Tribuna

Hacia una economía hipocarbónica

El término hipocarbónico es una adaptación al español de low carbon economy, concepto que establece que en una economía –y una sociedad– baja en carbono, las emisiones de CO2 son inferiores a las requeridas para estabilizar a largo plazo su concentración en la atmósfera.

La UE se ha erigido en líder mundial de los esfuerzos para descarbonizar la economía y ha formado parte de la high ambition coalition en la reciente COP21, poniéndose como meta para 2030 que sus emisiones de CO2 sean un 40% inferiores a las de 1990. El seguimiento de esta tendencia no es similar en EE UU, China o India, responsables de la la mitad del CO2 mundial. Y sin su contribución, los loables esfuerzos europeos –cuyas emisiones suponen el 10% del total– tendrán poca repercusión directa.

Las primeras consecuencias de las políticas para una economía baja en carbono ya están aquí, aunque no seamos conscientes de ello. Las directrices para su implantación afectan a todos los órdenes de la actividad económica. Así, se están destinando notables recursos a I+D+d en este ámbito, con importantísimas inversiones y la generación de nuevas oportunidades de negocio, de las que algunas se materializan y otras terminan en sonados fracasos. Tanto es así, que los escépticos opinan que no habría relación entre reducir las emisiones de CO2 y la mitigación del cambio climático sino que it’s just business. El tiempo ayudará a confirmar quién tenía razón.

El reciente acuerdo de la COP21 ha marcado una trayectoria imprecisa hacia una economía con emisiones reducidas de gases de efecto invernadero (GEI) de los que el CO2 supone aproximadamente el 75%. No de manera explícita en el acuerdo de París, pero sí en la estrategia marco de la UE, está el objetivo de “dejar atrás una economía propulsada por los combustibles fósiles” mediante el impulso a las renovables. A día de hoy, la contribución de los fósiles al consumo de energía primaria en la Unión Europea es del 73%, lo que da un índice del reto que supone esta transformación perseguida.

Con los esquemas tecnológicos actuales y de los próximos años se hace difícil sustituir de manera efectiva el carbón, el gas natural y en particular el petróleo en la industria del refino, química y petroquímica, siderúrgica o cementera. Si a esto añadimos la disponibilidad de nuevos recursos de gas y petróleo por las nuevas técnicas de explotación y los mínimos precios vigentes, habrá todavía petróleo disponible y barato para más de 40 años. Y ello supone competencia para las renovables en este sector y en otros.

La descarbonización de la electricidad avanza de manera clara en la UE. En la España peninsular, las energías renovables –no exentas de emisiones de CO2– han aportado el 43% de la electricidad en 2014. Pero detrás de esta cifra hay otras que incluyen sobrecostes, primas reajustadas a posteriori y precios de la electricidad altos en comparación con otros países. Y capacidades excedentarias, inversiones ruinosas en ciclos combinados o decisiones masivas de inversión en nueva generación renovable en fases tempranas de la curva de aprendizaje.

El modelo de producción y distribución de electricidad puede experimentar una reconfiguración en la que actores con centros de generación grandes o medianos podrían gestionar, además, la contribución de productores con capacidad de generación distribuida –y almacenamiento local o en vehículo eléctrico–. Y si añadimos la electrificación de la demanda con mejoras de eficiencia energética –en particular para uso doméstico y servicios–, la contribución eléctrica a la reducción de emisiones puede ser muy significativa.

En el transporte aéreo y pesado por carretera, los biocombustibles de primera generación no suponen ahorro de emisiones netas en línea con lo requerido, y a los avanzados les queda algún tiempo para alcanzar disponibilidad. Para el automóvil, las normativas comunitarias llevan de manera efectiva a la reducción de emisiones con un menor consumo. La penetración eléctrica está siendo lenta en este sector mientras las tecnologías de almacenamiento no permitan mayor autonomía y menor tiempo de recarga. Pero las mejoras de eficiencia asociadas pueden ser significativas.

El liderazgo de la UE se traduce en grandes cambios en la vida diaria, no siempre perceptibles a primera vista, que a su vez originan la aparición de nuevos negocios –unos rentables y otros auténticos fiascos– y la extinción de otros. Todos los órdenes de la actividad económica se ven afectados, en numerosas ocasiones incluso con la pérdida de competitividad para la industria europea. ¿Y ese es el precio a pagar por ser los primeros?

Vicente J. Cortés es Presidente de INERCO