Tribuna

Los dilemas de nuestro crecimiento

Por mucho que le duela a la prensa británica, la eurozona se ha consolidado como la tercera economía del mundo por volumen de PIB, detrás de la UE y EE UU. Diecinueve estados y 338 millones de personas integran la eurozona, y la moneda única constituye el 25% de las reservas mundiales. A pesar de la irresponsabilidad de Syriza y Tsipras, Irlanda y Portugal se graduaron del rescate y un euro aún vale más que un dólar. España en 2015 seguramente crecerá un 3,3%, la tasa más alta de cualquier país desarrollado. Triplicamos la media de crecimiento de los países de la eurozona, y el crecimiento se está acelerando. Aumentó un 1% en el segundo trimestre respecto al primero, situando el incremento interanual del PIB en 3,1%, una cota que no lográbamos desde 2007.

Después de la creación de 477.000 empleos en el último año, se prevé la generación de 602.000 en 2015. Nuestro ritmo de crecimiento es sostenible porque además del reciente tirón de la demanda interna y la inversión, continúan batiendo récords nuestras exportaciones. En el primer semestre de 2015, registraron un incremento interanual del 4,9% y alcanzaron 125.000 millones, récord de la serie histórica desde 1971. El enorme esfuerzo realizado por las empresas en reducción de costes nos ha permitido alcanzar tasas muy destacadas en exportaciones de bienes con alto valor añadido, así como una diversificación geográfica que nos protege ante los vaivenes de otras regiones. Aunque el 64% de las exportaciones tuvieron a países de la UE como destino en el primer semestre, siguen aumentando espectacularmente las dirigidas a otras potencias.

La evolución de la inversión en capital fijo es asimismo positiva (6,4% en 2015) y la construcción crecerá por primera vez desde 2007 (5,5%). El ciclo virtuoso generado por la reducción del precio del petróleo, tipos de interés muy reducidos y una inflación mínima garantiza también la sostenibilidad de la expansión. A pesar de este cuadro macroeconómico sobresaliente, parte de la sociedad española continua expresando su descontento. En parte se debe al mantenimiento de una elevada tasa de desempleo. El 21% oficial, sin embargo, no refleja la realidad debido a que la economía sumergida proporciona ingresos a muchas personas. Otra fuente de disgusto popular es la corrupción cometida. La justicia ha imputado a más de 200 banqueros y cargos públicos.

Debemos meditar sobre la gestión de nuestra extraordinaria expansión, fruto del sacrificio de la población y del acierto del gobierno. La mayoría de españoles reclama una disminución de impuestos e incrementos salariales y de prestaciones. El crecimiento y reducción del déficit público otorga algo de margen para la reducción del IVA de algunos productos, además de la ya aprobada para el IRPF. Pero las mayores importaciones debidas a la expansión del consumo están ralentizando el ritmo de disminución de nuestro déficit comercial, que excluyendo energía arroja ya superávits. Vuelve a proliferar la venta de coches de lujo en España. La crisis de muchas potencias emergentes, con la consiguiente salida de capitales, se agudizará seguramente con una futura subida de tipos de interés en EE UU. Todo ello aconseja prudencia. No controlamos la evolución de la economía internacional. Para completar la transformación de la economía española y asegurar su sostenibilidad a largo plazo, deberíamos fijarnos en ejemplos como el de Noruega.

A pesar de tener la renta per cápita más alta de Europa (61.410 euros), los gobiernos y la población noruega han asumido que sus exportaciones de petróleo tienen fecha de caducidad y en 1990 crearon un fondo de pensiones gubernamental cuyo valor actual asciende a 786.000 millones de euros.

Es el primer accionista de Europa y genera beneficios invirtiendo en empresas con altos estándares laborales y medioambientales. Los noruegos no exigen de sus gobiernos menores impuestos o más prestaciones, y entienden que su fondo soberano garantiza el mantenimiento del estado del bienestar para futuras generaciones. Pero además pagan un cantidad equivalente al 100% del precio de compra de un automóvil en impuestos. La prosperidad generada por nuestro crecimiento no debería alimentar otra vez un consumo excesivo. Las empresas y los particulares que invierten en su salud o educación deben aprovechar los tipos de interés mínimos. Pero no repitamos los excesos que profundizaron la crisis.

Alexandre Muns es Profesor EAE Business School.

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