El Foco

Algunas cavilaciones sobre la crisis del ébola

El grave incidente por el que una trabajadora sanitaria, con contacto profesional previo con un médico afectado y luego fallecido por la fiebre hemorrágica del ébola, ha contraído la misma enfermedad ha dejado a la vista un abigarrado cuadro de nuestro país. Y aparecen aspectos dignos de análisis.

Ha sido cuestionada la repatriación del médico misionero García Viejo, incluso por consagradas figuras profesionales; y, sin embargo, la repatriación era en realidad imprescindible: lo establece la Organización Mundial de la Salud como un requisito para los Estados que destacan fuera de sus fronteras personal de ayuda humanitaria; se recoge como tal en la propia legislación española; ha sido efectuado por otros países en casos análogos, y, nada desdeñable, lo había solicitado el propio médico/paciente.

En España casi nunca fallan los protocolos en cuanto a su contenido, sino en cuanto a su aplicación

Más sutil, el argumento de que “España no tenía que haber repatriado a los afectados porque no tiene capacidad sanitaria para acometer una tarea de tanto riesgo”, tan esgrimido en los pasados días en tertulias formales o improvisadas, refleja hasta qué punto está deteriorada nuestra autoestima como país.

Digámoslo con claridad: en España casi nunca fallan los protocolos en cuanto a su contenido sino en cuanto a su aplicación. Porque por costumbre de siglos nos falta empeño en el trabajo sistemático y primoroso. Porque –a diferencia de otros países de nuestro medio– a los profesionales les vale hacer las cosas con deficiencias; porque la exigencia intransigente de excelencia en el trabajo de cada quien (piénsese en Alemania o Suiza) no es una prioridad social, y a veces hasta parece puntillosa.

Mas si un protocolo, que no es otra cosa que la aplicación concreta de un conocimiento científico a un proceso en todos los detalles de su desarrollo práctico, no se cumple tendrá exactamente similar consecuencia que una ley que es posible no cumplir. Los españoles, descuidados a veces con el detalle, con cierta ingenuidad no reparamos en que alejarse de lo que se estipula como apropiado hacer acarrea consecuencias, desde abrocharse el cinturón de seguridad en el coche a aplicar una terapia sofisticada a un paciente, y que la permisividad, el “solo es una pequeña desviación”, no resulta tan anodino y al cabo, multiplicado por millones de actuaciones, establece la diferencia global como país.

Pero también podemos sacar consecuencias sobre la ciudadanía. La hipercrítica es otro agudo problema hispánico. Primero, porque es infundada: simplemente no somos tan horrorosos; segundo, esteriliza y descorazona impidiendo construir sobre lo bueno que ya poseemos. Una buena regla sería pensar qué hago yo que pueda contribuir a que algo no salga bien; sin embargo, azuzado por las figuras de autoridad en nuestro medio, lo predominante es buscar a quién echarle la responsabilidad de cualquier problema. Con esta actitud, rentable en términos electorales para los políticos, pero también rentable para una población que ve así facilitado el evadirse de las propias responsabilidades cotidianas, no crecemos en el camino de mejora gradual, que eso y no otra cosa es el desarrollo de una sociedad: paso a paso y por tanteo. La actitud serena de aprendizaje continuo, de revisión y análisis riguroso –no solo cuando hay problemas–, y ello a todos los niveles y por todos, debiera ser impresa en nuestra sociedad como la mejor forma de desarrollo.

Habrá que afrontar si es idóneo que un tertuliano pueda hablar rotundamente de casi cualquier tema

El ejemplo del perro de la paciente –su nombre, Excalibur, más conocido que el del propio médico fallecido– da pistas acerca de cómo se generan estados de opinión en nuestro país: sin atender a datos científicos fiables al respecto (“¿puede ser el perro una vía de transmisión de la enfermedad?”) o sin confianza en los expertos en la materia. Con el impulso que el anonimato relativo y la pertenencia a la masa que las redes sociales otorgan, hemos asistido estos días a una vorágine de comentarios no documentados, de expresiones a veces de escaso gusto, incluyendo peticiones de algún académico –juego de palabras incluido– de “sacrificar a la ministra y observar al perro”, que traducen un país con un estado emocional, un nivel cultural y una escala de valores con los que resulta difícil identificarse. Y vista la escasa fortuna tanto de las declaraciones de algún responsable político como de algunos tuiteros, queda también mucho margen de mejora a las formas de decir las cosas.

Muchos creen que su opinión le da derecho a insultar o que el malestar íntimo permite señalar a otro como culpable. Por supuesto que la opinión es y debe ser libre –faltaría más–, pero no sin reconocer que si todas las opiniones son legítimas, a diferencia de los votos no todas las opiniones valen igual; y la opinión por su contenido o por su expresión agresiva puede ser tóxica para la sociedad. Un detalle: un médico necesita diez años para poder ejercer su profesión, y aún se mostrará cauto ante patologías que se alejan de la frontera de su ejercicio diario. Algún día habrá que afrontar la idoneidad de esa situación por la que un tertuliano, profesional o aficionado puede hablar con la misma rotundidad del manejo sanitario del virus ébola (“presenta pérdida de apetito y fallo multiorgánico”), de la prima de riesgo española, de los inconvenientes del fracking para la obtención de crudo y así un ilimitado etcétera, y ello con una rotundidad desproporcionada a sus conocimientos de la cuestión.

Un último apunte: la manera en que se expresa la alarma social y se atiza a los responsables políticos permite pensar que la seguridad ciudadana se alimenta en parte de la seguridad que le inspiran sus líderes. Es posible que convenga reflexionar acerca de la consistencia o endeblez actuales de la imagen como país que nuestro país muestra ante sus propios ciudadanos. Y podría ser que, para sorpresa de muchos, España sea en realidad una nación más consistente que la opinión que sobre ella se han formado.

Carlos Jara es jefe de Unidad de Oncología. Profesor Titular de Medicina.