Editorial

Los mercados temen una vuelta atrás

Las dudas de los inversores sobre la fortaleza de la economía global han llevado a los mercados europeos a cerrar la semana en números rojos. Así ha ocurrido también en el caso del Ibex 35, que el viernes terminó la jornada con una subida del 2,25%, pero perdió un 6,8% en el conjunto de la semana, impulsado por el mal comportamiento de la banca, que se halla de nuevo en el ojo del huracán y que concentra buena parte de las inquietudes de los inversores. Con la mirada puesta en la próxima reunión del Banco Central Europeo, en la que Mario Draghi podría anunciar medidas que alivien la tensión sobre el sector, todo apunta a que la evolución inmediata de los valores bancarios continuará siendo volátil. La imagen más notoria de esa desconfianza que recorre Europa es la situación de Deutsche Bank, que acumula una caída del 60% en seis meses, tras haber sufrido abultadas pérdidas extraordinarias el año pasado. El anuncio de la entidad, que el viernes comunicó que recomprará 4.800 millones de euros en bonos emitidos por el propio banco, impulsó casi un 12% el valor en la sesión.

Pese a ello, los descensos se han extendido a buena parte de los valores, con independencia de su área de negocio o de su fortaleza empresarial. Ello sugiere que la tormenta que está sacudiendo las Bolsas se debe más a las dudas sobre la situación económica mundial que a la fragilidad de un sector concreto. Tras el castigo de los inversores a la banca –excesivo, a juicio de la mayor parte de los analistas– subyace el temor a que las dificultades del sector sean un anticipo de la llegada de una nueva recesión. No en vano una mirada sobre la economía global no deja dudas sobre la fragilidad de un mapa que incluye a una Europa que arrastra los rescoldos de la crisis; a un gigante como China, inmerso en un proceso de desaceleración, paralelo a la transformación de su modelo de crecimiento; a unas materias primas en caída libre y a una anemia generaliza en cuanto al ritmo y vigor del crecimiento.

Un análisis del estado del sector financiero revela dificultades, pero también confirma una reacción excesiva por parte de los inversores, especialmente sensibles ante el riesgo de una vuelta a la recesión. Como corresponde a la función que ejerce este sector –irrigar crédito a la economía– la banca repercute en sus balances los problemas que amenazan el crecimiento global. A ellos hay que sumar focos de inestabilidad específicamente europeos, como es el caso de los coletazos de la crisis griega o la enorme cartera de créditos morosos que arrastra la banca italiana. Roma negocia con Bruselas un plan de saneamiento en forma de rescate blando que habrá de afrontar un agujero cifrado, según algunos cálculos, en unos 200.000 millones de euros. Las entidades bancarias griegas e italianas son las más penalizadas por los inversores. El resto del sector ha de afrontar las limitaciones que impone la coyuntura actual, con un entorno de tipos bajos de interés y un estrechamiento de márgenes en el negocio.

Frente a este delicado escenario, las autoridades europeas defienden, con razón, que estamos ante una ralentización del crecimiento mayor de lo esperado y no de una recesión. Desde Bruselas se descarta también que Europa se halle en la antesala de una crisis financiera y se insiste en que no se puede hablar de deficiencias sistémicas, sino de la mala situación de entidades financieras concretas. Más allá de ese diagnóstico, realista y equilibrado, el riesgo que reflejan los mercados transmite desconfianza ante la escasa solidez de la recuperación de la economía europea. Los discretos ratios de crecimiento de los países miembros de la moneda única evidencian algo que no es ningún secreto: que buena parte de Europa no ha hecho todavía sus deberes, y que la política reformista que ha llevado a cabo España en estos últimos años constituye una asignatura pendiente para otros de sus socios. Aun en el caso de la economía española, ese ejercicio de liberalización y transformación no ha sido ni mucho menos terminado. Continuar con él será la principal tarea para esta nueva legislatura y para el nuevo Gobierno. Un reto que incluye consolidar la recuperación y blindar en lo posible a España frente al riesgo, siempre vivo, de una nueva recesión.