Editorial

Juncker tiene un plan, pero necesita más poder

Por primera vez en la historia de la UE, el futuro presidente de la Comisión Europea (a partir del 1 de noviembre) ha salido indirectamente de las urnas. A pesar de la resistencia de Londres y la reticencia inicial de Berlín, el Parlamento Europeo aprobó ayer por abrumadora mayoría el nombramiento de Jean-Claude Juncker, que fue el candidato del PPE (Partido Popular Euroepo) a ese puesto durante las elecciones del pasado 25 de mayo a la cámara comunitaria. Populares y socialistas calificaron ayer como “histórico” ese hito democrático. Una celebración a la que no se sumaron los socialistas españoles, que por orden de su nuevo Secretario General im pectore, Pedro Sánchez, votaron en contra de Juncker. En el mismo sentido votaron los socialistas británicos mientras que los franceses optaron por abstenerse.

Paciencia, coraje y determinación prometió ayer Jean-Claude Juncker minutos antes de ser elegido por el Parlamento Europeo como nuevo presidenet de la Comisión Europea con una abrumadora mayoría de 422 votos a favor y 250 en contra. El veterano luxemburgués toma su triple divisa de otras tantas referencias históricas que citó en el discurso de investidura: Jacques Delors, el siempre recordado presidente de la Comisión Europea (1985-1995) y el presidente francés, Jaqcues Mitterand y el canciller alemán, Helmut Kohl, artíficies de la reunificación alemana y del nacimiento del euro. Con estas credenciales parece claro lo que augura el mandato de Juncker: europeísmo a rajatabla; integración económica y apuesta por el eje franco-alemán. Se trata de una apuesta saludable, pero no carente de riesgos.

Saludable porque pretende recuperar la confianza mutua entre los socios, perdida a raíz de una crisis financiera en la que cada país se ha replegado en sí mismo y en la que ha primado el egoísmo sobe la solidaridad.

Juncker pretende volver a colocar a Bruselas en el centro del devenir europeo, ocupado desde 2008 por Berlín. El luxemburgués, acostumbrado a ser políticamente incorrecto y a enfrentarase a cualquier capital, por grande que sea, parece la persona adecuada para lograrlo. Y por el bien de Europa, merece la pena que tenga éxito porque el repliegue nacional no tiene sentido político, económico ni histórico, como recordó ayer durante el debate de investidura el líder del Partido Popular Europeo, Manfred Weber. “En 2040, si se mantiene la tendencia actual, ningún país europeo figurará entre las siete principales potencias del planeta”, advirtió Weber para reclamar a Juncker que lidere el cambio que necesita Europa.

Es en esa tarea imprescindible, sin embargo, donde surgen las dudas sobre la persona que relevará a José Manuel Barroso el próximo 1 de noviembre. No tanto por edad como por bagaje, Juncker (1954) pertenece a una tradición política que quizá ya no sea la más adecuada para dirigir Europa. Deberá lidiar con una transformación económica, tecnológica y demográfica que, tal vez, desborde sus demostradas habilidades políticas. Por supuesto, no está condenado al fracaso y por el bien de todos conviene que tenga éxito. Y a su favor juega un visión de la gestióin de Europa que ayer definió como un conjunto de “sentido común, realismo y corazón”. Tres ingredientes esenciales con los que parece contar el nuevo presidente de la CE.

Hasta ahí la teoría. Ahora tendrá que lograr la liberación de los 300.000 millones de euros que prometió en inversión para estimular la actividad industrial de Europa, y que sin planteamientos mucho más europeistas es complicado que salgan del estrecho y ya comprometido hasta el detalle presupuesto común. Y hacerlo todo compatible con una suavización del pacto de estabilidad y crecimiento que impone calendarios exigentes y diferenciados a cada uno de los socios del euro.

Pero ninguna de las buenas intenciones cuajará si el poder de la Comisión y de su presidente no se refuerza más allá del gesto político de someterlo al refrendo de los electores, para que el poder centrífugo de las capitales no termine por empequeñecer el proyecto integrador de Juncker. Deberá también equilibrar y reforzar políticamente la composición de la Comisión, y en paralelo el reparto del resto de sillas en las instituciones, donde España debe aprovechar para recuperar cuota perdida en los últimos años, y lo más cualificada posible.