Editorial

El modelo productivo y su financiación

Los modelos productivos de los países desarrollados no son responsabilidad de una decisión instantánea, sino que se conforman con el diseño de las políticas económicas de décadas, cuando no de siglos, y en las que intervienen también las creencias religiosas o las preferencias culturales. Se ha escrito por largo sobre la influencia diferente de las distintas religiones cristianas en el comportamiento económico de las sociedades, y sobre lo determinante que es también en aquellas del extremo oriente del planeta o en las que conviven con el Islam. Pero en la etapa contemporánea, desde que la revolución industrial ha puesto a disposición de todas las sociedades casi los mismos instrumentos para el progreso, son las instituciones públicas y el diseño de las políticas económicas las que determinan el modelo productivo.
El español ha virado en las últimas décadas desde la industria a los servicios y la actividad inmobiliaria por las decisiones de los Gobiernos, que han colocado los incentivos precisamente en la propiedad inmobiliaria, y los han ignorado en la iniciativa emprendedora e industrial. Así, se ha construido un modelo demasiado vulnerable a las crisis, tanto por el nulo recorrido de largo plazo que tiene la actividad constructora e inmobiliaria, como por la ingente cantidad de recursos financieros que absorbe, y que maniata las decisiones de gasto e inversión de los agentes privados por una temporada muy larga para poder financiar las casas.
El mejor termómetro para medir la intensidad con la que la economía se vuelva en cada actividad económica es el reparto del crédito, ya que sin financiación es imposible movilizar la inversión. Y en el caso de España llama poderosamente la atención el trasvase de los recursos desde la industria y los servicios hacia la actividad inmobiliaria (construcción, rehabilitación, intermediación comercial y adquisición de vivienda). Hace unos 25 años, al inicio de los noventa, la industria absorbía un 23% de los créditos concedidos, casi un euro de cada cuatro, mientras que ahora solo concentra el 8%, menos de uno de cada diez. Hace 25 años, la actividad inmobiliaria solo retenía el 32% de la financiación de la economía, un euro de cada tres, y en el boom inmobiliario llegó hasta el 62%, casi dos euros de cada tres, para descender muy lentamente después hasta el 55,1% de los recursos ahora mismo.

El efecto de las políticas que llevaron a esta metamorfosis del modelo productivo ha sido devastador. Ahí están las casas, desde luego, 1,6 viviendas por hogar, nada menos. Pero las familias tienen que devolver la mitad de los préstamos concedidos por la banca para financiar casas en muchos casos a unos precios que no han logrado mantener, con lo que ello supone de incapacidad para atender otros proyectos de inversión, y otras decisiones de consumo que estimularían otras actividades empresariales.
Pero por el camino, este modelo desequilibrado y desequilibrante, se ha llevado por delante a casi la mitad del sistema financiero, y, tras haber puesto al Estado en jaque, ha engordado la deuda pública hasta niveles cercanos al repudio de los mercados financieros. A España le espera un larguísimo invierno para lograr recomponer las finanzas públicas y devolverlas a cotas fáciles de financiar y que sean compatibles con el estímulo de otras actividades, preferentemente industriales, aquellas que soportan mejor las embestidas de las crisis financieras. Un nivel que no ejerza un paralizante efecto crowding out sobre la economía, y que libere también recursos públicos suficientes para rectificar lo que se hizo mal tanto tiempo con los incentivos.

España tiene nichos productivos muy exitosos en el mundo, tanto en la provisión de servicios como en la fabricación y comercialización de manufacturas de un elevado grado de tecnología. En ellos debe volcar los esfuerzos, así como en una mejora cualitativa de la educación secundaria y universitaria y la formación profesional, ensanchando también las posibilidades de los emprendedores e investigadores para incrementar el potencial tecnológico e industrial del país. Todo lo que se haga en tal sentido proporciona retornos, y por ello todo será siempre poco. Ese sí debe ser el primer objetivo nacional, sobre todo en un país muy vulnerable a las crisis y con cotas de desempleo que sonrojan.