Diluvio alemán y bellos horizontes futbolísticos

Cada cuatro años el mundo tiene la oportunidad de desconectar de las múltiples desgracias (guerras, crisis económicas, desastres naturales) que padecemos para seguir el Mundial, que permite a 32 países disputarse el título de campeón del mundo. Para la fase final en Brasil, se clasificaron catorce de los veinte países con un mayor volumen de PIB del mundo, las cinco primeras economías de la UE y las tres primeras de América del Sur. En las primeras semanas parecía que los países latinoamericanos se impondrían a los europeos. El fuerte calor y humedad en las sedes septentrionales y del centro de Brasil y las menores distancias recorridas por Brasil entre partidos auguraban no solamente un ganador, sino quizás cuatro semifinalistas latinoamericanos.

Pero el fútbol, como muchos deportes, es un juego de centímetros. Brasil empezó la semifinal de Belo Horizonte con brío y tuvo ocasiones de gol antes de que Thomas Müller abriera el marcador en el minuto trece. El diluvio de goles marcados por Alemania -- cuatro en seis minutos y cinco en dieciocho -- obedeció a fallos defensivos brasileños, aciertos alemanes y en algunos casos a centímetros. Varias pelotas que acabaron en el fondo de la portería carioca pasaron entre y por debajo de las piernas de defensores brasileños. Al principio de la segunda parte, Alemania podría haber encajado tres goles, pero nuevamente por centímetros lo impidió su portero Neuer.

Brasil se enfrentó a Alemania sin dos de sus estrellas (Neymar y Silva), había evidenciado debilidad defensiva ante Chile y Colombia y no contaba con una selección equiparable a las de la era Pelé-Rivelino (triunfos en Mundiales de 1958, 1962 y 1970) o Zico-Ronaldo-Romário-Rivaldo-Kaká (triunfos en 1994 y 2002). Se había desvanecido el fantasma de una repetición de los disturbios de 2013 a medida que Brasil avanzaba hacia la final. Pero esta selección brasileña dependía demasiado de emoción, pasión y aire de inevitabilidad sobre su victoria. Cometió 31 faltas ante Colombia y necesitó una pena máxima dudosa para vencer por la mínima a Croacia en el partido inaugural.

Es bonito que victorias en Mundiales suban el ánimo de los países que los ganan. Sucedió con el Brasil de Pelé, los de Alemania en época de reconstrucción y recuperación económica (el milagro de Berna de 1954) y en su año de reunificación (1990), Argentina durante su transición a la democracia (1986), Francia en 1998, o los triunfos de España en dos Eurocopas y un Mundial durante la crisis. Pero convertir el fútbol en una obsesión nacional y pretender que sirva de válvula de escape de profundos problemas políticos, económicos y sociales es un error.

En primer lugar, se lo toman mucho peor los seguidores que los jugadores, la mayoría de los cuales son deportistas de élite con sueldos millonarios que juegan en las ligas más competitivas del mundo (Premier League, LFP, italiana, alemana). En segundo lugar, fomenta la idea para demasiados jóvenes de que el deporte de élite es la mejor (y única) vía para salir de la pobreza en países en vías de desarrollo. Y las victorias apabullantes pueden también desatar nacionalismos excesivos y sentimientos de superioridad. Se argumentará que, a la vista de los múltiples conflictos bélicos en el mundo, el deporte proporciona una salida más sana a las pasiones de los pueblos, y así es. Pero no es normal que tengamos que sufrir ante la posibilidad de disturbios en Brasil por el descalabro de la seleção.

Correrán ríos de tinta sobre las causas del tornado teutón que arrasó a Brasil. Atribuyo el resultado en un 40% al acierto, disciplina y precisión alemana y en un 60% al mal juego brasileño. Los jugadores de la selección anfitriona sufrieron un bajón anímico impensable en una semifinal de un Mundial después de encajar el segundo gol. Pero ni Alemania fue la octava maravilla del mundo, ni los jugadores brasileños merecen el predecible aluvión de críticas. De hecho, las estadísticas de la FIFA muestran que Brasil superó a Alemania en disparos (18 a 14), disparos a puerta (13 a 12), tiempo de posesión (51% a 49%), saques de esquina (7 a 5) y menos faltas cometidas (11 por 14 de Alemania). Y todos sabemos que es más fácil marcar cuando vas por delante en el marcador y gozas de muchos espacios para contraatacar.

Alemania no necesita una infusión de moral. Su economía crece y registra una tasa de paro del 6%. Argentina, por la que sigo apostando como ganadora el próximo domingo en la final, se enfrenta a una delicada situación porque tribunales de EE.UU. han sentenciado que debe pagar a todos los acreedores de sus bonos en las mismas condiciones, y no únicamente a los que aceptaron una sustancial quita después de su suspensión de pagos en 2001.

La FIFA ha llevado a cabo una encomiable campaña contra el racismo durante el Mundial y muchas selecciones y jugadores contribuyen generosamente a causas benéficas. Sin embargo, creo que todos deberíamos tomarnos el fútbol con más tranquilidad y anteponer el deseo de ver partidos de calidad al fervor de que gane nuestro equipo de la manera que sea. Que gane el mejor la final del domingo. Eso sí, al Barcelona le iría bien fichar algún jugador de la selección alemana, teniendo en cuenta que entre el Real Madrid y el Bayern de Munich acaparan más de la mitad de la plantilla teutona.

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