Consumo responsable

Ser consumista o no, la cuestión en Navidades

Las compras sostenibles crecen un 6% en España, sobre todo en la alimentación

Navidad

¿Se ha preguntado cuántas veces le ha desviado de su destino un llamativo cartel que anuncia un 50% de descuento? ¿Ha sido consciente alguna vez de la sensación de sed que genera una publicidad de un refresco, hasta el punto de comprarse uno por puro instinto? O ese afán de gastar en Navidad: los regalos para la familia, los amigos, un capricho para usted, y que en Nochevieja no falten las gambas, el besugo, el jamón, el cava...

España se ha contagiado de esa mala costumbre anglosajona de acumular bienes innecesarios. Esta tendencia ha quedado constatada en la reciente campaña del Black Friday, una tradición comercial estadounidense que comienza a echar raíces en la Península, seducidos por un atractivo precio.

El consumidor ya tiene en cuenta cómo se fabrica, se distribuye y dónde se vende el producto

“La época navideña es la orgía del consumismo, del exceso y la desmedida. Una práctica emocional, inercial y reactiva que hace que obtengamos más objetos de los que necesitamos, debido a la avalancha de estímulos audiovisuales a los que estamos expuestos”, explica Francesc Torralba, filósofo y autor del libro Saber decir no.

Un patrón propio de sociedades materialistas, donde prima el hecho de poseer, critica Torralba. Y es que los consumidores están más sensibles en estas fechas, añade Javier Molina Acebo, profesor de ESIC, lo que “activa su emotividad al máximo y produce efectos inmediatos y desproporcionados”.

Vista de consumidores por el centro de Madrid, aprovechando la campaña navideña.
Vista de consumidores por el centro de Madrid, aprovechando la campaña navideña.

Sin embargo, hay datos (e iniciativas) que apuntan hacia otra dirección. El consumo sostenible creció un 6% el año pasado, hasta los 35 millones de euros, según el último informe publicado por la Coordinadora Estatal de Comercio Justo, con el apoyo de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (Aecid).

Un movimiento en auge, si se tiene en cuenta que hace 15 años –desde que hay registros– el gasto era apenas de 9 millones. Y ha crecido a un ritmo medio anual del 9%, con la alimentación a la cabeza, señala el estudio. Pero este avance es aún insuficiente. El país sigue a la cola en esta materia en comparación con sus socios europeos.

Una cesta de la compra verde incluye productos que respetan el medioambiente y los derechos de los trabajadores; que sean locales, artesanales, con informe de su trazabilidad –ruta desde su fabricación hasta el punto de venta–; que tengan un precio justo y beneficien a colectivos en riesgo de exclusión, considera Torralba. De ahí que implique una reflexión, para que sea un acto consciente y racional.

De la práctica de usar y tirar a la reutilización

Ser consumista o no, la cuestión en Navidades

Acabar con la cultura de usar y tirar no puede lograrse sin el concurso de la industria y el Estado, tan responsables como el consumidor. “No pasa nada si compramos un jersey o juguete de segunda mano, como sucede en Reino Unido. Hay que promover la economía circular, la reutilización y el reciclaje”, opina Elena Búlmer, profesora de EAE.

Solo en la Navidad de 2015 –diciembre y enero– se produjo el 18% del total de envases de vidrio (700.000 toneladas) por el aumento del consumo, revela Ecovidrio, que espera que este año llegue al 20%. Por eso, Sandra Anguiano, portavoz de la entidad, pone el acento en la educación, reciclaje, prevención y ecodiseño. Es decir, en la reducción del peso de los envases (desde 1998 ha disminuido un 12%), así como evitar la generación de residuos.

Desde la Asociación Española de Fabricantes de Envases y Embalajes de Cartón Ondulado (Afco) proponen el uso de envases de cartón para el gran consumo. “Son 100% ecológicos y más ligeros. Las cajas se fabrican con un 85% de material reciclado y el 15% restante, de fibra de madera de bosques cultivados”, indica Ignacio Carro, secretario general. Además, asegura que protege el entorno. “Es falso que el consumo de papel conlleve a la desaparición de los bosques. Para su fabricación se utilizan especies de crecimiento rápido, como el eucalipto y el pino, y no madera noble (roble, hayas y encinas)”, defiende.
Francesc Torralba añade la necesidad de establecer “un marco jurídico más duro, que penalice los productos elaborados de forma irresponsable”. Y dar más información en las etiquetas.

Estas variables se toman cada vez más cuenta en las decisiones de compra en España, sobre todo en la alimentación, donde preocupa sus efectos en la salud.

De hecho, el 50% de los españoles dice hacer un consumo sostenible, al elegir, al menos una vez, el artículo más ecológico entre dos de un mismo valor o pagar más por aquellos de fabricación responsable, según un estudio de Forética de 2015. Incluso el 45% ha dejado de comprar una marca por sus malas prácticas sociales y medioambientales.

Esto último ocurre más en la adquisición de ropa o artículos deportivos, indican en la organización. Pero también sucede en alimentación, bebidas y distribución. “Aunque todavía es minoritario, percibimos un crecimiento.

Cada vez más un número mayor de ciudadanos se interesa en empresas que integran aspectos sociales, ambientales y éticos”, apunta Ricardo Trujillo, director de proyectos de la entidad. Y, pese a que es un concepto muy amplio, “con muchas zonas aún grises”, exigen más información para incluir criterios por encima del precio, sostiene.

Ocurre, por ejemplo, en la compra de conservas y pescados. Seis de cada diez españoles de entre 35 y 54 años prefieren que estén ecoetiquetados, según el estudio Consumer Insight, de la ONG inglesa MSC, que certifica esta práctica. Y a pesar de que la muestra es poco representativa –600 entrevistas–, da una idea de los cambios de hábitos.

O en restaurantes: un 74% de los españoles está dispuesto a pagar más por uno que recicle y haga un uso eficiente de los recursos, señala otro estudio de Ecovidrio y ElTenedor. No obstante, el 80% de los hoteleros dicen que aún prima el precio.

Pese al auge, este comportamiento sigue siendo minoritario en España respecto del resto de Europa. El gasto medio anual por habitante en estos productos es de 75 céntimos, cuando la media europea alcanza los 12,4 euros. Y está muy lejos de Suiza (48 euros), Reino Unido (33 euros) y Finlandia (30 euros), revela el estudio de Comercio Justo y la Aecid.

Con todo, hay iniciativas que auguran un aumento de este patrón. Es el caso del Ayuntamiento de Vitoria, que ha puesto en marcha un plan de agroalimentación que agrupa a agricultores, ganaderos y consumidores, desde la producción hasta la venta.

Su ejecución se hará en el próximo semestre de 2017 y contempla, entre sus 21 objetivos, que las materias primas de los comedores públicos sean de origen local.

“La iniciativa surge a petición de los vecinos preocupados por su salud y los residuos que genera la agricultura en el suelo. Queremos impulsar la economía primaria para acercar los circuitos y reducir la contaminación en el transporte, explica María de Santiago, técnico del Centro de Estudios Ambientales del ayuntamiento.

Pese al avance, España se queda atrás respecto de sus socios europeos en consumo sostenible

Y como el proyecto es voluntario, todavía no han tenido respuesta del sector distribución, los únicos que no se han sumado hasta ahora. Otras capitales, como Bilbao –“Cambia el mundo, come alimentos locales y justos”, reza un cartel en la ciudad– o Barcelona, siguen esta senda y han firmado el pacto de política alimentaria urbana de Milán, que impulsa sistemas equitativos y sostenibles.

Lo que no puede continuar es el consumo excesivo, como sucede también con la carne, que de 45 millones de toneladas en 1950 ha pasado a los 300 millones actuales, denuncia la organización Slow Food, que anima a evitar las compras de productos muy baratos porque tienen un índice de escasa calidad y de explotación intensiva.

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