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¿Una nueva crisis del euro?

Los mercados hacen bien en preocuparse por la zona euro, epicentro de los temores de la semana pasada. Sus tres grandes economías –Alemania, Francia e Italia– están, a su manera, atascadas. Hay, en teoría, un gran acuerdo que podría cambiar el malestar. Este implicaría profunda reforma estructural de Berlín, así como de París y Roma, medidas de estímulo por parte del Banco Central Europeo (BCE) para impulsar la inflación y un poco de distensión de las camisas de fuerza fiscales.

Pero no parece probable que este –insinuado por Mario Draghi, presidente del BCE, en su discurso de Jackson Hole en agosto–se materialice pronto, si es que llega a producirse.

La región está siendo azotada por las crisis externas e internas (desde la desaceleración de las economías emergentes, al ébola o la situación de Grecia). Así que, ¿por qué no adopta la zona euro el gran pacto de Draghi? Porque la política es difícil.

Italia, para ser justos, está reformando su mercado de trabajo, su sistema de justicia civil y su constitución. Pero Matteo Renzi, el primer ministro, acaba de publicar un presupuesto que no incurre en demasiados recortes de gastos y tampoco está haciendo lo suficiente para reducir la deuda del gobierno a través de la privatización.

Francia publicó la semana pasada un presupuesto que echó para atrás un plan para reducir su déficit por debajo del 3% del PIB para 2017. No está haciendo lo suficiente para liberalizar su mercado de trabajo o reducir el tamaño de su estado del bienestar.

Si Roma y París pidieran un margen fiscal extra para financiar su inversión a la vez que reducen sus gastos, merecerían apoyo. Actualmente, sus actos podrían provocar una confrontación con la Comisión Europea por no respetar las normas fiscales.

Berlín insiste mientras otros intentan animarle a aumentar el gasto en inversión y reformar su economía

Berlín, por su parte, insiste mientras otros intentan animarle a aumentar el gasto en inversión y reformar su economía. El gobierno está obsesionado con equilibrar su presupuesto del próximo año. Esto va más allá del llamado freno a la deuda, que legalmente requiere ceñirse a un presupuesto equilibrado.

Alemania, sin duda, tiene que impulsar la inversión, ya que sus infraestructuras están en decadencia. Pero es dudoso cuánto beneficio traería esto a otros países de la zona euro.

Podría, por lo tanto, ser más productivo para los socios de Alemania centrarse en una reforma estructural –en particular, la necesidad de liberalizar sus mercados de servicios–. Casi cada oficio y profesión está cubierto por un gremio, que precisa largos años de trabajo y mantiene la competencia fuera del mercado. El resultado es que Alemania tiene servicios de alta calidad, pero caros.

Si se pudiera convencer a Berlín de que abriera sus mercados, podría llegar a ser una fuente importante de negocios para otros países de la Unión Europea. También podría dar a los consumidores alemanes una gama más amplia de servicios más baratos en los que gastar su dinero.

El problema es que Berlín no parece inclinarse a moverse en esta dirección, porque los gremios están políticamente bien atrincherados. Es más fácil dar lecciones a otros países sobre cómo reestructurar sus economías que escuchar las sugerencias sobre lo que hay que hacer en casa.

Dicho esto, aún vale la pena intentar desbloquear el punto muerto. La iniciativa anunciada este mes por Sigmar Gabriel, ministro de Economía de Alemania y su homólogo francés fue un rayo de esperanza. Llegarán a sugerencias conjuntas sobre cómo podrían reformarse las dos economías.

Sería bueno que el espíritu de cooperación llegara una base más amplia. Pero, ¿quién llevará las negociaciones? Draghi podría ser útil. Pero su influencia en Alemania parece haber disminuido. Tanto Wolfgang Schaeuble, ministro de Finanzas, como Jens Weidmann, presidente del Bundesbank, han criticado al BCE por algunas de sus políticas poco ortodoxas.

Mientras tanto, la Unión Europea aún no está en buena posición para ayudar ya que su liderazgo está en proceso de cambio. Además, Donald Tusk, el presidente entrante del Consejo Europeo, que coordina las posiciones de los líderes europeos, no parece el más adecuado para desempeñar el mismo papel que el actual presidente Herman Van Rompuy. Tusk, no habla bien inglés bien y su país, Polonia, no está en el euro.

Eso deja la carga de cerrar un acuerdo difícil a Jean-Claude Juncker, que se convertirá en presidente de la Comisión Europea el mes que viene. Debería ponerse manos a la obra.