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Travis Kalanick: un emprendedor contra todas las normas

El CEO de Uber se ha enfrentado a Silicon Valley y a los taxistas. Ahora, desafiará el concepto de coche.

Travis Kalanick, consejero delegado de Uber.
Travis Kalanick, consejero delegado de Uber.

A Uber se le acumulan los problemas, pero parece no importarle, y en vez de tratar de hacerles frente de forma directa, su consejero delegado y cofundador, Travis Kalanick (California, 1976), ha optado por intentar lavar su imagen con propuestas innovadoras. La semana pasada, la startup anunció que en menos de cinco años tendrá preparados sus primeros coches voladores, que se estrenarán en Dallas y Dubái. Para lograrlo, se ha asociado con Pipistrel Aircraft, Mooney, Bell Helicopter, Embraer y Aurora Flight Sciences, que tendrán preparada una flota de 50 vehículos para que se empiecen a probar en 2020. De lograrlo, en poco más de una década, Kalanick habrá dado el salto del coche compartido al autónomo y de este, al volador.

Hasta entonces, este californiano tendrá que lograr resolver otros frentes: una demanda de Google, una amenaza de Apple, escándalos de acoso sexual en la empresa o una investigación del Departamento de Justicia de EE UU. En cualquier caso, para Kalanick, al que califican como arrogante y temerario, los conflictos no son nuevos: sus dos primeras empresas hicieron frente a cuantiosas demandas.

Kalanick es un emprendedor nato. En 1998, abandonó los estudios en Ingeniería Informática que estaba cursando en UCLA para centrarse en Scour, una compañía, fundada con dos compañeros de facultad, cuyo negocio consistía en el intercambio de archivos P2P. Dos años después, Scour se enfrentó a una demanda de 250.000 millones de dólares, presentada por violación de los derechos de propiedad. Para hacer frente a la acusación, se declaró en quiebra.

Kalanick continuó produciendo ideas y en 2001 puso en marcha Red Swoosh, una empresa de software para el intercambio de grandes archivos, junto a uno de los cofundadores de Scour. En esta ocasión, el negocio era legal, pero el Departamento de Hacienda de EE UU descubrió que la firma había retenido impuestos de los sueldos de los empleados, por lo que debía afrontar una factura de 110.000 dólares. Aunque podrían haber recaudado fondos suficientes para abonar la multa, el incidente provocó un enfrentamiento entre los dos fundadores. Finalmente, Kalanick se hizo cargo de la compañía hasta que la vendió por 19 millones al grupo Akamai en 2007.

Un año después nacía la idea que le ha permitido situarse en el puesto 226 de la lista de los personas más ricas del mundo, con una fortuna de 6.300 millones de dólares. En 2008, junto a Garrett Camp, presentó UberCab, un servicio que ponía a disposición de los usuarios un coche de alta gama a un precio asequible. En junio de 2010, lo pusieron en marcha en San Francisco, aunque como una aplicación que permitía pedir un coche con conductor privado. Solo cuatro meses después ya se enfrentaron a los primeros problemas con las autoridades: se vieron obligados a cambiar el nombre a Uber, pues con el término cab se estaban promocionando como una empresa de taxis, pero no tenían los permisos ni las licencias de estos.

Desde entonces, la startup no ha cesado de crecer: es la mejor valorada del mundo, con una estimación de más de 60.000 millones de dólares. En 2011, dio el salto al extranjero y llegó a París. En España aterrizó en 2014, pero sus servicios de conductores particulares fueron suspendidos hasta 2016, cuando modificó su modelo de negocio para adecuarse a algunas de las exigencias del colectivo de taxistas. Pese a ello, prácticamente desde sus inicios ha mantenido constantes disputas con ellos en los más de 70 países en que está presente. De hecho, el Departamento de Justicia de EE UU investiga en estos momentos un software, Greyball, que habrían utilizado sus conductores para evitar los controles policiales en ciudades en las que sus servicios no son legales, como Portland. La empresa defiende que el sistema servía para identificar y rechazar las peticiones de usuarios que se hubiesen “saltado las normas de uso”: agresores de los conductores, personas de la competencia que hubieran intentado impedir su trabajo o “alguien que quisiera crear una trama para ponerse de acuerdo con las autoridades para denunciar a los conductores”, explicó en un comunicado.

Quienes han trabajado con Kalanick saben que está dispuesto a hacer lo que sea con tal de conseguir sus objetivos. “Estamos en una campaña política y el candidato es Uber. El oponente se llama taxi. A nadie le gusta, no es un buen personaje, pero está tan entretejido en la maquinaria política que le deben muchos favores”. Con esta fuerza el californiano se disponía hace unos años a enfrentarse contra el sector del taxi. Lo mismo hará para lograr que sus coches puedan volar en las ciudades. No importa los vertipuertos que tenga que construir, los pilotos que necesite o el estricto control del tráfico aéreo que haga falta.

Una vocación temprada

De niño, uno de los sueños de Kalanick era convertirse en espía. Sin embargo, pronto se vio su pasión por las tecnologías: aprendió a programar en el instituto.

Antes de crear su primera empresa, el californiano trabajó vendiendo a domicilio cuchillos de una conocida firma.

El cofundador de Uber se registró en 2003 como candidato independiente para ser gobernador de California, aunque no llegó a realizar campaña. Hasta el pasado mes de febrero fue asesor de Donald Trump, pero abandonó el puesto tras recibir críticas de clientes y conductores de Uber por la política antimigratoria del presidente.

Aficionado al esquí acuático y al surf, antes de fundar Uber dedicaba parte de su tiempo a videojuegos como Mario Kart o Angry Birds.

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