Tribuna

Estabilidad financiera y cambio climático

Este año hay un nuevo plato fuerte en la reunión de otoño del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional con los gobernadores de los bancos centrales y los ministros de Finanzas. Mark Carney, presidente del Financial Stability Board (FSB, en adelante) y gobernador del Banco de Inglaterra, ha sido invitado a presentar un informe con recomendaciones sobre los riesgos que para la estabilidad financiera global supone el cambio climático. Junto a él estarán también los responsables del informe Inquiry sobre los desafíos y necesidades del sistema financiero para promover un desarrollo sostenible. Básicamente, se hace imprescindible avanzar en tres direcciones: reducir la vulnerabilidad por exposición excesiva a una alta intensidad en carbono; promover instrumentos para financiar la transición a una economía baja en carbono y, por último, invertir en mayor resistencia a shocks climáticos.

La inclusión del cambio climático en la agenda de los ministros de Finanzas viene de antiguo. También la presencia de este asunto en las decisiones de los bancos de desarrollo. Lo que cambia, desde ahora y para siempre, es la perspectiva. Ya no se trata de cuánto más dinero público se ofrece para alimentar la solidaridad internacional o atenuar los efectos de las catástrofes naturales. Ni siquiera de la más sofisticada pretensión de poner un precio al carbono, ya sea a través de mercados de cupos de emisión o una fiscalidad ambiental bien diseñada. La alarma es mucho más profunda y viene precedida por más de un lustro de trabajo riguroso iniciado por un grupo de académicos y analistas financieros británicos que, de modo convincente, han ido explicando en distintos foros de inversores y analistas los riesgos de no saber evaluar bien la rentabilidad o depreciación de activos como consecuencia de su nivel de exposición a los efectos del clima (ya sean efectos físicos o regulatorios).

El punto de partida es sencillo: si dos tercios de las reservas probadas de combustibles fósiles han de quedar bajo tierra para garantizar la seguridad climática, ¿por qué los mercados no descuentan la fuerte depreciación que esto supone para los tenedores de esos activos? La respuesta es casi evidente: no hay un análisis sistémico de los riesgos físicos y regulatorios que plantea el cambio climático. El problema, por tanto, puede ser grave: su falta de consideración no significa que el riesgo no exista.

Sobre estas premisas, el FMI y bancos de desarrollo, grandes compañías reaseguradoras, fondos de inversión e institucionales empezaron a explorar su nivel de exposición a estos riesgos y el modo en el que podían responder. La conclusión provisional de todos ellos coincide: aprender a evaluar, fortalecer la transparencia al respecto y diversificar riesgos –cuando no, directamente, desinvertir dejando caer de la cartera los activos más intensivos en carbono–. Algunos reguladores han comenzado incluso a aproximarse a esta agenda. Por ejemplo, el propio Mark Carney encarga a la Prudential Regulatory Authority del Banco de Inglaterra un análisis sobre los riesgos financieros que el cambio climático puede suponer para el sector del seguro. También es significativo el papel desempeñado por el Gobierno suizo quien, en el contexto del Inquiry, junto con la patronal bancaria y el sector del seguro y reaseguro deciden profundizar su conocimiento sobre este asunto con la intención de iniciar un proceso de transformación del sector que asegure su viabilidad.

Las conclusiones apuntan la necesidad de tomarse este asunto muy en serio. Tanto es así que, en abril, los gobernadores de bancos centrales y ministros de Finanzas del G20 encomiendan al FSB la preparación del informe con recomendaciones que se ha de presentar en Lima. Su presidente ya ha avanzado algunas recomendaciones durante un acto público en la sede de Lloyds en Londres el pasado 29 de septiembre. A su juicio, lo que hoy se percibe como un desafío puede llegar a ser un peligro de grandes dimensiones para la estabilidad económica y financiera global. Por ello, sugiere facilitar al inversor herramientas para comparar la intensidad de carbono de alternativas parecidas, crear un grupo de trabajo para elaborar una propuesta de transparencia e información sobre intensidad de carbono y no perder tiempo. Una vez que el cambio climático se haya convertido en factor decisivo para la estabilidad financiera, será demasiado tarde para el inversor incauto. ¿Afecta esto en algo a España?

Teresa Ribera es Directora del Instituto para el Desarrollo Sostenible y relaciones Internacionales (IDDRI).

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