El Foco

Ciberdesencanto

El incremento del desempleo y de la desigualdad de rentas se ha consolidado como la principal preocupación social en el debate público a ambos lados del Atlántico. Wall Street ha arraigado como símbolo de ese 1% que cada vez acapara más riqueza y al que se suele culpar de originar la crisis que tantos despidos ha provocado. Sin embargo, es posible que, en unos años, la ira popular se traslade hacia la costa oeste de Estados Unidos, a Silicon Valley.

Apenas hemos comenzado a comprender todas las implicaciones de la transición hacia una economía plenamente digitalizada. Crece la preocupación acerca del impacto social del desarrollo tecnológico y la innovación disruptiva. La reciente manifestación del sector del taxi europeo es un buen ejemplo del temor que despiertan en los sectores tradicionales las nuevas formas de consumo impulsadas por la tecnología. También la patronal de autobuses Fenebús ha denunciado por competencia desleal a la plataforma de coche compartido Blablacar y el sector hostelero presiona para regular y limitar la actividad de webs de alojamiento como Airbnb.

Un ejemplo paradigmático de la larga serie de implicaciones económicas de esta transición es la compra de la empresa de mensajería instantánea WhatsApp por parte de Facebook. Los medios generalistas resaltaron la historia de éxito del cofundador de la empresa Jan Koum, que emigró a California desde Ucrania en condiciones muy precarias. El precio de la adquisición fue 19.000 millones de dólares, pese a que WhatsApp contaba con sólo 55 empleados. Su caso recuerda al de Instagram, una red social especializada en fotografía, que Facebook adquirió por 1.000 millones de dólares en 2012. Sumaba sólo 13 trabajadores a tiempo completo.

Apenas hemos comenzado a comprender las implicaciones de la transición hacia una economía digitalizada

Estos ejemplos muestran que ya no es necesario contar con grandes plantillas para servir a una gran base de consumidores. Sólo hay que pensar que menos de cien empleados de WhatsApp gestionaron 54.000 millones de mensajes el pasado 31 de diciembre. Ello contrasta con el número de trabajadores de las compañías tradicionales de telecomunicaciones que gestionan un volumen de mensajes similar de SMS. La mayoría de ellos tendrán que dedicarse a otra actividad.

A lo largo de la historia, el progreso tecnológico ha destruido puestos de trabajo a corto plazo, pero gracias a la creación de nuevas profesiones que respondían a nuevas necesidades, el empleo neto a largo plazo continuaba creciendo. De esta manera, un mercado inexistente hace pocos años, como el de las aplicaciones móviles, dará empleo a cinco millones de trabajadores europeos en 2018, según la Comisión Europea. A pesar de ello, crece el temor ante la posibilidad de que la recuperación sin empleo que estamos viviendo se consolide en un paro estructural de difícil empleabilidad.

La automatización de los procesos de producción que propicia el desarrollo tecnológico hace que los sectores más intensivos en capital salgan reforzados, mientras la intensidad del trabajo se reduce. Los trabajadores de sectores como transporte, logística, soporte administrativo o procesos de producción son los más susceptibles de ser reemplazados.

El modelo de negocio de WhatsApp está basado en el cobro de un dólar a los usuarios tras un año de uso gratuito (Android) o antes de la primera descarga (iOS). No incluye publicidad y –según sus creadores– no se monetizan los datos generados por los usuarios. Esto sólo es posible gracias un mercado de un solo ganador, es decir, a un modelo winner-takes-all. El desarrollo tecnológico y la globalización propician que el tamaño del mercado potencial que puede ser abastecido por una empresa sea mayor. Por otra parte, el efecto de red facilita la canibalización del resto de consumidores.

En el sector tecnológico se tiende a premiar de forma cada vez más generosa a los más innovadores

A nivel global, sólo hay espacio para pocos líderes y jugadores pequeños, pero especializados, mientras el resto trata de sobrevivir. El espacio intermedio es progresivamente más estrecho y, generalmente, la first mover advantage más relevante. El problema es que, en este tipo de mercados, los innovadores disruptivos pueden convertirse fácilmente en monopolistas. Por ello, los que impulsaron el desarrollo tecnológico ayer pueden ser los mismos que lo frenen mañana.

Progresivamente más sectores se asemejan al tecnológico, donde se tiende a premiar de forma cada vez más generosa a los más innovadores. Los perjudicados son los trabajadores de clase media, cada vez menos necesarios y cuya remuneración y capacidad de negociación se ven reducidas. Según la OIT, desde 1980 en Estados Unidos, la productividad laboral no agrícola se ha incrementado un 85% mientras que los salarios reales han crecido un 35%. Europa ha seguido un camino similar. En paralelo, la tecnología y la globalización facilitan la elusión fiscal por parte de las empresas. Si tenemos en cuenta que la capacidad redistributiva del Estado del bienestar se reduce mientras que la competencia laboral a escala global crece, no es descabellado pensar que la desigualdad seguirá incrementándose durante los próximos años. El mejor ejemplo es el propio Silicon Valley donde crece la riqueza… y la desigualdad.

Es totalmente ilógico posicionarse contra la innovación y el progreso tecnológico que tanto han mejorado nuestra calidad de vida. Caer en la falacia de la porción de trabajo, o subvencionar industrias obsoletas como la de los SMS para mantener artificialmente el empleo, no son soluciones realistas a medio plazo. Aun así, es necesario resaltar que la gradual concentración de riqueza y la menguante clase media occidental no sólo son fenómenos nocivos desde un punto de vista ético, sino que son perjudiciales para el conjunto de la economía a largo plazo y hace menos estables las expansiones, minando las bases sobre las que se asienta el crecimiento.

Sin la redistribución estatal adecuada el ascensor social terminará por pararse, pese a que algún emigrante de origen humilde, como el creador de WhatsApp Jan Koum, se convierta en inmensamente rico.

Álvaro Imbernón Sáinz es investigador del Programa de Riesgos Globales de ESADEgeo.