Tribuna

Trump y el nuevo desorden mundial

El pueblo americano no está dispuesto a seguir gastando cerca del 40% del gasto de defensa global, con más de 200.000 militares y 700 bases desplegadas

Donald Trump ha revolucionado el orden internacional desde su llegada. Hemos pasado del nuevo orden mundial que proclamó George Bush en 1991 ante el Congreso de EE UU, en el que primaba la globalización y el libre comercio, al nuevo desorden mundial trufado de proteccionismo y populismo que lidera el magnate americano.

El lema de América first pone en marcha una política exterior neoaislacionista en la que prioriza el interés nacional de EE UU y la ruptura de lazos con el resto del mundo. La posición geográfica de la superpotencia, su riqueza, el poderío militar y tecnológico le permiten esa marcha atrás. El magnate estadounidense tiene una concepción restrictiva del interés nacional basado en la protección física del territorio y de la población americana y en la prosperidad económica.

De acuerdo a los neoaislacionistas, EE UU puede salvaguardar su seguridad limitando su implicación en los asuntos de otros países a los que garantiza su seguridad a costa de incrementar su déficit presupuestario, que supera los 500.000 millones de dólares. Según esta doctrina que abraza Trump, la extensión de la presencia militar norteamericana a lo largo del mundo y la ampliación de la OTAN hace que otros Estados intenten equilibrar a EE UU; algo que no sucedería si solo se preocupase de su patio trasero. Por eso el neoaislacionismo recomienda desmantelar la Alianza Atlántica, sacar las tropas de Japón y de Europa, reducir el gasto de defensa y que EE UU se preocupe sobre todo de sus propias necesidades e intereses para preservar su seguridad.

EE UU se ha cansado de ser el gendarme mundial y quiere centrarse, como ya hizo Obama, en las políticas internas. Trump gobierna para sus votantes de la derecha alternativa que están hartos de los efectos negativos de la globalización, les preocupa el terrorismo y no ven ventajas en la intervención exterior. A ese electorado conservador se dirige su política proteccionista para evitar la competencia desleal con China, la construcción del muro con México o la prohibición de entrada al país de los nacionales de siete países musulmanes y de los refugiados para evitar la inmigración ilegal y mejorar la seguridad interior.

"EE UU se ha cansado de ser el gendarme mundial y quiere centrarse, como ya hizo Obama, en las políticas internas"

El pueblo americano no desea seguir con la defensa del orden mundial. No está dispuesto a seguir gastando cerca del 40% del gasto de defensa global con más de 200.000 militares y 700 bases desplegadas alrededor del mundo. Tras la Guerra Fría ha intervenido de manera unilateral, bajo mandato de la OTAN o de Naciones Unidas en decenas de operaciones militares desde las dos guerras del Golfo a Somalia, los Balcanes, Afganistán, Libia o liderando la coalición frente al ISIS.

El nuevo inquilino de la Casa Blanca ya ha anunciado su hartazgo de seguir financiando la defensa de sus aliados, algo que viene haciendo desde hace 70 años. Por un lado, Trump ve a la Alianza Atlántica como una organización “obsoleta”, aunque luego haya mensajes contradictorios en su Administración, y quiere que sus 27 socios contribuyan a financiarla con el 2% del PIB. De momento, solo hay cuatro países que lo hacen: Grecia, Reino Unido, Estonia y Polonia. Por otro lado, entre los aliados asiáticos, Japón solo gasta el 0,9% de su riqueza en defensa y Corea del Sur, que está entre los 20 países más ricos del mundo, también deja su seguridad en manos estadounidenses. Mientras tanto, siguiendo los argumentos del presidente de EE UU, en su país se descuidan las infraestructuras, la educación o la salud de los norteamericanos e incluso vemos cómo crece el sentimiento antiamericano tras algunas intervenciones.

Washington no solo financia operaciones militares, sino también organizaciones internacionales como Naciones Unidas, de la que es su mayor contribuyente, o la Unión Africana. La llegada de Trump a la Casa Blanca les puede pasar factura.

El problema que se avecina ante esta posible fractura del orden mundial posterior a la Segunda Guerra Mundial es quién o quiénes cubrirán el vacío que puede dejar EE UU. China e India han tenido un gran crecimiento en la última década y han incrementado su gasto militar pero no parecen dispuestas a hacerse cargo de la seguridad global, sino de su orden regional.

Con Trump en la Casa Blanca, la UE tiene la oportunidad de afrontar los problemas de seguridad en su anillo más próximo de vecindad en el Este y el Mediterráneo. Sin embargo, todavía depende de la OTAN, a la que quiere complementar pero no sustituir; y le queda un poco lejos, a nivel de voluntad política y financiera, su intención de ser proveedor de seguridad global.

En Oriente Medio, Rusia ha hecho acto de presencia en Siria, pero la rivalidad entre Arabia Saudí e Irán no permite una hegemonía regional; y en el norte de África y Sahel tampoco se vislumbra ninguna potencia local que pueda tomar el liderazgo.

Aunque los EE UU de Trump adopten una postura aislacionista, es más que probable que en un mundo globalizado les acaben afectando los conflictos generados en otras partes. Si buscamos analogías, durante el periodo de entreguerras Washington mantuvo una posición aislacionista que le terminó pasando factura con el bombardeo japonés de Pearl Harbor. La historia se repite y el vacío que puede dejar la actual Administración americana podría alumbrar un nuevo desorden mundial en el que haya que intervenir cuando ya sea demasiado tarde.

Miguel Ángel Benedicto es socio de Gobernas Consulting y profesor de Relaciones Internacionales.

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