Ensayo quirúrgico sin coste de la unión bancaria

Apostar por la independencia con tanto lastre inmobiliario ha resultado mortal para Banco Popular

Banco Popular

La junta del Mecanismo Único de Resolución bancaria europeo decidió en la madrugada de ayer que Banco Popular era inviable, tras la advertencia del BCE de que carecía de liquidez para afrontar sus pagos después de un periodo de estrés comercial con salida acelerada de dinero de los depositantes, en paralelo con un desplome bursátil sin precedentes. En estas condiciones, la citada junta decreta un bail-in (autorrescate) en el que se utilizan todos los recursos propios de la entidad (capital, reservas, bonos convertibles y deuda subordinada) para financiar las deudas reconocidas y sobrevenidas ulteriormente y, a continuación, en contacto con el Fondo de Resolución Ordenada Bancaria (FROB), se adjudica la entidad completamente a la considerada mejor opción, en un proceso supuestamente competitivo abierto en España en paralelo por el propio Banco Popular.

A consecuencia de ello, Santander pasa a ser propietario del 100% de los activos de Popular y a responder por todos los pasivos. Para ello, el banco presidido por Ana Botín ha anunciado una ampliación de capital de 7.000 millones de euros y ha nombrado un nuevo equipo gestor para pilotar Popular hasta que culmine la integración en España y en Portugal. Los accionistas de Popular pierden todo su dinero tras ser amortizados sus títulos y suspendidos de cotización, y los bonistas de convertibles y de deuda subordinada, también. Los bonistas sénior conservan el valor que le adjudique el mercado y seguirán cobrando su cupón, y los depositantes quedan al margen del autorrescate y su ahorro está garantizado.

Una operación quirúrgica de nuevo cuño en Europa ejecutada por la vía rápida y sin coste alguno para los contribuyentes, en un país, España, que ya ha corrido con los gastos de reestructuración de las cajas de ahorros con una factura nada desdeñable de más de 42.000 millones de euros, sin contabilizar los avales públicos a la banca para sus emisiones durante la crisis. Este rescate exprés es además el primer ejemplo explícito de la utilidad de la unión bancaria europea, en el que la coordinación de los mecanismos de supervisión y resolución, junto con la participación de las entidades sanas, reflotan una entidad enferma sin coste fiscal y esquivando la liquidación. El salvamento del italiano Monte dei Paschi di Siena hace solo una semana fue un paso previo, en el que accionistas y bonistas perdían una parte de sus recursos, pero no todos, y el Estado hacía una inyección nada despreciable de recursos públicos.

Pero esta especie de ensayo exitoso no es sino la consecuencia de una experiencia estrepitosamente fracasada. Banco Popular arrastraba unos riesgos subyacentes muy similares a los que algunas de las fallidas cajas de ahorros, pero quiso buscar una solución individual, contra las espaldas de sus accionistas. No quiso que en ningún momento el Estado metiese una cuña en su capital, y sus accionistas soportaron y financiaron varias ampliaciones (por unos 5.000 millones de euros) para tratar de mantener su independencia. Una independencia carísima que ha culminado con una intervención pública y una absorción a cambio de nada en Santander.

Si tras ocho años de crisis financiera, cuando toda la banca está ya saneada y contribuyendo a la función social encomendada, Popular, otrora el banco más rentable y eficiente del mundo, tiene aún 35.000 millones de euros de activos inmobiliarios sin provisionar, es que se ha gestionado muy mal, en una huida hacia adelante que tarde o temprano la realidad frena en seco. Nadie quiso correr el riesgo de meter al Estado en casa para limpiar la basura y restablecer después la sacrosanta independencia, como alguna otra entidad está planeando ahora en España.

El equipo de Ángel Ron, destituido a finales de 2016, arrastró los pies hasta que los accionistas más significativos de la entidad dijeron ¡basta!, y el de Emilio Saracho, que le sucedió con aureola de prestigio, ha estado paralizado mientras el mercado llevaba contra las rocas al banco, metido en una espiral de desconfianza, parálisis comercial, salida de dinero y castigo bursátil inmisericorde. Muy, muy pobre la gestión de Emilio Saracho, que ha estado a merced de las circunstancias, y ni siquiera ha explicitado cuál era, a su juicio, la mejor salida para salvar una parte de los muebles, lo único que los accionistas buscaban con su fichaje. Si una nueva ampliación era ya demasiado esfuerzo para los accionistas, cualquier venta a un tercero a un precio razonable habría sido mejor que la amortización de sus títulos. Saracho siempre pensó que tendría más tiempo, pero como financiero debería saber que cuando una tormenta desata las hostilidades, avasalla todo y hay que tener las defensas preparadas.

Santander se convierte así en el nuevo líder de banca en España, con una elevada cuota de crédito, 17 millones de clientes y una presencia en pymes muy apreciable por la incorporación del balance de Popular. Paga la operación con una abultada ampliación de capital y hará frente al ajuste de red y plantilla y de provisiones de los activos dañados de Popular. Una entidad más fuerte, pero una menos, con lo que ello tiene de limitación de la competencia para la clientela, para cerrar la reestructuración bancaria en España –que no el mapa de fusiones– para unos cuantos años.

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