Tribuna

Papeles, ética e ingeniería jurídica

De qué nos sorprendemos? No seamos cínicos. Tampoco nos rasguemos en público las vestiduras. Nada nuevo bajo el sol. Es la realidad, esta vez sin espejos convexos ni cóncavos. Más allá del callejón del gato. El espejo y reflejo de la sociedad, todas las sociedades. Tolerante con la corrupción, con el fraude, con el engaño. Condición humana. Eso sí, en estado puro.
La revelación de los papeles de Panamá no esconde nada que antes no se hubiere hecho, dicho, oído y hablado. Llámese Panamá, llámense otros países, y paraísos fiscales. No importa la objetividad, pues en la propia Unión Europea hay aún ocho países que consideran a ese país como paraíso fiscal, España dejó de considerarlo hace cinco años. Por su parte Panamá consideraba al país que así lo tachaba de lo mismo. De modo que las empresas que querían concurrir a licitaciones públicas en el país centroamericano se quedaban en exclusas. Como las que se construyeron para el canal ampliado.
Es, de nuevo, la realidad la que florece, o simplemente la que algunos dejan florecer. No sabemos aún hasta dónde, ni tampoco el ímpetu. Ni siquiera cómo ha sido posible que esta información haya salido a la luz. Hecho poco frecuente y que debe, por lo menos, y por lo que significa, abrir una tímida puerta hacia la esperanza, la verdad, la transparencia, pero sobre hechos, no en los discursos. Políticos, empresarios, deportistas, famosos y un largo etcétera han constituido, o les han constituido, sociedades mercantiles. Como tal, nada que objetar. La cuestión es la finalidad para la que se constituye y cómo esta sociedad y el objeto de la misma, simulado cuando menos, disimulado en todo caso. Sociedades en jerga sajona, offshore. ¿Por qué y para qué se constituyen? ¿cuál es la finalidad?, ¿únicamente evasión fiscal? ¿quién ha creado y quién ha ayudado a crear estas empresas, a buscar testaferros, hombres de paja, sociedades instrumentales o como bien ha señalado alguna doctrina mercantilista reciente “estafermos”? ¿cuál ha sido verdaderamente el papel o papeles que desempeñan unos y otros? ¿de quién es la responsabilidad entendida ésta en sentido amplio y también la particular del titular último de estas sociedades? ¿quién conoce verdaderamente la identidad real de los titulares últimos y mediatos, que no inmediatos de esas fortunas y quizás lo más grave y peligroso, la procedencia de ese dinero? ¿quién es cómplice de quién? ¿y cuantos negocios hay o existen en todo esto?
La prensa y el equipo que ha hecho público esta maraña en cascada de miles de sociedades nombra a determinadas entidades financieras. Algunas ya han ofrecido sus explicaciones. Otras callan. Otras trasladan toda responsabilidad fiscal al titular de las mismas quién en última instancia es quién debe tener regularizada su situación tributaria en el país o países que fueren.
Más allá del morbo y la mera carnaza política, está una práctica, unos hechos que se han llevado a cabo de modo calculado y con toda una estructura jurídica, auténtica ingeniería jurídica, de constitución de sociedades, búsqueda de administradores, presentación de cuentas, ocultación a las Haciendas de otros países, circulación o tráfico de capitales, operaciones vinculadas y un largo etcétera que no están al alcance meramente conceptual siquiera de los ciudadanos normales. Opacidad, frialdad, finalidad, superestructuras, ocultación. Es decir, dinero oculto a Hacienda. Creación de sociedades que necesitan la participación y concurrencia de otros actores para llevarlas a cabo. Actores y actuaciones donde la ética y el rigor, la ejemplaridad y un largo etcétera conviven mal con el conocimiento real de la finalidad constitutiva de sociedades donde una sola persona puede ser administrador de cientos, también miles de sociedades. Arcanos de una forma de ser, de comportarse y de trabajar.
Estos papeles quizás solo sean la punta de un iceberg, quizás acabe todo en una regularización o amnistía fiscal. ¿Recuerdan? Pero son también la radiografía más exacta de una realidad y unas finalidades que nos empeñamos en borrar, en silenciar, en ignorar. Recuperemos la credibilidad, la convicción, la capacidad, la confianza. Recuperemos en nuestras sociedades sin conciencia la ejemplaridad. Miseria moral, comportamientos humanos que no han sido dignos. Pero la política, la empresa, el deporte, lo jurídico, lo económico, han y deben ser dignos y hay mucha, mucha gente, muchos políticos, empresarios, deportistas, etc., honrados y dignos. No lo olvidemos. Ni clase ni casta, sino políticos, administradores, gestores, empresarios.
Es hora de asumir una responsabilidad ética, límpida y desnuda, objetiva y veraz. También de exigir responsabilidad, a todos, empezando por nosotros mismos. Un nítido realismo de una situación erosionada y donde los valores se han devaluado. Es hora de reivindicar a las sociedades y sus valores, a la política, a la empresa y una sociedad comprometida y seria. Recuperemos la dignidad, la decencia, la honestidad. Basta de tanta mentira y tanto descaro sin siquiera sonrojo. En España y fuera. Pues esto es a nivel mundial. Países y sociedades mediocres, corruptos.
Acriticismo y sociedad vigilada, demagogia sublime pero vacua. Huida y silencio, acomodo e individuos sin cualidades ni atributos. Y en medio el ciudadano, el protagonista ausente, el mero convidado de piedra que ni siquiera discrepa, reflexiona y critica.
Regenerar una sociedad, regenerar la vida política y económica y social, las reglas del juego tantas veces traspasadas deliberada y caprichosamente. Regenerar y liderar. Levantemos la hojarasca, limpiemos la costra con bisturís afilados de prudencia y de arrestos de decisión, con vientos de convicción y la fuerza que la verdad y la razón nos depara y está de nuestro lado. Reivindiquemos la honestidad, la dignidad como país y sociedad. La dignidad.

Abel Veiga es Profesor de Derecho Mercantil en Icade