Una joya desconocida en el corazón de Europa

Sorprendente, acogedora, diversa... Así es Eslovenia, un pequeño país situado al abrigo de Italia, Austria, Hungría y Croacia

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El encuentro de las cuatro grandes unidades geográficas europeas (los Alpes, el Mediterráneo, el paisaje kárstico y Panonia, la gran llanura de Europa central) es el origen de la sorprendente diversidad paisajística de Eslovenia: bosques, praderas alpinas, mar, llanuras, gargantas... Estos contrastes aportan una especial singularidad a este pequeño país, con solo dos millones de habitantes y una extensión inferior a la de Galicia, fronterizo con Italia, Croacia, Hungría y Austria, que se independizó de Yugoslavia en 1991 y es miembro de la Unión Europea desde 2004. Y, de momento, bastante desconocido para el turismo.

Eslovenia tiene destinos de mar y montaña para todos los gustos: un norte alpino –se encuentra en la región más boscosa del continente europeo–, un sur bañado por el mar Adriático y un interior eminentemente rural, con pueblos y paisajes de cuento. En el centro, la capital, Liubliana, deslumbra por su belleza y vitalidad.

Sabor mediterráneo

Cubierta por una abundante vegetación, la costa eslovena no es extensa, solo 46 kilómetros, pero ofrece algunas peculiaridades que la hacen muy especial. Aquí se encuentran las salinas de Secovlje, mencionadas ya en el siglo XIII y en la actualidad hábitat natural de numerosas especies de aves, y el acantilado de Strunjan, la pared de flysch (capas de roca que se depositaron en una cuenca marina profunda desde hace millones de años) más alta de toda la costa del Adriático.

En las poblaciones costeras se respira un característico aire mediterráneo. Piran es especial, es el monumento cultural urbano mejor conservado de la Istria eslovena, con un fuerte influjo veneciano que caracteriza también a otras ciudades istrianas. Esta vieja ciudad portuaria, protegida como patrimonio histórico y cultural, conserva parte de su muralla y el trazado medieval de unas calles que se elevan escalonadas hacia las colinas que la rodean. Desde allí la vista abarca la ciudad y sus alrededores y, a través del mar, se llegan a vislumbrar las costas italiana y croata.

La plaza Tartini, en el centro del casco histórico, debe su nombre al compositor y violinista local Giuseppe Tartini, que dio a conocer el nombre de Piran y cuya estatua se encuentra en el centro de la plaza. Con elegantes edificios de colores, frente al puerto, en la plaza se respira el espíritu de la ciudad. Hoy, Piran es un importante centro administrativo, pero sobre todo turístico.

El norte es alpino, el sur está bañado por el Adriático y el interior es rural

Cerca, Koper es uno de los sitios más pintorescos del norte de la península de Istria, fue su capital en el pasado. Un asentamiento que data del 1500 a. C., con esencia romana, pero que mantiene trazos de todas y cada una de las culturas que enraizaron en su suelo. Su estética ha sufrido numerosos cambios, aunque el más importante ha sido su paso de isla a formar parte de tierra firme. Koper es básicamente una ciudad medieval con unos alrededores que atraen a muchos aficionados a la naturaleza y la escalada.

En Portoroz se puede encontrar la tranquilidad en sus playas, pero también el entretenido nocturno. Es una ciudad animada, un destino turístico con una amplia oferta hotelera, balnearios y spas que se extienden por toda la ciudad y alrededores, gracias a las cercanas salinas de Secovlje y a las propiedades curativas de sus barros. Aquí se concentran la mayoría de hoteles y locales de ocio de la costa eslovena.

Puerto de la ciudad de Piran.
Puerto de la ciudad de Piran.

Un paseo por la ciudad nos deja ver sus imponentes edificios, muchos decimonónicos, construidos cuando se comenzó la explotación de las aguas en los balnearios, consiguiendo que la aristocracia europea la eligiera como destino durante años. Un buen exponente es el hotel Kempinsky Palace, construido para la realeza de la época. Hoy llegan famosos a su puerto deportivo, uno de los más grandes de todo el Adriático, atraídos por la fiesta nocturna de Portoroz. En su aeródromo, que une la ciudad con el resto de Europa, aterrizan numerosos aviones privados.

Dragones mitológicos

Monumental y atractiva, Liubliana, la capital de Eslovenia, una de las más verdes de Europa, es pequeña y acogedora, pero mantiene el pulso y el ritmo de una urbe moderna y sofisticada. Tiene espíritu mediterráneo y también ambiente centroeuropeo. Debido a su situación geográfica, ha sido punto de encuentro de diversas culturas a lo largo de su historia y cruce de importantes rutas comerciales.

Los Alpes julianos son uno de los principales reclamos naturales

Buena parte de su actual aspecto se lo debe al arquitecto Plecnik, una figura nacional que, en la primera mitad del siglo pasado, convirtió Liubliana en una Atenas moderna, con columnatas y galerías porticadas, e hizo también guiños a Viena o Praga.

La capital eslovena exhibe orgullosa las huellas de su larga historia: la vieja muralla de la antigua ciudad romana de Emona, el castillo medieval, las fachadas barrocas, los tejados con tejas de barro, el impresionante parque Tivoli –un jardín de cinco kilómetros cuadrados en el centro de la ciudad–, el legado del art nouveau y una de las obras más emblemáticas de Plecnik, los Tres Puentes, al sur de la plaza de Presernov, punto neurálgico de la ciudad.

Un halo de leyendas la cubre. Una asegura que es el lugar donde san Jorge acabó con el dragón que le asediaba; otra, que Jasón, su fundador, tras encontrar el vellocino de oro, pasó por Liubliana y allí venció a un dragón. Este ser mitológico habita en el escudo de la ciudad, en la cima de la torre del castillo. Es hoy el símbolo más conocido de la capital y a él está dedicado uno de sus puentes, el de los Dragones.

Su emplazamiento hace que sea una ciudad singular para sus 276.000 habitantes, ya que la cercanía con los Alpes y el mar permite darse el lujo de esquiar en las altas montañas por la mañana y bañarse en el mar por la tarde. Es fácil recorrer esta deliciosa población que engancha a aquellos que la visitan.

Escenarios de cuento

Los Alpes julianos (llamados así por Julio César), los más orientales de la gran cordillera europea, son uno de los principales reclamos naturales de Eslovenia, con el monte Triglav, el más alto del país, como punto de referencia. A los pies de las montañas se encuentra Bled, una idílica y acogedora localidad de tan solo 5.000 habitantes. Sus aguas curativas y un lago de ensueño la han convertido en un importante centro termal y turístico.

Bled ha sido durante siglos el destino vacacional preferido de las clases dirigentes –entre otros, Tito, el jefe de Estado de la antigua Yugoslavia–, como reflejan los palacios y balnearios construidos a orillas de las aguas. Casi todas las actividades giran en torno al lago: remo o natación en verano, paseos en bicicleta o a pie a su alrededor, patinaje sobre hielo en invierno...

En el centro del lago se encuentra una pequeña isla en la que sobresale el campanario de una iglesia. Según la tradición local, quien toca la campana y pide un deseo lo verá cumplido. Para comprobarlo no hay más que subirse en una pequeña embarcación a remo que nos acerca a la isla, tratar de subir las 70 escaleras de la torre de la iglesia y esperar el milagro. Bled también tiene un imponente castillo en la cima de un acantilado. Las vistas impresionan.

Naturaleza salvaje

Bled es una base excelente para conocer la zona, sobre todo el parque nacional de Triglav, que se adentra en un territorio de altas montañas, profundos desfiladeros y barrancos kársticos de las altiplanicies. El parque también acoge sierras más suaves que albergan un gran número de especies de flora y fauna autóctonas y una larga tradición que refleja la dura vida de los montañeses y los pastores alpinos.

El paisaje sobrecoge, con lugares como la garganta del río Soca, una hendidura natural que alcanza hasta el corazón de la cordillera. Es uno de los pocos pasos naturales entre esta comarca y la vecina Austria.

La pequeña ciudad de Bovec es la puerta de entrada al valle. Siguiendo el cauce del río se accede al paso de alta montaña de Vrsis, una vía construida por prisioneros de guerra rusos durante la Primera Guerra Mundial. Una pequeña capilla ortodoxa rinde homenaje a los trabajadores que murieron durante las obras.

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