Editorial

En defensa del libre comercio...

El gran temor en los mercados –especialmente en Latinoamérica y Asia– es que Trump eleve los aranceles de importación para revertir el proceso de deslocalización de las empresas estadounidenses

Donald Trump, presidente electo de EE UU.
Donald Trump, presidente electo de EE UU. Reuters

España no es miembro del club de países cuyas empresas están seriamente preocupadas por el programa electoral de Donald Trump en materia de comercio exterior. Pese a que los primeros gestos del imprevisible presidente electo apuntan a que podría bañar en cierto pragmatismo los puntos más ácidos de su programa, las compañías europeas tienen razones para estar alerta. Tratados de libre comercio como el que ha estado negociandose entre EEUU y la UE –el TTIP–, el acuerdo con Canadá y México –NAFTA– y el Tratado Transpacífico con doce naciones americanas y asiáticas, están de momento pendientes de cuál será la hoja de ruta de la nueva Administración estadounidense. El gran temor en los mercados –especialmente en Latinoamérica y Asia– es que Trump eleve los aranceles de importación con el objetivo de revertir el proceso de deslocalización de las empresas estadounidenses y penalice con ello el comercio internacional. Un problema que no afecta gravemente a las compañías españolas por la estrecha cuota exportadora que mantienen con Estados Unidos. Washington apenas absorbe el 4,4% de las ventas españolas al exterior y es el responsable del 4,6% de las importaciones de España. Las cifras de inversión también son exiguas. Las compañías estadounidenses dedicaron a inversión en España 1.581 millones de euros en 2015, un 7,3% del total. A todo ello hay que sumar que el intercambio comercial con EE UU está ya actualmente sometido a importantes barreras arancelarias. Hasta el punto de que las empresas españolas han presentado denuncias ante la Secretaría de Estado de Comercio en las que alertan sobre prácticas que vulneran el libre mercado en las relaciones comerciales con el país.

En contraste con estas cifras, el tejido empresarial español focaliza su actividad exterior en la Unión Europea: el 70% de sus exportaciones se dirigen a los otros 27 países de la UE. Los años de la crisis no han logrado que cuaje un cambio en el mapa exportador con miras a aumentar la diversificación de las ventas, pese a que los países europeos mantienen un crecimiento más débil que el mercado estadounidense. En un contexto como este, la primera asignatura de España es comenzar a redirigir parte del comercio exterior hacia un país que ofrece enormes posibilidades económicas y, al tiempo, un potente proteccionismo en sectores estratégicos. El segundo objetivo, ya dentro del marco negociador que desarrolla la UE, es optimizar al máximo los acuerdos y reglamentaciones como los que se pretendían en el práticamente frustrado TTIP, y hacerlo con el convencimiento de que esas conversaciones se llevarán a cabo frente a un Washington todavía más duro de lo que ha sido hasta ahora. Todo apunta a que tras las elecciones estadoudenses, se abre una etapa en la que el libre comercio será un bien que habrá que vigilar y defender.

....pero siempre con reglas claras

El comercio libre es uno de los motores del crecimiento en el mundo, y todos los intentos de limitarlo, como los comentarios recientes de Trump en la campaña norteamericana, resuenan como un trasnochado eco extemporáneo. Pero la libertad debe basarse en reglas muy claras que deben ser respetadas por todos, puesto que en caso contrario, los tratados santificarían la propia ley de la selva. Europa mantiene desde hace años, pero intensificada desde que la crisis económica llegó a China en los últimos ejercicios, un intenso tira y afloja por las condiciones en las que los fabricantes asiáticos venden los productos metalúrgicos en el Viejo Continente, con grave daño para empresas como Arcelor o Acerinox. Ayer la Comisión anunció nuevos aranceles para la importación de tubos sin soldadura y tuberías de hierro y acero, que se utilizan en la construcción de centrales eléctricas, petrolíferas o gasísticas, por considerar probado que se trata de dumping (vender a precios inferiores a los que pueden colocarse en China). En este caso, es el vigilente del mercado, la Organización Mundial del Comercio, quien permite tales sanciones por considerar que se rompen las normas del libre comercio. Hay que recordar que en una economía globalizada no es posible el comercio sin reglas y no hay equilibrio sin que todos las acaten.

 

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