El Foco

Bola de cristal

El jueves pasado, el BCE revisó a la baja sus previsiones de crecimiento e inflación para el año en un décima, hasta un 0,6% en el caso de la evolución de los precios. No parece mucho. Pero lo cierto es que ya acumula una revisión a la baja de medio punto en las previsiones de inflación para el año desde finales de 2013. ¿Les sigue pareciendo poco? ¿Y si les digo que la previsión inicial era de un aumento de los precios de 1,1%? Al final, la revisión a la baja de la semana pasada supone reconocer que la inflación este año será la mitad de lo esperado en principio. Esto probablemente ya les sonará peor. ¡Un error de semejante magnitud! Quizás entiendan algo más la importancia de las medidas tomadas hasta el momento. ¿Definitivas? Ya veremos...

El BCE espera que la inflación comience a recuperarse en los próximos meses, liderada por la subida del componente subyacente. Ya saben que para 2015 espera una inflación del 1,1%, pudiendo superar el 1,4% en 2016. Siguen siendo tasas más bajas frente al objetivo oficial de medio plazo del 2,0%. Pero, ¿previsiones creíbles? Bajo su escenario de progresiva recuperación económica de la mano del impulso monetario aprobado hasta el momento para impulsar la demanda y con eliminación de incertidumbres internacionales, sí parecen previsiones razonables. Conservadoras incluso. Pero, ¿qué pasa con las medidas de oferta pendientes? Esto recae en las manos de los Gobiernos. Y mientras discutimos sobre esto último, la contenida evolución salarial y el lento ajuste del output-gap (sin hacer hipótesis sobre precios externos, harto difícil en un entorno como el actual) pueden seguir deprimiendo la evolución de los precios. Eso al menos pensamos nosotros. Pero admito que nos podemos equivocar igual que le ha pasado al BCE. ¿Tienen ustedes quizás más certeza sobre el futuro?

¡Quién tuviera una bola de cristal! Al final, los errores en las previsiones a nivel privado y oficial han sido frecuentes en los últimos años. Y casi siempre por exceso de optimismo. Además, la tendencia a sobrestimar los datos de crecimiento e inflación no ha ido a menos con la mejora (real o no) económica. Miren los datos de empleo de agosto conocidos en Estados Unidos el viernes pasado. Errores del 40% en las previsiones promedio del mercado no parecen frecuentes. Aunque en el caso de las estadísticas norteamericanas sí son frecuentes los errores, como lo son también las revisiones contundentes más tarde en las estimaciones iniciales. Al final, sinónimo de un mundo incierto con demasiadas variables que influyen en sentido dispar. También entenderán un poco más la cautela (ambigüedad o contradicciones, como quieran verlo) de los bancos centrales. La transparencia obliga.

Como el propio BCE se vio también probablemente obligado a admitir que seguirán con atención la evolución de los precios en los próximos meses. Un mensaje mucho menos contundente al anterior de un balance equilibrado sobre la evolución futura de los precios. El resto, como admitir que hay unanimidad en el Consejo a la hora de tomar nuevas decisiones no ortodoxas en el futuro si fuera necesario, es casi obligado. Y yo creo que tendrán que hacerlo. Claro que también me puedo equivocar.

¿Por qué tantos errores? Reconocer que sistemáticamente subestimamos la crisis financiera y económica (o sus derivaciones) iniciada en 2007 no es un argumento en sí mismo. De hecho, si consideramos la magnitud y excepcionalidad de las medidas monetarias instrumentadas por los principales bancos centrales en los últimos seis años nos daremos cuenta de que nuestras autoridades sí perciben la gravedad del escenario. De tal forma que en algunos casos, superado el punto álgido de la crisis, ahora no saben dar marcha atrás en estas medidas que pasan a ser ya normales. Los que trabajamos en los mercados ya nos hemos acostumbrado a tomar decisiones bajo la sombra de los bancos centrales: datos económicos negativos provocan subidas en los precios de los activos financieros. Te acostumbras rápido. Aunque siempre es difícil asumir que tendremos un escenario financiero a medio plazo dominado por tipos nulos y baja volatilidad forzada por la elevada liquidez a que llevan las medidas extremas (cada vez más) de nuestras autoridades. Quizás estas medidas se están convirtiendo en un nuevo factor de incertidumbre a futuro. Pero uno más, no el más importante precisamente, entre otros muchos. Las prioridades a corto plazo siguen siendo claras.

¿Entendemos bien el escenario? No soy quién para dar lecciones, pero es evidente que hay en este momento una confluencia de procesos y transformaciones difíciles de evaluar en conjunto. Por ejemplo, confundir una recuperación cíclica, limitada por fuerza (aunque sea intensa inicialmente) con una sostenible, puede llevar a bajar la guardia con respecto a las medidas estructurales y ajustes pendientes. El resultado es que, más tarde o más temprano, el escenario económico vuelve a deteriorarse. Y esto es a nivel mundial. Los economistas siempre hablamos de reformas estructurales, pero pocas veces concretamos qué hay detrás de ellas. Por ejemplo, la crisis de la eurozona descansaba inicialmente en un problema de competitividad, rigidez productiva y excesos pasados. Especialmente de deuda acumulada y en muchos casos precios y actividad sobredimensionada en el sector residencial. Luego descubrimos que el problema de fondo era político, acrecentado por una falta de convergencia financiera y fiscal, aún pendiente de resolver. Pero ahora, además de todo lo anterior, y también a nivel mundial, debemos considerar otras variables que van desde la tendencia demográfica a la desigualdad social, sin olvidarnos de las tensiones geopolíticas de largo plazo. ¿Cómo introducir todas estas variables en un modelo de previsión que ofrezca resultados fiables? Es francamente complicado. No imposible, es cierto. No hay nada imposible. De cualquier forma, si erramos, siempre tendremos a los bancos centrales para dar más tiempo hasta que encontremos realmente la solución a todos nuestros problemas. Es cuestión de acostumbrarse a ello.

José Luis Martínez Campuzano es Estratega de Citi en España