El Foco

La izquierda radical y el Estado de bienestar

Se podría argumentar que uno de los grandes logros de la civilización moderna es el Estado de bienestar. Economías basadas en el libre mercado y los incentivos que genera para la innovación y la creación de riqueza, junto a un sistema de servicios sociales amplio y generoso. Con independencia del partido político que haya gobernado, y teniendo en cuenta los ciclos económicos, esa combinación se ha mantenido de forma generalmente estable.

Pero hemos de tener en cuenta que el Estado de bienestar moderno no se paga solo. Es necesario que el Estado obtenga recursos económicos recurrentes para poder pagar los sueldos, subvenciones, y pensiones. Aquellos que desean que el Estado de bienestar moderno pueda seguir siendo posible deberían recordar que las dos maneras más eficientes y seguras de poder hacerlo es a través de un sector privado exitoso y amplio, que garantice elevados ingresos por impuestos, y a través de acceso continuo y a buen coste a los mercados financieros, que garantice la posibilidad de pedir prestado. Sin sector privado, y sin acceso a financiación, las posibilidades de obtener recursos serían mucho menos eficientes y mucho menos seguras: ayuda del sector oficial (no garantizada y no para siempre) e impresión masiva de billetes (con el riesgo de cobrar en una moneda muy poco valiosa). Cualquier país que aspire a contar con un Estado de bienestar moderno debe intentar no destruir su sector privado ni sus posibilidades de acceder a financiación de mercado.

Bajo Syriza, el acceso a financiación y la salud del sector privado se han colapsado de forma drástica

Hace unos pocos meses, Grecia eligió como Gobierno un partido político denominado Coalición de la Izquierda Radical (Syriza) cuya ideología principal se basa en el incremento substancial de la presencia estatal en la economía. Muchísimos votantes de Syriza lo hicieron en base a un deseo de reforzar el Estado de bienestar griego, ya de por sí famoso por su generosidad. Hoy, esos votantes se enfrentan a una paradoja: bajo Syriza, tanto el acceso a financiación como la salud del sector privado (y, por tanto, la recaudación de impuestos) se han colapsado de forma drástica. El partido que llegó al poder impulsado por un deseo de más Estado tiene grandísimas dificultades a la hora de poder permitirse más Estado. Los mercados no prestan (pese a que Grecia había recobrado el acceso a mercados poco antes de las elecciones), el sector oficial quiere prestar, y mucho, pero Syriza no accede a las condiciones; la economía ha vuelto a la recesión (pese a crecer en 2014); los bancos están en situación de quiebra al ponerse en peligro el acceso a fondos oficiales por la negativa de Syriza; cientos de empresas privadas cierran todas las semanas y los ingresos gubernamentales se han colapsado como consecuencia de todo esto.

Asumiendo, no de forma totalmente irracional, que esta tendencia se recrudecerá, Syriza no va a disponer de recursos (en euros) para poder mantener el nivel de gasto público actual y mucho menos incrementarlo. Sus actitudes y decisiones le van a impedir cumplir su promesa electoral básica. El Estado de bienestar griego está en grave peligro. Sin recaudación de impuestos y sin acceso a financiación es imposible pagar esos sueldos, esas subvenciones y esas pensiones. Imposible.

No tenía por qué haber sido así. La quiebra del Estado y de la banca (afectando directísimamente al resto de empresas del sector privado) era perfectamente evitable: el sector oficial ofrecía una línea de crédito salvadora. Si Syriza hubiese aceptado la línea de crédito de la Troika, el acceso a financiación oficial hubiese sido amplio (incluyendo un nuevo rescate y acceso privilegiado a fondos del BCE, tanto para el Gobierno como para los bancos). Grecia hubiese podido cumplir con sus obligaciones e incrementar las posibilidades de retornar a la autonomía financiera en los mercados. La incertidumbre económica se hubiese reducido; los bancos estarían a salvo y podrían otorgar crédito; el sector privado gozaría de mucha mejor salud y los ingresos por impuestos serían mayores. Un de Syriza a la oferta de la Troika hubiese facilitado mucho más un gasto público elevado en euros (sobre todo cuando esa oferta no imponía recortes de gasto efectivo).

Sus actitudes y decisiones le van a impedir cumplir su promesa electoral. El Estado de bienestar peligra

Acabamos, por tanto, de ver en Grecia que las actitudes y decisiones de un Gobierno de izquierda radical pueden, al aislar financieramente al país y ahogar al sector privado, acabar poniendo en peligro el Estado de bienestar moderno y generoso que conocemos.

Los partidarios de la izquierda radical podrían argumentar, y lo hacen, que ni la financiación ni el sector privado son importantes o necesarios, dado que siempre existe el recurso de la máquina de imprimir billetes (dracmas, en el caso griego, y una vez que la escasez de euros fuerza al país fuera de la Eurozona). Y es cierto que un Gobierno puede pagar las cantidades que quiera en pensiones, subsidios y sueldos de funcionarios si lo hace en una moneda que puede imprimir sin freno. Pero quizás el poder adquisitivo de ese dinero pueda caer bajo sospecha muy rápido. Quizás los pensionistas griegos que votaron a Syriza acaben añorando esos antiguos pagos en euros, preguntándose por qué los mercados ya no financian su pensión y por qué las empresas privadas colapsaron, mientras contemplan los nuevos billetes de un millón de dracmas.

El concepto de Estado de bienestar moderno es algo demasiado preciado como para arriesgar su existencia y viabilidad. Es un auténtico vehículo de solidaridad y prosperidad social. Mientras se mantenga un sano equilibrio, evitando los excesos, entre sector privado (el financiador) y el sector público (el receptor), el sistema generará riqueza, modernidad y estabilidad. Toda acción que, por error o intencionadamente, destruya las fuentes de sustento principal de ese sistema habrá hecho un daño irreparable al progreso económico y social de un país.

Pablo Triana es profesor en Esade Business and Law School

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