Tribuna

La ballena menguante

La ballena azul mide 30 metros de largo y pesa casi 200 toneladas de peso. Estos datos nos revelan al mamífero más grande del planeta. Los datos por sí solos no hacen justicia a la verdadera dimensión del animal. Lo podemos comprobar si acudimos a las analogías. Entonces nos encontramos con que su lengua tiene el peso de un elefante, su corazón es del tamaño de un coche y su aleta trasera tiene la envergadura de las alas de un pequeño avión. Con la comunicación de datos nos hacemos una idea de que es el animal más grande del mundo. Con la combinación de datos y analogías la ballena se parece más a una división aerotransportada.

Durante décadas se cuestionó la sociabilidad de esta especie porque es difícil verlas en parejas o en grupos. El descubrimiento de unos sonidos de baja frecuencia, que pueden ser oídos a 160 km de distancia e interconectarlas en el océano, terminó con el mito asocial. Las ballenas azules nadan solas porque necesitan un amplio territorio para garantizar su nutrición. Si sumamos esta anécdota –elevada a singularidad– a los datos y analogías citadas nos encontramos con una fórmula que optimiza todas las herramientas comunicacionales.

En el mundo actual, nada ni nadie debiera ser descrito o explicado con menos claves de las empleadas para recrear a la ballena azul. La comunicación representa uno de los atributos claves de nuestra condición humana. No es el único, ni siquiera el más importante. Para que acontezca, los individuos deben sentir la necesidad de generarla. Y esta necesidad arranca de algo más profundo y primitivo, la necesidad de compartir la soledad. Joseph Conrad decía que vivimos como soñamos, solos. Seguro que entre la rotunda declaración del viejo marino y los problemas de comunicación que aparentemente asolan la cotidianeidad de nuestras organizaciones empresariales y políticas existe un punto intermedio. Relacionarnos empleando datos, analogías y emociones que trascienden los hechos casi siempre garantiza una comunicación óptima. Ahora bien, es preciso recordar lo obvio: para que una organización suscite interés informativo debe tener algo que transmitir, disponer del canal o canales que lo hagan posible y, sobre todo, garantizar que entre lo que transmite y lo que hace no haya zonas oscuras ni sospechosas.

Hay que tener presente que el margen de error de las organizaciones a la hora de comunicar se ha reducido al mínimo. Y ha sucedido porque los canales han eclosionado de un modo exponencial. Si tomamos como ejemplo EE UU, nos encontramos con que la radio en ese país tardó 38 años en alcanzar una audiencia de 50 millones. La televisión lo consiguió en 13. Internet redujo todavía más los tiempos y en cinco años alcanzó los 50 millones de usuarios. Eternidades.

En 2004 Facebook consiguió 100 millones de usuarios en solo nueve meses. Un hito que, en apenas una década, parece escuchar su particular cuenta atrás. Más allá de la evolución tecnológica, esta cronología relata cómo la comunicación se ha convertido en la suma de muchos ruidos; en cómo los canales han proliferado y con ellos los mensajes; y todo ha sucedido tan rápido, tan intensamente que hemos pasado de la verdad única a una tremenda ceremonia de confusión en la que prevalece el ruido. Estamos tan apretados que, paradójicamente, nunca antes hemos estado tan solos. Nadie escucha. Todos decimos; muy pocos transmiten. Cada repetición de una letanía de datos, cada manifestación narrada en verso, cada impostura camuflada en apasionado discurso nos aleja de esa esencia comunicativa que creímos que nos definía.

El reciente Debate sobre el Estado de la Nación ha puesto de manifiesto nuevamente este desfase. Recapitulo: una sólida batería de datos económicos que ya no convence como antaño; un tratamiento en medios que sigue tratando el momento crítico de una legislatura en términos de minuto y resultado; un debate que cruza la calle y se contraprograma como un combate de boxeo donde solo comparece un púgil. Con tantas circunstancias y tan pocos hechos a quién puede sorprender que la línea roja de nuestra salud democrática se rebase jugando al Candy Crush. Mientras esperamos –como individuos y como sociedad– que este frenesí devenga en un movimiento armónico, el océano nos devuelve la última verdad: no somos ballenas, somos sardinas. Y en el mejor de los casos, si queremos emplear la comunicación al uso, ballenas menguantes o sardinas con aspiraciones.

Xurxo Torres es Director General de Torres y Carrera

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