Editorial

Combatir la desigualdad y el populismo

El FMI y el BCE desmienten a sus críticos y se preocupan por reducir la brecha social. No se trata de volver a políticas irreponsables

De izquierda a derecha, el director adjunto del Departamento de Investigación del Fondo Monetario Internacional (FMI), Gian Maria Milesi-Ferretti, el economista jefe del FMI, Maurice Obstfeld, la jefa de estudios del Departamento de Investigación, Oya Celasun, y un mimebro del departamento de comunicación, Olga Stankova.
De izquierda a derecha, el director adjunto del Departamento de Investigación del Fondo Monetario Internacional (FMI), Gian Maria Milesi-Ferretti, el economista jefe del FMI, Maurice Obstfeld, la jefa de estudios del Departamento de Investigación, Oya Celasun, y un mimebro del departamento de comunicación, Olga Stankova. EFE

Si el Fondo Monetario Internacional (FMI) ha sido caricaturizado tantas veces como bastión del neoliberalismo, o del capitalismo salvaje, sus últimos mensajes habrán descolocado a sus críticos. El organismo alerta de que para frenar los populismos –que hoy conllevan un riesgo evidente de retroceso en la apertura económica– hay que combatir la desigualdad social, ahora un tema central de su discurso.

“El crecimiento ha sido demasiado bajo durante demasiado tiempo y los beneficios han llegado a muy pocos”, son las palabras del economista jefe del FMI, Maurice Obstfeld, en la presentación de su informe de previsiones económicas. Su receta ante esta situación, “que los Gobiernos gasten más en educación, tecnología e infraestructuras para elevar la productividad mientras que se den pasos para reducir la desigualdad”. Ello no obsta para que abogue por reformas en el mercado de trabajo “para impulsar la participación de la fuerza laboral, reducir las barreras de entrada y mejorar la formación de los trabajadores”. Y, por último, el Fondo apoya la apertura de las fronteras a la inmigración como remedio al envejecimiento de la población y la reducción de la población activa.

El mensaje no es incoherente con los objetivos del FMI, guardián de la estabilidad económica. También el Banco Central Europeo, por boca de su presidente Mario Draghi, ha apelado a subir los salarios, porque “llevan años creciendo por debajo de la productividad”. Y también él pide cierta expansión fiscal centrada en la inversión en infraestructuras. Declaraciones ambas que se salen de la ortodoxia dominante estos años, con el acento puesto en la austeridad.

La desigualdad social, caracterizada en los países desarrollados por un empobrecimiento de la clase media, alarma ya al mundo económico más atento a las tendencias mundiales. La sensación de ser los perdedores de la globalización provoca en amplias capas sociales una desafección generalizada hacia el sistema político y económico. Y de ahí los populismos. El giro hacia el nacionalismo, cuando no a la xenofobia, en muchos países debe hacer reflexionar. Del triunfo del brexit al referéndum húngaro contra los refugiados, de las izquierdas que se dicen alternativas al fenómeno Donald Trump, sobran los ejemplos que indican el fin de los consensos con los que se construyó el orden internacional tras la Segunda Guerra Mundial, sustituidos por propuestas extremistas o utópicas, cuando no ambas cosas.

Los mensajes de los organismos supranacionales cambian porque se enfrentan a una nueva realidad. No es momento de volver a políticas irresponsables: para eso ya están los populistas. Pero, desde el rigor y la disciplina presupuestaria, cabe orientar la política económica a estimular el crecimiento y, al mismo tiempo, frenar la brecha social que impulsa a los enemigos de una economía abierta.

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