hicieron las demás entidades crediticias españolas. El problema es que Popular lo hizo tarde, justo cuando la burbuja inmobiliaria estaba en su punto álgido y al borde del estallido. Desde entonces, el banco se ha visto lastrado por esta decisión, a la que se añadieron las dificultades para digerir la adquisición de Banco Pastor.

Para complicar más las cosas, Banco Popular se encontró con unos tipos de interés muy bajos, que el Banco Central Europeo fue reduciendo aún más a partir de noviembre de 2011 hasta situarlos en el 0% o, en algunos casos incluso, en terreno negativo. Este escenario de política monetaria dificulta mucho la gestión de los bancos porque reduce demasiado el margen de intermediación. Popular siempre fue un especialista en sacar la máxima rentabilidad de dicho margen, pero la política monetaria fuertemente expansiva que planteó el BCE para sacar de la crisis a la eurozona se lo impidió, lo que dificultó sobremanera el proceso de saneamiento de su balance.

En las mismas circunstancias, bancos de mayor tamaño que Popular podrían haber superado mejor estas adversidades. Popular, sin embargo, siempre se resistió a ganar tamaño e insistió una y otra vez en que su crecimiento sería orgánico, pese a que la entrada en vigor de la Unión Económica y Monetaria aconsejaba que las entidades medianas adquiriesen más peso. No obstante, cuando Popular tomó la decisión de renunciar a crecer e internacionalizarse, nadie pensó que esa estrategia pudiera tener las consecuencias a largo plazo que ha tenido, porque un banco mayor y más diversificado internacionalmente podría haber tenido más posibilidades de salvación. Pero claro, nadie en su momento podría haber predicho la crisis del euro, ni que el Banco Central Europeo se vería obligado a desplegar las medidas no convencionales de política monetaria que puso en marcha para salvar a la eurozona.

La siguiente cuestión es si no había más salida para Popular que proceder a su intervención y a su posterior venta por un euro. En la mente de todos está el caso de Monte dei Paschi di Siena, el banco más antiguo del mundo, que también se encuentra en una situación muy difícil, pero que sobrevive a base de inyecciones de capital por parte del Estado italiano, controladas y supervisadas por la Comisión Europea porque esas ayudas van en contra de lo dispuesto en los tratados europeos. El BCE, incluso, se mostró contrario a ellas. El problema es que la caída de Monte dei Paschi podría arrastrar consigo a otras dos entidades italianas en dificultades, Banca Popolare de Vicenza y Veneto Banca, lo que pondría en dificultades muy serias al conjunto del sistema bancario transalpino.

En España, en cambio, Popular es un caso aislado y, a pesar de que todavía no ha concluido el proceso de saneamiento de muchas cajas de ahorros, los problemas de Popular no ponen en cuestión al sistema bancario español. Además, hoy por hoy, el clima político no parece favorable a la inversión de recursos públicos en una nueva operación de rescate bancario.

Por otra parte, la ausencia de ofertas de adquisición en las últimas semanas, ante las dudas del tamaño del agujero de Popular y del coste, en términos económicos y reputacionales, de las reclamaciones que puedan venir a partir de ahora, no dejaron más salida que la intervención y posterior subasta por parte del Mecanismo Único de Resolución. Lo cual es una mala noticia para los accionistas y tenedores de bonos convertibles del banco, pero evita que el conjunto del sistema financiero español se vea contagiado por lo que es la crisis de una única entidad, por triste que resulte su final.

Emilio González es profesor de Economía en Comillas Icade.

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